El uso del término “paradigma” en la filosofía de la ciencia surgió con la obra seminal de Thomas S. Kuhn: The Structure of Scientific Revolutions, que fue publicada en 1962. Años más tarde, gracias a la presión ejercida principalmente por filósofos escrupulosos, Kuhn abandonó el uso del término y lo reemplazó por “matriz disciplinar” que hace referencia a la constelación de compromisos ontológicos, generalizaciones simbólicas (e.g. las fórmulas matemáticas), los paradigmas metafísicos y los logros ejemplares. Como explica Kuhn en el epílogo escrito en 1970, el término original de “paradigma” es tan ambiguo que era posible encontrar hasta 22 sentidos distintos en que fue utilizado a lo largo del texto original. Sin embargo, a pesar de Kuhn mismo, la palabra “paradigma” cobró vida propia y no sólo continuó siendo utilizada en filosofía de la ciencia, sino que pasó a ser un concepto de uso común para designar muy ambiguamente algo así como “visión del mundo”, “estilo de pensar”, etc.

Las implicaciones filosóficas de las teorías de Kuhn no son lo primero que la gente tiene en mente cuando habla de paradigmas, pero son sumamente importantes para entender todo quehacer científico. Son el precedente de lo que fue llamado la nueva filosofía de la ciencia, novedosa a comparación con la filosofía de la ciencia del Círculo de Viena, a principios del siglo XX –ligada al positivismo lógico. Una de las ideas centrales y más controversiales de Kuhn en su momento fue lo que pasó a conocerse como “la carga teórica de la observación” y es de lo que me ocuparé en el resto de éste artículo.

La ciencia goza y ha gozado de un lugar privilegiado gracias a la idea de que es neutral, que ve a la naturaleza directamente y produce un confiable y casi incontrovertible cuerpo de conocimientos. Entre los filósofos de la ciencia hoy en día, ésta es una visión unánimemente desacreditada. Esto se debe principalmente, en efecto, a las ideas que Kuhn postuló pero que pueden encontrarse previamente en N. R. Hanson, y posteriormente en otros autores como Bruno Latour. La idea es que la ciencia no se hace mediante observaciones neutrales de los hechos de la naturaleza. La realidad es diferente por mucho: los “hechos” científicos son construcciones mediadas por el paradigma bajo el cual fue educado el científico. Más aún, ninguna de las observaciones que hacemos en la vida diaria es recibida por nosotros de manera inmediata. Aunque cueste trabajo creerlo, nuestras observaciones diarias están mediadas por nuestros conocimientos, nuestros miedos, nuestros deseos, etc. En pocas palabras: dos personas pueden recibir la misma imagen por sus ojos pero ver cosas distintas.

images

Por lo tanto el mundo no simplemente se nos presenta tal cual, sino que los datos de los sentidos siempre pasan por una interpretación; para Hanson, por ejemplo, “ver” es un acto que ya implica interpretar. Debido a eso, algunos datos nos resultan más importantes que otros y otros ni siquiera “se ven”. Una implicación para la ciencia es que la evidencia, por sí misma, no basta para refutar o validar una teoría.

Ahora bien, hay dos versiones de ésta idea elemental. En la primera, se acepta que la realidad externa ejerce una influencia importante para la construcción del conocimiento, es decir, que hay una cooperación entre esquemas o paradigmas y experiencia. Esta es la visión más fiel a las ideas originales de Kuhn y es conocida como constructivismo kantiano, porque Kant creía que el conocimiento era resultado de lo que el sujeto tenía (conceptos) y lo que provenía del mundo (intuiciones).

De acuerdo con la segunda versión, la realidad como tal ya no es lo que determina el conocimiento, sino los factores externos como el acuerdo, la autoridad, etc. Esta versión es defendida por Bruno Latour, entre otros (conocidos más bien como sociólogos de la ciencia) y se ha llamado constructivismo devastador, ya que para algunos lleva inevitablemente al relativismo (el “todo vale”).

La primera versión parece concordar más con nuestras ideas de sentido común sobre el conocimiento y la ciencia; queremos creer que lo que la ciencia nos describe es el mundo como tal y no el resultado de la imposición de una teoría particular que no pocas veces venció sobre sus rivales por cuestiones de poder. Pero la evidencia sugiere que las cuestiones de poder están profundamente enraizadas en el quehacer de la ciencia y que lo que recibimos como conocimiento científico no es el resultado de un proceso neutral en el que los investigadores entrevistan inocentemente a la naturaleza, quien les responde desnudándose tal cual es ante ellos. Todo conocimiento científico se encuentra ya mediado por los antecedentes y el medio en que fue producido. Latour, en éste sentido, defiende que los “hechos” científicos no son causa sino consecuencia del cierre de una controversia, a lo largo de la cual la retórica, los plazos a cumplir y los recursos disponibles juegan un papel central.

De lo anterior no debemos concluir que los científicos no son nada más que una banda de mafiosos movidos por sus intereses a quienes no hay que creer ni una palabra. Más bien, debemos ser conscientes de que lo que hoy se considera conocimiento no es un constructo atemporal, sino que alguna vez estuvo sujeto a controversia y que, con toda seguridad, será reemplazado algún día por otro conocimiento a su vez influenciado por las circunstancias. No hay progreso científico como alguna vez se creyó y como muchos creen todavía; nos movemos de un paradigma a otro y entre ellos hay huecos de manera que el conocimiento ni se acumula ni se pierde en su totalidad (esto se debe a lo que Kuhn llamó inconmensurabilidad). Pierre Bordieu nos advierte: “La idea de una ciencia neutra es una ficción, y una ficción interesada, que permite considerar científica una forma neutralizada y eufemística (y por lo tanto particularmente eficaz simbólicamente porque es particularmente desconocible) de la representación dominante del mundo social” (“El campo científico”, en Intelectuales, política y poder, p. 47).

Referencias:

Bourdieu, P., “El campo científico”, en Intelectuales, política y poder (2003). Buenos Aires: Eudeba,

Bloor, D. “El programa fuerte en la sociología del conocimiento” (1994) en Olivé, L. (Coompilador), La explicación social del conocimiento. México: UNAM.

Hanson, N. R., “Observación” en N. R. Hanson, Observación y explicación: guía de la filosofía de la ciencia. Patrones de descubrimiento (1977), Alianza Universidad, Madrid,  pp.77-112.

Kuhn, T. S. La estructura de las revoluciones científicas (2007), México: FCE (tercera edición, primera reimpresión). Trad. Carlos Solís

_________ La tensión esencial, (1981) México: FCE

__________ The road since structure, philosophical essays (2000), USA: The University of Chicago Press. Editado por James Conant y John Haugeland.

Latour, B., Ciencia En Accion (1992) Barcelona: Editorial Labor SA

Latour, B. y Woolgar, S., Laboratory life, the construction of scientific facts(1986), New Jersey: Princeton university press

Pérez Ransanz, A. R. Kuhn y el cambio científico (2000), México: FCE