apital in the Twenty-First Century

Autor: Thomas Piketty, traducido del francés al inglés por Arthur Goldhammer

Editorial: Belknap Press/Harvard University Press, 685 pp., $39.95 USD

La desigualdad es un fenómeno que ha estado siempre presente en la modernidad, desde la revolución francesa, pasando por la revolución industrial y hasta nuestros días. Su existencia ha generado posturas muy críticas hacia el funcionamiento de la economía mundial, en particular por el gran contraste entre las economías capitalistas avanzadas y los países en proceso de industrialización.

Para explicar el fenómeno a través de los años han surgido diversas hipótesis. Algunas de ellas se han enfocado en explicar sus orígenes así como los mecanismos por los cuales podría desaparecer. Dentro de estas explicaciones se encuentran las famosas curvas de Kuznets, que al mismo tiempo que condenan la desigualdad, postulan que es necesaria su existencia para acelerar el crecimiento, en tanto que la concentración de los ingresos en los tratos superiores sirve para incentivar una mayor acumulación de capital.

Pero la desigualdad no solo es un tema de debate debido a sus consecuencias teóricas. Los economistas no discuten la desigualdad solo por sus implicaciones en términos de crecimiento o de eficiencia; la desigualdad implica dar un vistazo a lo que Maureen Mackintosh llama “mercados reales” a la calidad de vida de las personas y su capacidad de llevar vidas dignas.

En este contexto teórico y en un inicio del siglo XXI marcado por crisis y fuertes cuestionamientos en la economía mundial; Thomas Piketty profesor de economía de la Escuela de Economía de París (PSE) con la colaboración de Anthony Atkinson, Emmanuel Saez y Abhijit Banerjee, publicó un libro polémico que ha puesto el tema de la desigualdad y el crecimiento económico en el centro de la discusión económica mundial.

La primera parte del libro explica la metodología empleada para las estimaciones y conclusiones que serán presentadas en las siguientes tres cuartas partes del libro. La innovación que se presenta en esta parte del libro está relacionada al uso de las estadísticas de impuestos pagados por más de doscientos años en diversos países, principalmente Reino Unido, Francia, Estados Unidos y Alemania para reconstruir las distribuciones del ingreso en dichas sociedades. Un logro que por sí mismo es relevante y ayuda a la comprensión de la evolución de la desigualdad en el largo plazo.

Como forma de proveer contexto para la evidencia empírica, Piketty utiliza pasajes de las obras literarias de autores como Jane Austen y Honoré de Balzac. El uso de estos elementos permite  comprender el rol que ha tenido a lo largo de la historia la desigualdad, particularmente el impacto que tuvo en los tiempos de la Tercera República en Francia y al inicio de la Revolución Industrial en Inglaterra. El mensaje de Piketty es que si bien la representación de la desigualdad que se hace en esas obras es una metáfora del pasado, es posible que sea también una metáfora del futuro que nos espera.

Este enfoque ecléctico contrasta con la aproximación que usualmente se hace desde la economía al estudio de fenómenos como la desigualdad. De ahí que Piketty incluya en la primera parte del libro una dura crítica a la metodología de investigación de la economía neoclásica, que bien puede ser resumida por su frase: “la disciplina de la economía aún debe superar su pasión infantil por las matemáticas y por la elevada especulación ideológica, a costa de la investigación histórica y la colaboración con otras ciencias sociales”.

De igual forma, esta es la parte del libro en donde Piketty presenta las que él llama las leyes fundamentales del capitalismo y la desigualdad. Particularmente, es aquí en donde aparece por primera vez la famosa r>g, donde r es la tasa de retorno del capital y g es la tasa de crecimiento de la economía. Lo que esta desigualdad implica es que en aquellos periodos en que la tasa de retorno del capital es superior a la tasa de crecimiento de la economía la desigualdad de ingresos se incrementa. Ello pues aquellos individuos que poseen capital ven incrementarse sus ingresos en una mayor cuantía de lo que lo hacen los salarios, cuyo crecimiento está vinculados estrechamente al crecimiento de la economía.

Es en este punto en donde se encuentran dos de las partes más cautivantes del libro, pues el autor hace gala no sólo de un despliegue de habilidad para la investigación histórica, sino que además lo hace con gran claridad. La primera es la distinción que hace sobre qué es y qué no es capital, definiéndolo como todo activo que puede ser vendido o cambiado en un mercado, noción que excluye al capital humano. Ello pues el capital humano no puede ser vendido por otros (al menos que seamos esclavos).

Aunque quizá parezca un tanto obvia esta distinción, resulta crucial al realizar el análisis histórico que se presenta en el libro respecto a Estados Unidos, particularmente para el periodo en donde existía el esclavismo, pues en ese entonces sí era posible considerar al capital humano dentro del acervo de capital de algunos individuos. La dificultad para contabilizar tan complicadas características históricas le da un gran mérito a la metodología empleada por el autor.

