Por Mariana López González (@MarianaLogon)

Hablar de “conciencia social” está de moda. Por todos lados podemos ver campañas que anuncian programas de apoyo social, de ayuda a sectores marginados de la sociedad o apoyo a la ecología, entre otros. Nadie se queda atrás en la nueva tendencia de ser “socialmente responsables”. El problema es que se ha generado un discurso de conciencia social mal entendida, en el que nadie sabe exactamente qué quiere decir ser socialmente responsable.

Norberto Chaves, asesor en identidad corporativa, ensayista y teórico del diseño, dice en su ensayo Diseño, Mercado y Utopía:

“Todos los profesionales que se insertan en el proceso productivo lo deberían hacer a condición de que procesen su experiencia y la transformen en conciencia social. Esto me parece el verdadero compromiso ético del profesional. Un compromiso más complejo y profundo que el de aquel compañero de curso que todos hemos tenido, que creía que por elegir un tema de diseño más próximo a los pobres, era más popular o más democrático”.[1] (2006)

Chaves explica muy bien la malinterpretación que se ha hecho del “trabajo social”. Sin el afán de descalificar a quienes trabajan a favor de un grupo marginado, logra explicar la superficialidad con que el discurso de “ayudar a los pobres” se manifiesta. Éste se vuelve un discurso disfraz; una fachada que sirve para decirle a la sociedad “soy una buena persona”, sin enfocarse realmente en resolver los problemas de fondo. Es un problema generalizado que se vive en todas las disciplinas y profesiones, pero en este artículo nos enfocaremos a la situación que se vive en el diseño, y cómo esta disciplina está participando en la era de la innovación social. Si bien existen muchos casos exitosos de objetos diseñados con una “función social”, tomando en cuenta la problemática antes mencionada, se considera necesario hacer un recorrido por la historia del discurso del diseño para poder entender cuál es la función del diseño en la sociedad, antes de enfocarse en un caso de estudio. Para hacer esto, nos basaremos en la teoría de Norberto Chaves.

Nos situaremos, entonces, en las primeras décadas del Siglo XX para explicar brevemente el discurso con el que nace esta disciplina. En esa época se dan una serie de vanguardias artísticas y culturales que se presentan como una alternativa a la sociedad, como una nueva forma de ver la vida. En medio de un cambio de paradigma social con la era de la industrialización, nace el diseño a partir de la necesidad de mejorar los artículos y objetos que se producen ahora en masa.

El discurso ideológico del diseño en sus inicios es racionalista, y tomando la descripción de Chaves como referencia, se puede decir que este discurso se centra en cuatro variantes: el discurso funcionalista, que habla de la relación usuario-objeto, el discurso tecnicista, que se enfoca en la relación producto-proceso de producción, el discurso economicista, que se enfoca en la relación producto-costo, y finalmente, el discurso abstraccionista, que trata de la relación forma-sentido y la economía de la forma: menos es más. De estos cuatro discursos nace la idea de priorizar la función sobre la forma, es decir, hacer objetos que sirvan a los usuarios, más que a la estética.

Si nos adelantamos en el tiempo, el discurso de la disciplina va a sufrir una transformación ideológica y por lo tanto, su rol dentro de la sociedad va a cambiar.  Nos referimos a los años cincuentas, época de posguerra y nacimiento de la sociedad de consumo. Con el nacimiento de la figura del “consumidor”, el diseño se entiende como una disciplina que está al servicio del mercado; los productos gráficos, industriales o arquitectónicos no se dirigen a las necesidades de los individuos, sino de las empresas. Por esta razón, se crea una cultura del diseño que no solamente lo lleva a ser aceptado, sino a ser necesario. Incluso se podría decir que el diseño se convierte en una nueva disciplina al tener un enfoque y prioridades opuestas a las de sus inicios. La estética toma un rol muy importante, ya que el diseño tiene como uno de sus principales objetivos proveer a los objetos de un “valor agregado”. En un mundo donde el consumo tiene un impacto tan grande existe un exceso de oferta, y ser funcional ya no es suficiente. Se ha llegado al momento en el que incluso las naciones necesitan un valor agregado ante el mundo; véase el caso de las marcas-país. En palabras de Norberto Chaves, existe una “traducción que se produce en el discurso del diseño al pasar de las manos de las vanguardias a las manos de la empresa: así como la sociedad devino mercado, el usuario devino consumidor.” (2006)

Llegada la época de las posvanguardias, el discurso que impera es el de la posmodernidad. Es el discurso del “todo se vale”. El diseño sufre un momento de crisis al perder importancia tanto los valores estéticos como los funcionales; todo lo que atraiga al mercado está permitido. Como respuesta a esta pérdida, el diseñador se plantea nuevos caminos para recuperar la función real de su profesión: desde hace algunos años se habla de diseño para la innovación social, diseño humanitario o human-centered design.

