A 12 años de la alternancia en la Presidencia de la República Mexicana, abundan los balances y análisis con respecto a lo que nuestra democracia ha ganado y perdido desde el 2 de Julio de 2000. Por una democracia eficaz pretende explicar por qué la democracia electoral que se logró aquel día no se ha traducido en un mejor gobierno, con mejores resultados y una mayor satisfacción ciudadana. La primera parte del libo expone los antecedentes históricos de los problemas sistémicos que se plantean posteriormente. Se describen tres etapas de modernización en el país: una que inicia junto con el México independiente en 1821; la segunda en los años treinta, con el establecimiento de las bases del llamado “presidencialismo mexicano” y, por último, la modernización que ocurre a partir de 1977 que abre las puertas al cambio político y sobre la cual se concentra el análisis de Luis Carlos Ugalde.

El autor resalta la importancia de comprender la historia del siglo XIX para entender los problemas del siglo XXI y es desde ese lente desde el cual analiza los problemas sistémicos de la democracia mexicana—que no son nuevos—, descritos en la segunda parte de su libro: falta de rendición de cuentas, impunidad, clientelismo, fragilidad fiscal y una escasa cultura de la legalidad y participación. La introducción del factor histórico a la explicación de estos problemas es un arma de doble filo: por un lado, esclarece la compresión del origen de estos problemas y, consecuentemente, amplía el horizonte de posibles soluciones a los mismos; pero por otro, puede llevar ya sea a particularizar demasiado el caso mexicano o a dar explicaciones deterministas si no se tiene cuidado en apuntar distintos factores que, aunque han sido constantes por mucho tiempo, de cambiarse, pueden corregir los problemas que nos aquejan. A Ugalde le ocurre esto último.

En ciertos puntos, el autor menciona cambios institucionales que llevarían a la corrección de estos problemas sistémicos, como la reelección inmediata de legisladores para permitir una mayor rendición de cuentas lo que, a su vez, reduciría la impunidad y la corrupción.   Sin embargo, también son notables los diagnósticos que se reducen a una explicación histórica y cultural que parece no tener remedio. Al hablar de la fragilidad fiscal, Ugalde menciona una “resistencia natural a pagar [impuestos]” por parte de los ciudadanos; como si la mala capacidad del gobierno para recaudar y castigar a quien no paga no tuviera que ver con la resistencia de los ciudadanos a hacerlo y como si esta resistencia no fuera resoluble bajo un sistema efectivo de castigo para los evasores fiscales. En lugar de esto, el autor diagnostica este problema como “una condena histórica de una sociedad acostumbrada a vivir por encima de sus posibilidades”. Resulta difícil pensar que se pueda hacer algo por una democracia eficaz cuando no hay problemas estructurales sino condenas históricas.

La excesiva particularización que hace el autor sobre el caso mexicano lo lleva en ocasiones a perder la claridad con respecto al origen de los problemas y, por lo tanto, se pierde también la dirección hacia las soluciones de los mismos. Con respecto a la impunidad, Ugalde menciona que el problema no es únicamente de la actuación de la autoridad sino de la falta de participación de los mexicanos para exigir justicia. Enseguida el autor indica que la razón por la que no se acude a exigir justicia es porque se desconfía de la autoridad, lo que nos llevaría a pensar que el problema sí es únicamente de la actuación de ésta y la falta de denuncias por parte de los ciudadanos es una respuesta a una mala actuación.

 

La tercera parte del libro expone tres consecuencias de los antes descritos problemas sistémicos: gobiernos deficientes, un deterioro en la legitimidad del sistema y la permanencia del status quo dada la capacidad de los actores políticos y económicos de bloquear decisiones según sus intereses—a lo que Ugalde denomina vetocracia. Finalmente, en la última y considerablemente más corta parte del libro, el autor busca plantear medidas para salir del estancamiento político.

Pocas de las soluciones que se plantean son concretas y factibles, una de ellas es la generación de “islas de legalidad”: espacios acotados de aplicación estricta de la ley, con el fin de imitar e ir multiplicando poco a poco estos espacios; otra es la segunda vuelta en las elecciones, aunque habría que analizar si los altos costos de su aplicación son compensados por los beneficios de la “contundencia política y electoral”. Salvo por contadas excepciones, Ugalde se limita a levantar castillos en el aire sugiriendo que el gobierno ponga el ejemplo, que se fortalezcan los órganos reguladores de los grupos empresariales, que se redirija el gasto público hacia sectores que estimulen la innovación y que se procure responsabilidad ciudadana, sin explicitar los mecanismos institucionales necesarios para que esto se logre.

En general el libro presenta una buena contextualización histórica de los ya conocidos problemas de la democracia mexicana. Sin embargo, el autor se pierde en los detalles, lo que lo lleva a inconsistencias entre el diagnóstico y las soluciones propuestas impidiéndole aportar respuestas novedosas y concretas respecto a lo que hay que hacer para corregir el mencionado estancamiento de nuestro sistema político. Después de haber, durante su radiografía del sistema, diagnosticado a los mexicanos con una cultura política que nos impide caminar hacia una democracia liberal—que el autor nunca define—dada la poca cultura de la legalidad,  igualdad ante la ley y escasa participación en la selección y vigilancia de nuestros gobernantes, Ugalde nos exime de esta condena al afirmar que “culpar a la cultura de los mexicanos como la única causa de la ilegalidad es una trampa retórica”. Parece que el autor mismo cae en esta trampa pues no es claro para el lector sino hasta el planteamiento de las soluciones, que los problemas históricos y culturales expuestos son condicionantes pero no determinantes de nuestro actual sistema. El libro de Ugalde se limita a ser ilustrativo—sobre problemas ya conocidos— pero no es propositivo ni indispensable.