La segunda gran muestra de análisis en la primera parte del libro es lo que Piketty llama fuerzas de convergencia y divergencia. Dichas fuerzas se encuentran estrechamente ligadas a sus leyes fundamentales del capitalismo. Su conclusión es en gran medida la misma que tuvieron grandes economistas como Keynes o Polanyi mucho antes que él y ésta servirá de guía para el resto del libro. El capitalismo tiene en si la capacidad de crear riqueza y desarrollo sin precedentes, pero si se deja fuera de control contiene en sí mismo las fuerzas que le hacen un sistema inestable..

En las siguientes dos partes del libro, Piketty elabora durante tanto en su metáfora tomando prestados los personajes de las novelas de Austen y Balzac, como en las implicaciones de r>g. A partir de los datos construidos a partir de las declaraciones fiscales, Piketty encuentra que en el más largo plazo, la tasa de crecimiento usualmente ha sido menor a la tasa de retorno del capital, en una razón de 1 a 3. De esta situación se desprende una clara conclusión: en una sociedad de bajo crecimiento económico, la riqueza acumulada en el pasado tendrá una importancia desproporcionada en el presente y el futuro en la determinación de la distribución del ingreso.

Es necesario abundar más en las razones por las que Piketty considera que estamos ante un escenario de bajo crecimiento, por lo cual en principio es necesario establecer cuáles son las fuentes de crecimiento identificadas por el autor. Piketty descompone el crecimiento económico de largo plazo en dos factores: la innovación tecnológica y el crecimiento demográfico. Durante mucho tiempo la tasa de crecimiento económico fue baja debido en buena medida al bajo crecimiento demográfico. No fue sino hasta la aceleración del crecimiento poblacional que las tasas de crecimiento de las economías mundiales comenzaron a acelerarse. El problema a futuro es que la tasa de crecimiento poblacional ha comenzado a disminuir y probablemente se estabilizará en un nivel bajo, dando como resultado una menor tasa “natural” de crecimiento, implicando con ello una tendencia a una mayor desigualdad en el futuro. El supuesto subyacente al argumento de Piketty es que la innovación tecnológica no se acelerará lo suficiente como para compensar la caída en la tasa de crecimiento demográfico.

Este punto, relacionado con la composición de la tasa natural, permite que Piketty trate de vincular su hipótesis sobre el comportamiento de la desigualdad con la teoría del crecimiento neoclásica. De paso, trae de vuelta a la luz el viejo debate de los dos Cambridge entre los famosos economistas neoclásicos Paul Samuelson y Robert Solow del MIT (en Cambridge Massachusetts) y los economistas keynesianos de Cambridge (Reino Unido) Luigi Passineti, Piero Sraffa y Joan Robinson

El debate gira en torno a qué tanto es posible generalizar los resultados de los modelos a una mercancía en términos de las productividades marginales de los factores. De ahí su importancia dentro de la teoría del crecimiento económico, pues la teoría convencional depende, justamente, de la productividad marginal de los factores de producción, en particular del capital.

En la teoría neoclásica de crecimiento, el mecanismo básico que detona la acumulación de capital es el ahorro, mientras que el ingreso es determinado por la contribución marginal del factor de producción a la producción (sea capital o trabajo). Piketty cuestiona duramente la teoría de la productividad marginal argumentando que es imposible explicar los actuales niveles de los retornos del capital a través de la productividad marginal y más aún la enorme diferencia entre los salarios de los ejecutivos (superestrellas) y los de los trabajadores.

A partir de ese punto, Piketty señala que existe un mecanismo de aglomeración en el capital semejante al que conocemos en las ciudades y en los clústeres industriales. El capital tiende a juntarse, entre mayor sea el acervo de capital, mayor es la tasa de acumulación, es decir, el crecimiento del capital. Parecería como si tuviera una atracción gravitacional o una masa crítica, de tal forma que el salario nunca podrá crecer lo suficientemente rápido como para acortar la brecha frente a los ingresos derivados del capital, en palabras simples: los ricos se hacen más ricos

Vale la pena señalar que de hecho, la gran desigualdad en los ingresos no sólo se debe a la diferencia entre el ritmo de crecimiento entre los salarios y el ingreso derivado del capital, también se debe en buena medida por la diferencia entre el salario del 99% de la población y el famoso 1% o el 0.01%. La diferencia sugiere un serio problema con la teoría de la productividad marginal y le da la razón a Sraffa, Robinson y Pasinetti, quienes siempre fueron críticos de esta teoría y al mecanismo de acumulación del capital.

En los países desarrollados e incluso en algunos en desarrollo como nosotros, hemos podido observar un estancamiento en el crecimiento de los salarios durante los últimos 30 años. Dicho estancamiento se debe al bajo crecimiento de la productividad, la pérdida de poder de los sindicatos y el deterioro de los salarios mínimos. Todos estos factores son causas adicionales a las señaladas por Piketty  de la disparidad presente en términos de ingresos

Las primeras tres partes del Capital en el siglo XXI analizan la evolución de la distribución de la riqueza y la estructura de la desigualdad desde el siglo XVIII. Hasta este punto, el libro es estrictamente positivo con una evaluación estadística y teórica del estado del capitalismo en el mundo. Sin embargo, la cuarta y última parte del libro es principalmente normativa. Trata de obtener lecciones de los anteriores doscientos años de historia de la distribución de la riqueza para no volver a la desigualdad del pasado en nuestro futuro.

