El sindicato más poderoso de América Latina, la criatura del Estado que por décadas ha sido central en (obstruir) la política educativa, de pronto se ha quedado sin cabeza. La lideresa vitalicia ya no duerme en una mansión en Coronado o en su apartamento de Galileo, sino en Santa Marta Acatitla. Detalles y comentarios en torno a su aprehensión sobran, así que no abundaré al respecto; las extravagantes cuentas en Neiman Marcus y las bolsas de lujo edición limitada quedarán para la anécdota, para el escarnio público. Más importante aún es el destino del Sindicato y su relación vis-a-vis el Estado mexicano.

 

Poco se tardó el Sindicato en designar al sucesor de Elba Esther. Por unanimidad, los concejales eligieron a Juan Díaz de la Torre, quien desde junio de 2011 ocupa la Secretaría General del SNTE y ha sido brazo derecho de la ahora defenestrada. Como botón de muestra, en 2005 fue designado secretario general del partido Nueva Alianza cuando éste obtuvo el registro. La rápida elección ha tenido como objetivo no dejar vacante el puesto y dar, hacia afuera, el mensaje de unidad. En su mensaje inaugural, dijo que avalaría la Reforma Educativa, pero que el Sindicato seguiría peleando por los derechos de los maestros. Tarea complicada la que se le viene a Díaz de la Torre: preservar la unidad interna mientras se delinean las rutas de acción frente a los cambios que conllevará la Reforma Educativa. El primero: su reglamentación. Los próximos meses serán fundamentales para distinguir el rumbo que podría tomar el sindicato y cuál sería su papel en la educación de los mexicanos. Será navegar en río revuelto.

 

Ello lleva inevitablemente a la siguiente pregunta: ¿Qué SNTE necesita México? De nada sirve capturar a un líder corrupto para sustituirlo por uno charro, que en pocos años terminará por ser aún peor (Jongitud y Gordillo, por decir algo). En un país democrático no debe haber lugar para líderes charros. Tampoco para sindicatos que sirvan como botín político, como estructura electoral al servicio del mejor postor, como herramienta de chantaje. No debe haber lugar para prácticas de control como el descuento automático de nómina, la afiliación forzosa, o que los ascensos dependan del compromiso con las causas de la cúpula. Suficientemente claro ha quedado que ese no es el camino a seguir.

 

Lo que México necesita es un sindicato democrático, que efectivamente defienda los derechos de los maestros, pero no a costa de la educación del país; que utilice sus recursos en capacitarlos para que no pierdan su trabajo al reprobar las evaluaciones, que sepa negociar mejoras salariales a cambio de buenos resultados, que entienda su importancia para el desarrollo del país. En una democracia cabe la disidencia, por lo que no hay justificación para que haya un sindicato único: debe haber espacio para la conformación de alternativas que atiendan mejor las demandas de sus agremiados, para la diversidad. Debe haber lugar incluso para los maestros que no se sientan o no quieran estar representados por sindicato alguno, y ello no debe obstaculizar su ascenso si tienen los méritos académicos necesarios. ¿La nueva dirigencia del SNTE estará a la altura de los retos que se avecinan? De sus acciones venideras depende no sólo su futuro, sino en buena medida el de la educación y el del país.