Existe una relación complicada entre la imagen pública de la ciencia y la práctica científica efectiva. Esto es, por un lado, porque la primera no es una réplica exacta de la segunda. En efecto, lo que el público en general cree sobre lo que hace el científico, no siempre corresponde con la realidad. Por otro lado, se debe a la influencia que tiene uno en el otro. Así, la opinión pública puede crear presión sobre la comunidad científica y la práctica científica está –de manera precisa o no– representada en los medios. Este es sólo un ejemplo de la influencia mutua mencionada previamente.

Mientras que es posible hallar pruebas de esta relación complicada en todo dominio de la práctica científica, hay dos disciplinas que nos proveen de ejemplos particularmente interesantes: las neurociencias y la psiquiatría. Hay tres razones para esto:

a) La naturaleza de los experimentos que conducen, que frecuentemente requieren procedimientos invasivos en humanos u otros animales.

b) La influencia que sus resultados tienen o pueden tener sobre la vida humana.

c) El hecho de que se trata de un sujeto de conocimiento (un humano) estudiando a otro sujeto de conocimiento, que es distinto de cualquier otro objeto científico posible.

Aunadas a estas dificultades que las neurociencias y la psiquiatría en particular deben superar en su relación con la sociedad, existen dos dificultades con las que la práctica en general se enfrenta frecuentemente:

a) El papel de la retórica y la argumentación en la elección entre teorías científicas. ¿Qué tanto el deseo de convencer a otros de aceptar una teoría dada, influye en la manera en que es presentada al público y a la comunidad científica? ¿Cómo se ve ‘la verdad’ detrás de la retórica?

b) El sistema de recompensas que prevalece en todo aspecto de la ciencia y que hace presión sobre el científico para hacerlo entregar resultados significativos tan pronto como sea posible. ¿Qué tan cuidadosos pueden ser los científicos en su investigación cuando, dada la competencia, deben publicar resultados más impresionantes en aun menos tiempo que los otros?

Seamos perfectamente claros: no es que estemos rodeados por científicos anti-éticos  que están guiados únicamente por sus intereses y nos proveen de nada más que información no confiable. Sin embargo, como ha sido apuntado repetidamente por autores como B. Latour, T. Kuhn, P. Bourdieu, entre otros: la ciencia no es completamente neutral.

Ahora veremos dos ejemplos de casos problemáticos tanto en neurociencias como en psiquiatría que instancian algunas de las dificultades ya mencionadas, es decir: la presión puesta sobre el científico (por el sistema de recompensas y las posibles implicaciones éticas de sus resultados), el papel de la retórica en las publicaciones científicas y la naturaleza delicada de algunos de los experimentos conducidos por los investigadores en ambas disciplinas.

El primer caso que revisaremos es la práctica psiquiátrica en torno a la esquizofrenia, particularmente desde 1980. El panorama de la psiquiatría había estado cada vez más dominado por una aproximación biomédica a las enfermedades mentales. Se había aceptado desde hace tiempo que estas se encuentran localizadas en el cerebro así que creció la idea de que era necesario ir directamente al cerebro ‘defectuoso’ para atacar las enfermedades mentales.

Nuevos tipos de práctica psiquiátrica emergieron como resultado de esta aproximación cada vez más dominante. Las causas de la esquizofrenia estaban, según se creía, solamente en el cerebro y en los genes, por lo tanto una cura a través de antipsicóticos era todo lo que los pacientes necesitaban. Como consecuencia, fueron lanzadas al mercado nuevas drogas que, se suponía, debían atacar el problema en el cerebro. Sin embargo, resultó ser que eran caras y hasta peligrosas, a pesar de la publicidad con que iban acompañadas, según la cual eran ‘un milagro para la mente enferma’.

Aquí es donde salen a flote las dificultades que hemos discutido más arriba. A pesar de los problemas que conlleva el modelo biomédico en torno a la esquizofrenia, la opinión popular tanto como la investigación científica y la práctica psiquiátrica aún creen como regla general que una fisiología defectuosa es todo lo que hay detrás de una persona que sufre de esquizofrenia. Esto puede notarse aun conduciendo una investigación simple y rápida sobre esquizofrenia, en libros de texto y revistas especializadas tanto como en los medios y en los textos para el público en general.

La opinión pública es (en parte) responsable tanto de la prevalencia de la crítica en torno a la opinión mencionada algunas líneas más arriba.   Es responsable por la prevalencia porque, de acuerdo con la imagen pública de la ciencia, ésta debe entregar resultados tangibles que tengan un impacto en el mejoramiento de la vida humana. El modelo biomédico es bueno para ayudar a satisfacer estas exigencias. Pero la opinión pública –y por esto me refiero no sólo al público en general sino también a los gobiernos y las empresas– es también una fuente de crítica constante hacia la psiquiatría hecha bajo el modelo biomédico simple. Esto se debe, precisamente, a las consecuencias del uso de los antipsicóticos, la manera en que se cree que los pacientes son tratados en los hospitales psiquiátricos y los procedimientos experimentales que llevan al descubrimiento y lanzamiento de nuevos medicamentos, entre otras razones.

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Pasemos ahora al segundo y último ejemplo, el de las neurociencias. Somos testigos de lo que algunos han llamado neuromanía. Desde el descubrimiento de técnicas más poderosas y más precisas para estudiar el cerebro, hay una creciente sensación de que las neurociencias pueden proveernos de una explicación y hasta una solución a todos nuestros problemas. Por ejemplo, si uno es tímido uno puede tener la esperanza de que algún neurocientífico descubra el ‘correlato neuronal de la timidez’ así como una manera de, quizá, ‘arreglar ese problema en el cerebro’. Podemos encontrar casi en cualquier lugar imágenes de cerebros ‘encendiéndose’ con distintos colores, junto con anuncios informado sobre alguna nueva sustancia, droga o tipo de alimento que podría ‘incrementar la actividad neuronal’  o algo por el estilo.

Una de las consecuencias de esta neuromanía es que más y más dinero se invierte en la investigación neurocientífica, de manera que más y más son las exigencias puestas sobre los científicos para hacerlos producir resultados rápidos, positivos y notables. Debido a esta presión, los científicos a menudo publican resultados más bien desconfiables que son un subproducto de ciertas prácticas de investigación. No es que mientan en sus publicaciones, sino que los resultados suelen carecer de poder predictivo, a menudo son irreproducibles, etc.

Estos son algunos de los aspectos de la relación complicada entre la opinión pública junto con la imagen pública de la ciencia y la práctica científica real. El más notable es la manera en que la opinión pública afecta la práctica científica. Esto se puede notar al mirar el sistema de recompensas junto con otros factores que contribuyen a poner a los investigadores bajo presión para hacerlos generar resultados. La psiquiatría y las neurociencias son dos disciplinas que proveen ejemplos atractivos de estas y otras dificultades.

Se pueden encontrar algunas soluciones gracias a la investigación rigurosa en historia y filosofía de la ciencia (incluyendo la filosofía de las prácticas científicas). Este tipo de investigación provee de un entendimiento y análisis profundos de las implicaciones éticas en la práctica científica, la relación entre la sociedad y la comunidad científica, los problemas epistemológicos en las técnicas de investigación, etc.

referencias y lecturas sugeridas:

Chalmers, A.F., What is this thing called science? (1999), Indianapolis, EUA: Hackett Publishing Company, Inc. Tercera edición

Button, K.S. et. al., “Power failure: why small sample size undermines the reliability of neuroscience”, Nature Reviews Neuroscience 14, 10 Apr 2013

Marcus, G., “Neuroscience Fiction”, The New Yorker, December 2, 2012

Latour, B., Ciencia En Acción (1992), Barcelona: Editorial Labor SA

Latour, B. y Woolgar, S., Laboratory life, the construction of scientific facts,Princeton university press, New Jersey, 1986

Luhrman, T. M., “Beyond the Brain”, The Wilson Quarterly, Summer 2012

Martínez, S.F., Geografía de las prácticas científicas (2003), México: UNAM, Instituto de investigaciones filosóficas

www.schizophreniaforum.org

www.thersa.org