Una devastadora conclusión de  la primera parte del libro es que, en la actualidad, a principios del siglo XXI, nos encontramos con niveles de desigualdad semejantes a los de la Belle Époque. Estados Unidos, país que era descrito como tierra de la igualdad por Tocqueville, ahora no es más igualitario que la vieja Europa y la Europa de hoy quizá es incluso más desigual que la Europa de esos tiempos..

De no modificar el rumbo, el panorama es preocupante. Un mundo donde la herencia y el apellido cobran mucho más importancia que el talento o la inteligencia, es un mundo donde la igualdad de oportunidades deja de existir. Es un mundo en donde, como el autor dice, el pasado se devora al futuro.

Adam Smith alguna vez parafraseando a Thomas Hobbes afirmó “la riqueza es poder” y la riqueza tiene la tendencia a usar ese poder para continuar acumulándose. Si los estados no son capaces de poder regular los extremos de la desigualdad, inevitablemente se verán capturados por ella. El argumento en la cuarta parte del libro es justamente eso. Un llamado a la intervención del Estado para regular la riqueza, para asegurar que el Estado siga siendo autónomo y la sociedad equitativa.

Existe una enorme preocupación por la sobrevivencia de la democracia y los valores liberales dentro del argumento normativo. Sin igualdad de oportunidades difícilmente podrá existir una verdadera democracia. Este argumento se parece mucho al expresado por economistas como Robert Hunter Wade de LSE, Cristobal Kay de SOAS y del sociólogo John Scott de la Universidad de Plymouth quienes señalan que si bien ha existido una convergencia en términos de ingreso entre las economías del mundo, la desigualdad al interior de los países ha continuado creciendo. Este argumento también lo comparte su compatriota Phillippe Aghion de Harvard, para quien la desigualdad además se perpetúa obstruyendo el crecimiento económico.

La solución que propone Piketty es la de un impuesto global a la riqueza que sea escalado desde el 1%  para fortunas entre uno y cinco millones de dólares y 2% para fortunas mayores a los 5 millones de dólares. Este impuesto iría acompañado de un impuesto sobre el ingreso mucho más progresivo, con una tasa marginal tope de 80% para quienes reciban uningreso anual que se encuentre entre los quinientos mil y el millón de dólares. Para el autor esta es la única solución civilizada para el problema de la desigualdad, aunque él mismo la denomina políticamente poco factible.

Si bien esto puede ser cierto, lo que denuncia Piketty no es algo que sólo él vea. Basta señalar a la OCDE y su plan de acción contra la erosión de la base gravable (BEPS) que busca la coordinación en temas de impuestos entre sus miembros, con el fin de limitar la evasión fiscal y la acumulación de poder tal que permita a las corporaciones multinacionales distorsionar el funcionamiento de los mercados.

Entre los mecanismos  para tratar de combatir la desigualdad se encuentran el incremento en los salarios mínimos, incrementar el poder de los sindicatos en la negociación de las condiciones laborales, el impuesto sobre las herencias  y que el cobro de impuestos como el impuesto sobre la renta sea más progresivos e incorporen toda clase de ingresos en el mismo espíritu con el que originalmente se creó. Incluso el impuesto al capital puede ser visto como un incentivo al uso productivo del mismo y no a la ineficiente acumulación en forma de rentas

Capital en el siglo XXI es en mi opinión un libro fascinante no sólo por la introducción de métodos novedosos para sus estimaciones o por su lucido análisis tanto histórico como económico. También es un libro que trata de adentrarse a la filosofía política, trata sobre la economía y sus consecuencias reales. Es un intento por regresarle lo político a lo económico, por volver a los tiempos de la economía política y no separar al estudio de la economía del de las otras ciencias sociales aprender.

Las lecciones del Capital en el siglo XXI no son sólo para los países desarrollados en los que se centra su análisis. Mucho se puede aprender para los países en desarrollo. Es más fácil tener una sociedad más igualitaria si se trata de controlar a las fuerzas de divergencia a la par de  crear un marco institucional que fortalezca a las fuerzas que contribuyen a la convergencia.

Países como México aún se encuentran en periodos donde sus pirámides demográficas son favorables a la expansión económica, donde aún no se llega a la frontera tecnológica y no se han agotado los motores de la industrialización. México se encuentra en un periodo en el que a pesar de tener tanta desigualdad no es tan desigual como puede llegar a ser si permite que las instituciones del Estado sean capturadas.

La vida democrática en nuestros países depende en gran medida del equilibrio de poder. No podemos permitir que el pasado devore al futuro, como ocurriría en un estado patrimonial donde la gran concentración de la riqueza se sirve de conductas rentistas.


[1] Economista y estudiante de desarrollo económico. Interesado en crecimiento, macroeconomía, desarrollo económico, ciencia, tecnología e innovació