Ciudad tan complicada, hervidero de envidias,
criadero de virtudes desechas al cabo de una hora,
páramo sofocante, nido blando en que somos
como palabra ardiente desoída,
superficie en que vamos como un tránsito oscuro,
desierto en que latimos y respiramos vicios,
ancho bosque regado por dolorosas y punzantes lágrimas,
lágrimas de desprecio, lágrimas insultantes.

Declaración de odio, Efraín Huerta

¿Qué pasa con la ciudad, Por qué esta breve estrofa escrita hace más de 50 años sigue teniendo sentido? ¿Qué dinámica se ha instaurado que podemos encontrar relación con la dinámica de hace décadas con la actual? En este artículo buscaré dar unos primeros atisbos para observar la ciudad y nuestras interacciones en ella.

Como una primera aclaración, la ciudad no puede ser definida sólo por el número de habitantes, sino que hay algo más allá que no necesariamente está ligado con esto; existen dinámicas que se realizan en la ciudad que son diferentes de la vida rural, como la heterogeneidad de actividades que existen en la metrópoli.

Para Simmel, sociólogo alemán, la metrópoli es la sede de la vida económica monetaria, donde lo material es objeto de culto y moviliza la vida cotidiana, el dinero es “el nivelador más atroz; el dinero expresa todas las diferencias cualitativas de los casos en términos de ¿cuánto cuesta? Con toda su capacidad e indiferencia, el dinero se convierte en el común desarrollador de todos los valores y vacía, irreparablemente, el centro de los casos, su individualidad” (Simmel 1988: 52).

Para complementar esta idea podemos decir que la ciudad no sólo es la sede de la vida económica, sino también política y cultural, es decir, la ciudad concentra instalaciones y actividades industriales y comerciales, financieras y administrativas, sistema de transporte y comunicación, así como la concentración de la mayor parte de actividades culturales

Mexico2006La ciudad se vuelve un lugar sumamente heterogéneo en el que se realizan múltiples actividades a causa de la especialización y la interdependencia; dependemos de unos y otros de un modo secundario. Esto quiere decir que no nos conocemos, no sabemos quién trae la carta pero la recibimos o quién hizo la ropa que usamos, la comida que compramos, etc; los contactos son superficiales y transitorios.

Hasta aquí hemos observado que la heterogeneidad e interdependencia no significa una unión, por así decirlo, entre individuo, un conocimiento del otro sino al contrario: “el individuo tiene una capacidad cada vez menor de enfrentarse con el supercrecimiento de la cultura objetiva […] el individuo se ha convertido en un simple engranaje de una enorme organización de poderes y cosas que le arrebata de las manos todo progreso, espiritualidad y valor para transformarlos a partir de su forma subjetiva en una forma de vida puramente objetiva” (Simmel, 1988:59)

Sumado a esta dinámica de interacción, donde estamos expuestos a grandes cambios y estimulaciones, Simmel plantea que el sujeto desarrolla un mecanismo de defensa contra esta dinámica: la actitud blasée, esta actitud la define como: “disposición o actitud emocional que denota una indiferencia basada en el hastío” (Simmel 1988:51). Esto supone una actitud defensiva hacía los impulsos de la ciudad, ya que no podríamos poner atención a todo, básicamente se volvería loco con tanto bombardeos de estímulos visuales y auditivos.koyaanisqatsi-1983-03-g

Pongamos el ejemplo de los metros. En el metro interactuamos cara a cara con las personas, pero es otro tipo de interacción una interacción secundaria, indiferente: cada quien tiene consciencia de que está el otro, en que estación bajará, incluso observa si hay alguien que vaya próximamente a descender; pero en sí no conocemos nada de la otra persona, a penas sale de nuestra vista las olvidamos. La actitud blasée es nuestro medio de defensa para que en este lugar donde todos se mueven: hablan, hay vendedores ambulantes gritando, el metro está descompuesto, sonidos en cada estación;¿, donde no existe el silencio y la mayoría del tiempo no hay una idea del espacio vital; esta actitud funciona para no salirse de “control”.

Incluso la nueva forma que se ha adoptado para refugiarse en uno mismo son los audífonos, adoptando una actitud reservada y en cierto modo insensible a lo que le rodea. Es raro ver despojos de sorpresa en el metro, escuchamos música pero sería extraño que alguien se parara y comenzará a bailar. No queremos decir que no haya pasado pero es algo inesperado, no se reacciona de manera demasiado enérgica frente a los eventos, más bien se reservan esas fuerzas para otras cosas.

Si bien estás dinámicas las podemos encontrar en lo general cabe aclarar que también hay otras dinámicas, retomando a Efraín Huerta:

Así hemos visto limpias decisiones que saltan

paralizando el ruido mediocre de las calles,

puliendo caracteres, dando voces de alerta,

-de esperanza y progreso.

La ciudad se ha desarrollado en este proceso de segmentación e individualización y las dinámicas cotidianas son reflejo de este proceso. El conocerlas nos permite posicionarnos y, en una especie de táctica, romper con ellas o usarlas de otro modo. De Certeau comenta que si bien los individuos estamos insertos en interacciones espacio-temporales muy cortas, este mapa cultural no es absoluto y cerrado, a medida que la diferenciación va creciendo las situaciones contingentes también, éstas se presentan al ciudadano como posibilidades.

Es por ello que comprender que nacemos dentro de dinámicas que no dominamos; pero si uno, incluso inconscientemente, empieza a conocer cómo funcionan, permiten otras acciones, por ejemplo, la interacción en los espacios públicos. Actualmente existen propuestas de intervención donde la ciudad ya no se observa como algo externo en lo cual nos movemos, sino que existe una apropiación de ella. De Certeau le llama tácticas, acciones que permiten escapar de las representaciones impuestas como la norma con que se miden todas las cosas.

De esta manera, preguntándonos qué dinámicas reproducimos en la vida cotidiana sin que ni siquiera estemos conscientes de ellas, nos permite modificarlas; que las interacciones, dentro de lo posible, no sean superficiales y frias; que la ciudad no se vea como un espacio de tránsito en el que estamos permanentemente. Éste fue el propósito del artículo: reflexionar sobre cómo vivimos la ciudad.

 

Referencias

Simmel, G. (1988), “La Metrópolis y la Vida Mental” en Antología de Sociología Urbana, México

CERTEAU, M. de (2000), La invención de lo cotidiano. 1 Artes de hacer, 1a reimpr., México: Universidad Iberoamericana (UIA)/Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO).