Por Raúl Zepeda Gil*

Palestinians gather around a destroyed house after an Israeli air strike in Khan Younis in the southern Gaza Strip

La guerra del Estado Islámico en Siria e Iraq (ISIS en inglés), los ataques con misiles en las fronteras entre Israel y Palestina, y la crisis post-electoral en Afganistán son eventos que representan los dilemas de la distribución del poder entre las sociedades que coexisten en los mismos espacios apreciados por unos y otros.

El Estado Islámico de Iraq y Siria (también identificado como Estado Islámico de Iraq y Levante) comenzó a inicios del mes de junio su ofensiva militar para controlar las ciudades menos protegidas de Iraq y Siria en los límites de los ríos Éufrates y Tigris. Este grupo armado se ha consolidado durante  años en la zona norte Iraq con el fin de organizar una ofensiva militar cuyo objetivo último es fundar un califato en esta región del Medio Oriente. Lo que provocó el aumento de sus capacidades de movilización fue la exclusión de grupos Kurdos y Sunitas del gobierno nacional de Iraq dirigido por Nouri Al-Maliki. Además, la situación de guerra civil en Siria permitió a este grupo controlar parte de las fronteras entre ambos países.

La situación entre Palestina e Israel es más conocida. Los recientes bombardeos entre Hamas y el Ejército Israelí son parte de la disputa de ambos países por el control de Gaza y diversos territorios ocupados. A pesar que el gobierno conservador de Benjamin Netanyahu ha argumentado que su posición se debe, sobre todo, a la reincorporación de Hamas al gobierno nacional de Palestina—Hamas es considerado por ellos como grupo terrorista— en realidad se trata de un episodio más de la disputa por los llamados territorios ocupados en los cuales Israel ha construido asentamientos urbanos. El gobierno nacional de Israel es una coalición de partidos nacionalistas, ortodoxos y grupos políticos que representan a las poblaciones que han ocupado los asentamientos urbanos en territorios ocupados.

Por otra parte, las elecciones de hace un mes en Afganistán han puesto a prueba el experimento democrático en ese país. Del lado oficialista se postuló Ashraf Ghani, ex economista del Banco Mundial y experto académico en reconstrucción de Estados. En la oposición liberal se postuló el ex canciller de la época pre-talibán Abdullah Abdullah. Después de una votación cerrada—en la cual Ghani resultó ganador—, el opositor Abdullah declaró que la elección había sido fraudulenta. Las pruebas de un posible fraude se basan en declaraciones de autoridades electorales en favor de Ghani. La posición política de Ghani favorece la vía de negociación con las tribus de talibanes del norte del país—estrategia del presidente Karzai—, mientras que Abdullah forma parte de una coalición de partidos que busca combatir a los talibanes.

La situación en las tres regiones tiene como antecedente sus historias coloniales que se tradujeron en la delimitación de los territorios que hoy conocemos. Los británicos—y los franceses—se distribuyeron los territorios de Medio Oriente y parte de Asia Central como parte de sus expansiones imperiales durante el siglo XIX. Iraq y Siria pasaron de ser parte del Imperio Otomano al control de Reino Unido y Francia respectivamente, hasta que se independizaron después de la Segunda Guerra Mundial. En Afganistán, después de su independencia de Reino Unido a inicios del siglo XX, hubo una fuerte disputa entre el comunismo y los grupos islámicos por el control del país. Es sabida la historia del control de Palestina como protectorado británico en el siglo XIX hasta la creación del Estado de Israel, poco después de la Segunda Guerra Mundial. En todos los casos los gobiernos coloniales distribuyeron de manera inequitativa el territorio y control político a los diversos grupos sociales y religiosos que se encontraban en la región. Las intervenciones militares de Estados Unidos sólo destruyeron el desequilibrio político en Afganistán e Iraq, equilibrio que habían ganado por algunos años los Talibanes y los chiítas respectivamente. Las intervenciones profundizaron y acentuaron los conflictos entre sunitas, chiítas, kurdos, israelíes y palestinos durante décadas. En casi todos los casos un grupo controla el territorio y domina por sobre los demás.

Los experimentos políticos recientes—el gobierno de unidad en Iraq, Afganistán y Palestina—han fracasado porque el fundamento que podría mantener coaliciones sólidas es la distribución del territorio entre los grupos políticos. El desequilibro en la distribución territorial ha provocado  disputas en estas regiones entre grupos que han tomado la forma de guerras cruentas y repetidas. Cada ocasión en que los acuerdos de pacificación intentan establecer distribuciones que podrían permitir la coexistencia—los diálogos de paz entre Israel y Palestina, los gobiernos de unidad en Iraq, los diálogos entre milicias en Siria, las negociaciones con los Talibanes en Afganistán— han sido los nacionalistas o religiosos más extremos quienes, con suficientes bases electorales y sociales, han podido sabotear los procesos y demandar su supremacía en los territorios que controlan—el norte de Afganistán, el norte de Iraq, los asentamientos humanos en Israel, las ciudades en disputa en Siria. Es por ello que las expectativas de pacificación en cualquiera de estos espacios han sido poco alentadoras en el paso de los años. El problema que presenciamos es el ascenso del conflicto en estas sociedades con efectos impredecibles en el mediano plazo.

En Israel, la alternativa para el diálogo de paz, impulsado por Estados Unidos, podrá darse cuando la coalición actual de gobierno cambie. Netanyahu y su partido Likud han sido promotores , junto con el partido Yisrael Beintenu, de los asentamientos humanos en zonas conflictivas. Es necesaria una coalición de partidos que promuevan el diálogo para iniciar negociaciones. No han habido diálogos francos desde los intentos del ex primer ministro Ariel Sharon con su partido Kadima. Igualmente, el nuevo gobierno de unidad nacional de Palestina necesita ser una parte confiable para el diálogo con Israel. En algún momento la agenda tendrá que pasar por los asentamientos humanos y el regreso a las fronteras establecidas en 1947 para la creación de un Estado Palestino.

En Afganistán los resultados del recuento que hará las Naciones Unidas deberán ser respaldados por los candidatos. Pero el problema de fondo continuará, ¿qué nuevo arreglo político incluirá a las tribus y a los talibanes? ¿Un esquema federal o de autonomías? ¿Representación política? Lo seguro es que estos acuerdos deben darse lo más pronto posible, antes del retiro definitivo de Estados Unidos y sus tropas del territorio afgano. Después del retiro deberá ser el ejército nacional afgano el que lleve el control de todo el territorio nacional y proteja al gobierno central. Ghani o Abdullah tendrán una agenda muy complicada para los próximos años.

Finalmente, en Iraq cada minuto cuenta. Mosul, Faluya y Raqqa han sido las ciudades más importantes tomadas por ISIS. No sólo es necesaria la acción militar (los Estados Unidos han declarado que no pueden confiar en más de la mitad de los militares en Iraq), también la política y la internacional. Mientras no se divida políticamente a las fuerzas de ISIS, esta organización podrá expandirse a costa de la debilidad iraquí y la guerra en Siria. ISIS ha declarado que busca expandirse desde Jordania a Chipre, lo cual representa ya una amenaza a la seguridad internacional. Tal vez sea el escenario que pueda llevar a Siria (Al-Assad)—con Rusia— y a Estados Unidos—con los rebeldes—a una negociación.

La alternativa de paz en estas regiones del mundo consiste en que los moderados de los diferentes grupos puedan abrir un diálogo franco a favor de la distribución del poder, el territorio y la posibilidad de la coexistencia. La consolidación de la política como vía pacífica requiere que todos los grupos pierdan la supremacía sobre los territorios que consideran valiosos, ello significa no sólo un diálogo del territorio como espacio material de las sociedades, es también la necesidad de la comprensión interreligiosa. Las historias religiosas compartidas y vinculadas a estas regiones deben ser el principio del diálogo. Esto no parece que sucederá pronto mientras los extremistas de todos los bandos sean quienes dominen y crezcan ante la pasividad de los moderados.

*Estudiante de la Maestría en Ciencia Política de El Colegio de México.