“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.”
Albert Camus en Lo que debo al fútbol

“El amor a la camiseta” es una de las tantas frases que muchos aficionados al fútbol gritamos a los cuatro vientos. Los colores del equipo de nuestra preferencia nos marcan a tal grado que no podemos evitar portar una playera con el escudo del club del que somos hinchas. Discutimos con nuestra amante sobre fútbol, pero ninguno cede. Por el contrario, abraza su playera, la cual es más que un objeto, es algo trascendente; se defiende y se ama sobre muchas otras cosas y sucesos. Algunos damos la vida por esos colores. Tal es la locura que ello ocasiona que hemos golpeado a alguien por ofender a “nuestro” equipo. También se sufre y se llora. Así es el amor a la camiseta: desinteresado e irracional en ciertos momentos.

Yéred García en su artículo “El amor más puro y desinteresado de nuestra era”, publicado en la revista Perro Negro mx, ofrece al lector y también al aficionado del fútbol, una concepción más del amor,  que se aparta de las ideas de Platón,  de Pappini, de Pascal y de Voltaire,  así como de la filosofía romántica alemana, incluso de la fatalista. Habla del amor a la camiseta, sí, ésa que muchos llevan tatuada en la piel y el alma. La frase tal vez más importante de su discurso es la siguiente: “Amar una camiseta es el acto más desinteresado y puro que existe”. Sí, millones de aficionados empujados por el sentimiento no saben qué les deparará el destino al término de los 90 minutos del partido jugado por su equipo. Puede ser una grata alegría; aunque también una amarga derrota; o un indiferente empate. Todo depende  de las circunstancias que envuelvan el encuentro pambolero: no es lo mismo un partido de cuartos de final al de la cuarta fecha del torneo; de esta manera, y como toda relación amorosa, las emociones y sentimientos se adaptan al contexto.

Tatuaje de un aficionado del Club Deportivo Cruz Azul. Imagen tomada de http://www.maquinacementera.com.mx/tatuaje_azul-fotos_de_cruz_azul-igfpo-5433764.htm

Tatuaje de un aficionado del Club Deportivo Cruz Azul.
Imagen tomada de http://www.maquinacementera.com.mx/tatuaje_azul-fotos_de_cruz_azul-igfpo-5433764.htm

Ése es un amor desinteresado y puro: el aficionado vive el resultado de un partido de once jugadores quienes,  en su  mayoría,  no dan la vida por los colores; no aman la camiseta ni llevan tatuado el escudo del club como los hinchas que en cada partido los están alentando, para conseguir una victoria llena de alegría. Es por eso que aquel amor pambolero descrito por Yéred debe ser bien diferenciado. Por un lado está el aficionado y en otro, el jugador. Hoy en día, por lo menos en México, no se puede ir por la vida pensando que los jugadores sienten una camiseta. Ya no son los años setenta para afirmar esas palabras.

Muchos de los futbolistas ni siquiera tienen respeto por los seguidores y muestra de ello  son los deplorables  partidos que ofrecen. En México, los años setenta fueron sin duda, los que marcaron la grandeza de algunos equipos como el Cruz Azul, el América, el Guadalajara y los Pumas, también conocidos como los cuatro grandes del balompié mexicano.

Esa década fue caracterizada por jugadores que de verdad sintieron los colores de los equipos a los que pertenecían; por ejemplo, el legendario portero de Cruz Azul, Miguel Marín, y el delantero chileno del América, Carlos Reynoso. Ambos hombres, insignias y leyendas de las citadas escuadras, tuvieron grandes duelos en las canchas mexicanas. El 1° de enero de 1972, durante el enfrentamiento entre el Cruz Azul y el América, Carlos Reynoso cobró y anotó un penalti, el cual se convirtió en el primer gol que recibió Marín. El delantero se caracterizaba por sus tiros de larga distancia que terminaban en gol. Así la rivalidad con el portero despertó no sólo expectativas en los medios, sino una identificación de los aficionados con los colores del equipo de su agrado. “De cualquiera, menos de él y mucho menos en un tiro de media distancia. Cuando pase eso, dejo de ser portero del equipo (Cruz Azul)”, dijo Marín refiriéndose a Reinoso. Su respeto por la afición era notable: “daban la vida por los colores”. No podría imaginarse a jugadores emblemáticos del fútbol mexicano que vistiesen la casaca del equipo rival, resulta tan ignominioso pensar en Ricardo “el tuca” Ferretti con la playera del América, resulta ofensivo para cualquiera, tanto para los pumas, como para los americanistas, e incluso para mí, hincha del Cruz Azul.

La mayoría de los protagonistas actuales del fútbol nacional sólo son mercenarios, ya que un torneo los podemos ver con la playera de los Pumas de la UNAM y al otro con la del América. No hay tal amor de su parte por esos colores que la afición idolatra, puesto que responden a los intereses de sus representantes, así como a los de la mercadotecnia y a los de las televisoras. Así es el fútbol mexicano de desinteresado. Esa es la moral pambolera.

Los actores, es decir, los futbolistas son un buen ejemplo de lo que Erving Goffman emplea como la perspectiva de la actuación o representación teatral en las relaciones entre individuos o personajes. Goffman plantea que el individuo se presenta a sí mismo y a su actividad ante otros bajo situaciones de trabajo corrientes, en las que debe controlar y guiar las impresiones que otro se forma de él. Así es el jugador y así lo moldean los medios de información: una semana antes de un encuentro, los programas televisivos suelen hacer “reportajes” y entrevistas a los jugadores, quienes se muestran en un papel de comprensivos y humildes ante los rivales. Una versión hipócrita de lo que sienten y piensan, claro, tienen que cuidar su imagen ante los medios. Posteriormente, se presentan como si nada hubiera pasado, como si esa final que perdieron en menos de cinco minutos no significara nada para los seguidores.

Un aficionado de los Tigres de la UANL llora. Imagen tomada de http://twicsy.com/i/hARVD

Un aficionado de los Tigres de la UANL llora.
Imagen tomada de http://twicsy.com/i/hARVD

El aficionado, por otro lado,  vive a diario con la esperanza de ser campeón o, por lo menos, de que su equipo logre una victoria contra el acérrimo rival. Un amor trágico, ¿o no? Pues requiere dejarlo al azar de once  jugadores que no saben lo que se siente trabajar por un mísero salario mínimo de 61.38 o 64.76 pesos mexicanos diarios, dependiendo del área geográfica a la que se pertenezca, y destinar, aproximadamente, 150 pesos para asistir a un estadio de fútbol y esperanzarse con una victoria, la cual en ocasiones no llega y, lo que es peor, se estanca en un aburrido encuentro sin goles ni emociones.

A los jugadores no les importa esto, ya que, pierdan, ganen o empaten, se duchan, se largan y, posteriormente, cobran su sueldo de miles de pesos sólo por salir a la cancha. El hincha, si pierde, sale del estadio triste; sin embargo, no deja de amar a su playera, porque tendrá la esperanza de poder festejar una victoria el fin de semana próximo. Ése es el amor puro en el fútbol. Ése es el jugador número 12. Ésa es la moral aún vigente de los hombres y las mujeres, la cual conoció el filósofo y periodista, Albert Camus, a través de este deporte.