Una de las preguntas más importantes en filosofía ha sido -y probablemente seguirá siendo- el de la felicidad. No han sido pocos los autores que han asociado la felicidad como un estadio humano en donde no hay carencias, en donde se tiene plena libertad y autonomía; la felicidad sería, en fin, el momento de la plenitud humana y su encaminamiento hacia el progreso. Esta idea es, sin embargo, muy engañosa. Saber en qué consiste la felicidad se ha vuelto el fetiche de nuestros deseos como sociedad, y por eso me ha llamado la atención la noción que Aldous Huxley crea en su novela Brave new world, precisamente porque va en contra de todas las tendencias de nuestra concepción de realización humana.

La sociedad que nos describe Huxley es, de principio a fin, una tal que no le deja demasiado espacio a los individuos para la acción autónoma, sino que todas las decisiones, pensamientos y deseos, giran en torno a una construcción metódica de mentalidad social que está regulada hasta en los más ínfimos detalles. Los trabajos están divididos jerárquicamente, cada humano tiene una función en relación a sus capacidades naturales y pareciera que todos están bien con su lugar en la sociedad. Huxley nos muestra la perfecta sociedad platónica en donde cada ciudadano tiene su categoría en función el metal que le corresponda -oro, plata o bronce-.

Además de todo esto, existe una droga llamada soma que se encarga de relajar a los ciudadanos cuando tienen algún problema, o sencillamente cuando ha llegado el final del día y desean descansar sobre un mar de sensaciones. Soma es la droga que permite el orden, el bienestar mental que permite la mejor interacción con la comunidad. Los espacios están delimitados tanto socialmente como psicológicamente; no hay plan B, no hay desorden, no existe la improvisación, todo está en su perfecto lugar.

Bajo este contexto se sitúa Bernard, un ciudadano categoría Alfa cuyas capacidades lo sitúan en un nivel alto de la jerarquía social, quien no se siente del todo cómodo con el sistema de operación del estado Fordista (no es casualidad este nombre, pues es expresión de que, al igual que el fordismo de comienzos del siglo XX, la sociedad funciona mecánicamente, como una línea de ensamblaje en donde los cuerpos cumplen sólo una función, tal como si fuesen una máquina encarnada, cuerpo mecanizado, extensión de la fábrica). La incompetencia de Bernard para poder relacionarse con su entorno lo lleva a salir de la ciudad y trasladarse con su amiga, Lenina, al mundo no civilizado, un mundo más simple y sencillo, en donde se tenga la capacidad de elegir qué es lo que se hace, lo que se come, lo que se piensa; ése es un lugar al que a Bernard le parece mejor amoldarse.  No obstante,  a pesar de sus buenas espectativas, su sorpresa es grande cuando observa la crueldad del mundo subdesarrollado -curiosamente situado en América-: golpes, asesinatos, violaciones, ritos…

La propia figura del salvaje, encarnada en el personaje de John, tendrá problemas para amoldarse a la sociedad desarrollada, lejos de la espiritualidad, el trabajo duro, la religión y los valores. Las vicisitudes que rodearán a este personaje giran precisamente en torno a la incompatibilidad de su educación frente a la del mundo desarrollado. Las preguntas son obvias: ¿por qué todo está dado a placer? ¿Por qué no hay espiritualidad? ¿Dónde ha quedado el trabajo duro? ¿A qué se debe que la relación de los individuos se dé únicamente en términos de artificialidad? La conclusión a la que se llega es que no hay libertad y, en consecuencia, no hay felicidad.

En algún punto estuve de acuerdo con esta conclusión. Sin embargo, uno de los diálogos finales por fin puso las cosas en perspectiva. Y es que en una conversación del salvaje con uno de los controladores del nuevo mundo es particularmente interesante. Ante las preguntas justificadas de John  -el salvaje- sobre el tipo de sociedad que se ha construido de manera artificial, dejando poco espacio para la libertad, Mustapha Mond -uno de lo controladores- le responde que todas sus preguntas son pertinentes, más no su conclusión. En efecto, la sociedad que se ha construido está tan organizada y estructurada que no deja espacio para la libertad; la cuestión divergente recae entonces que el hecho de no tener libertad no implica necesariamente, al menos para Huxley, que los ciudadanos sean infelices. Sucede lo contrario.

A juicio de Huxley, la felicidad no es la gran idea que se nos ha ofrecido a lo largo de la historia. La felicidad es, por el contrario, una condición más modesta, que no implica más que orden y seguridad. Como bien apunta el salvaje, si todo está ordenado no hay pleno desarrollo de las capacidades humanas; pero de ello no se sigue que no se pueda pensar en una felicidad en términos más pragmáticos y no idealizados. Huxley afirmará, por su parte, que será la excesiva libertad la que inhibe la posibilidad de que se pueda encontrar la felicidad, mientras que la administración de la vida, si bien tiene consecuencias moralmente reprochables, tendría resultados benéficos. Lo interesante, pues, del argumento del libro es que, lejos de pensar en la libertad como el último escalón de la humanidad, se piensa más bien como una especie de término medio, en donde no se está plenamente libre, pero tampoco se está plenamente desinhibido. Podríamos decir así que para Huxley la felicidad no es una gran escena hollywoodense con fuegos artificiales, ni lágrimas en los ojos; la felicidad es, por el contrario, un estadio humano de simpleza y  calma, sus fines son mucho más sencillos. ¿Si la felicidad fuera algo mucho más complejo, ¿cómo la reconoceríamos? Como  bien habría apuntado Kant, la felicidad, en sentido estricto, es inalcanzable, ya que los humanos no saben si quiera ellos mismos en qué consiste, y aún teniéndola en sus narices muchas veces no serían capaces de reconocerla. Por ello es que tal vez Huxley prefirió pensar en una felicidad diferente, más modesta y alcanzable. Bajo estos términos se nos presenta una pregunta fundamental: ¿Qué es preferible, libertad al precio de la felicidad, o la felicidad al precio de la libertad? La pregunta, en todo caso, estará siempre abierta.