¿Cómo podemos hacer un diseño realmente centrado en el ser humano? Después de analizar el cambio en los discursos, podemos llegar a la conclusión de que para crear un diseño realmente social, es necesario hacer una re transformación: diseñar de nuevo para los usuarios; cambiar el diseño del mercado, por el diseño de la sociedad. Nuestro objetivo como diseñadores será, entonces, crear diseño que satisfaga las necesidades reales de nuestro usuario, lo cual será posible a través de la observación e investigación social y un análisis riguroso de quien será destinatario de los productos de diseño. Los diseñadores deben empaparse del mundo para poder entenderlo e interpretarlo; identificar necesidades y plantear soluciones.

Respondiendo a este objetivo surgió el concepto Design Thinking, término que se ha popularizado en el medio en los últimos años. El Design Thinking es un método de trabajo que se basa en el proceso creativo del diseñador para la resolución de problemas. Al ser un método de trabajo con pasos identificables, se ha popularizado por ser aplicable a todos los ámbitos profesionales. El despacho de diseño IDEO, caracterizado por su innovación en diseño, define cinco pasos básicos para este proceso: descubrimiento, interpretación, ideación, experimentación y evolución. La investigación y observación son clave en el proceso creativo; se trata de conocer a un usuario de modo que puedas identificar problemas que representen áreas de oportunidad para la creación de soluciones. La experimentación  y el método de prueba y error son muy importantes para obtener las soluciones óptimas; todo acompañado siempre de la investigación y el contacto directo con el usuario.

Si bien el Design Thinking se usa mucho para la “innovación en los negocios”, también tiene un alto potencial para el trabajo social. Ejemplo de esto es el programa Design for Change, desarrollado por la diseñadora Kiran Bir Sethi, quien estudió comunicación visual en el National Institute of Design en Ahmedabad. Ahí mismo fundó la escuela Riverside en el 2001 como experimento para crear un proceso de diseño en el que sus alumnos pudieran involucrarse con sus comunidades y ser parte del cambio social.

Como en el Design Thinking, para Sethi uno de los principios más importantes en la educación debe ser el contacto con el mundo: “romper las barreras entre escuela y vida real”. Por eso, para tratar el tema de trabajo infantil, sus alumnos de quinto grado experimentaron por una jornada lo que un niño obrero vive todos los días. Después de esta experiencia, hicieron una campaña en su comunidad para hablar con los ciudadanos sobre este problema. En el 2007, después de que el piloto fue exitoso en su escuela, Sethi decidió expandir su programa en Ahmedabad con ayuda de sus alumnos[2].

En el 2009, Kiran Bir Sethi diseñó un kit de herramientas de Design for Change[3] con el fin de distribuirlo en escuelas por toda India, y hacer crecer la iniciativa. Este kit fue traducido a 8 idiomas y tuvo un alcance de 32 000 escuelas. Siguiendo cuatro pasos: siente, imagina, haz y comparte, alrededor de 100 000 niños en la India desarrollaron diferentes iniciativas para atacar problemas en sus comunidades. Desde una campaña de alfabetización en la que los niños enseñaron a sus padres a leer y escribir e iniciativas ecológicas, hasta campañas para evitar matrimonio infantil.

Programa ganador del premio Index Design to improve life[4] en 2011, Design for Change se encuentra hoy en día en 33 países, entre ellos México, y ha alcanzado a alrededor de 25 millones de niños quienes son capaces de generar un impacto positivo en sus comunidades. Todo esto impulsado por un objeto de diseño: el Kit de herramientas, y el pensamiento de diseño aplicado a la vida real. México es un país en el que se pueden encontrar áreas de oportunidad todos los días. Basta con ser observadores de nuestras comunidades para darnos cuenta de las necesidades que se viven diariamente, en todas las esferas de nuestro país. Siguiendo el ejemplo de Design for Change, rompamos las barreras universidad – vida real, oficina – vida real; sólo siendo parte del mundo podemos cambiarlo. ¿Por qué no, entonces, volvernos todos Design Thinkers? Seamos pensadores de diseño al servicio de la sociedad, creativos trabajando por el ser humano.


[1] Chaves, N. (2006). Diseño, mercado y utopía. De instrumento de transformación social a medio de dinamización económica. En N. Chaves, El oficio de diseñar. Propuestas a la conciencia crítica de los que comienzan. (págs. 11-57). Barcelona: Gustavo Gili.