Reseña del libro: Murayama, Ciro (2014) “La economía del futbol” México: Ediciones Cal y Arena, pp. 167

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Para muchos, el futbol es un simple pasatiempo que no merece más atención que la que tiene hablar sobre el tema en una comida entre amigos mientras se observa un partido por la televisión. Sin embargo, como hemos podido ser testigos durante este Mundial, el futbol es una actividad que atrae la atención de una inmensidad de personas y en la que participan, en sus diferentes componentes otras tantas. Visto así, el fútbol deja de ser una actividad relativamente simple en donde 22 personas corren detrás de un balón y se convierte en una actividad mucho más compleja y susceptible de ser analizada desde diferentes aristas[1].  Justo esa es la premisa del libro de Murayama: analizar los diferentes componentes del futbol haciendo uso del instrumental de la economía.

Vale la pena hacer una aclaración pertinente: el libro de Murayama no pretende ser un tratado sobre la “industria” del futbol sino que su intención es ser una introducción al análisis económico de dicha industria, con el fin de que eventualmente se desarrollen estudios a mayor profundidad sobre cada uno de los temas que plantea Murayama.

¿Por qué es posible un análisis económico del futbol? Murayama responde a esta pregunta en el primer capítulo planteando que el futbol, en tanto espectáculo, se trata de una actividad en donde alguien (los equipos de futbol) provee de entretenimiento a otra serie de personas (los aficionados). Dicho de otra forma: los equipos de futbol son los oferentes mientras que los aficionados somos los demandantes. Para poder ofertar el espectáculo, los equipos de fútbol requieren un insumo: los jugadores. En el más simple de los casos, la transacción que se realiza entre consumidores y productores tiene lugar en el estadio, en donde el demandante paga su boleto (el precio)  y entra a consumir el servicio (ver el partido de fútbol).

Este esquema básico se complejiza conforme se van agregando elementos como los medios de comunicación (que actúan como intermediarios), el Estado como regulador (tanto de la calidad del servicio como de los mercados de factores i.e. el mercado de jugadores), las marcas deportivas (como una industria derivada) y al sector financiero (que provee de fondos y en algunos casos incluso renta los factores de producción a los equipos). La complejidad de esa relación se muestra de lleno en un esquema de flujo circular (p. 27) que bien podría servir para explicar las relaciones entre agentes en una economía de mercado en los cursos de introducción a la economía.

En lo que resta de ese capítulo, Murayama va pasando revista a los distintos temas que surgen de las relaciones entre los equipos con otros agentes en los distintos mercados en que participan. El autor resalta tres relaciones en particular: la de los equipos con los medios de comunicación, en tanto que a través de ellos es que los equipos obtienen muchas veces la mayor parte de sus ingresos, la de los equipos con sus jugadores y la de los equipos con las leyes. Esas relaciones son en torno a las cuales giran los siguientes tres capítulos del libro.

Respecto a la relación entre los medios de comunicación y equipos, vale la pena señalar que los primeros actúan como intermediarios entre los equipos y el público. Los medios de comunicación permiten a los equipos atender a una mayor demanda de la que podrían tener acceso si sólo pudieran atender a la demanda que cabe en los estadios. Así, los medios les pagan a los equipos por transmitir sus partidos a un mayor mercado, mientras que los medios obtienen ingresos de la venta de publicidad dentro de dichas transmisiones. A partir de este planteamiento, el autor va desgranando los resultados lógicos de este tipo de relación, apoyándose en evidencia estadística y anecdótica. La primera de ellas es que los ingresos por derechos de transmisión han ido desplazando a los ingresos de taquilla como principal fuente de ingresos de los equipos (lo cual es natural dado el mayor número de demandantes que pueden atenderse vía los medios).

Eso lleva al segundo resultado que es que los equipos que son capaces de ofrecer un mejor servicio son los que le pueden vender los derechos de transmisión a los medios a un precio más alto. Esto, como bien señala Murayama, vuelve fundamental la forma en que se hace esa negociación. Si cada equipo tiene que negociar con los medios (como en España o México) los equipos más fuertes podrán hacerse con una mayor cantidad de recursos lo que a su vez les permite fortalecerse aún más, mientras que los más débiles o los recién ascendidos sólo podrán vender sus derechos de transmisión a precios más bajos, obteniendo en resultado menores ingresos y condenándose a permanecer débiles.  Si en cambio la liga negocia los derechos de transmisión como un todo (el caso Alemán) esas asimetrías se ven reducidas y redundan en un mejor espectáculo. Este es un excelente ejemplo de como un factor totalmente ajeno de las canchas termina por influir de forma importante el resultado que ocurre en ellas.

El siguiente capítulo, dedicado a las relaciones entre los jugadores/entrenadores y los equipos de fútbol (en lengua económica: la relación que ocurre en el mercado de factores), es el más extenso del libro y el mejor desarrollado del mismo. Dos temas resaltan por su importancia, por un lado el comportamiento de los precios de los futbolistas en los últimos años y por otro, el tema de los derechos laborales de los jugadores.

Para Murayama, el alto salario y precio de jugadores como Cristiano Ronaldo o Leonel Messi tiene que ver con el hecho de que poseen habilidades que no se encuentran en la mayoría de los jugadores, lo que hace que los equipos estén dispuestos a ofrecerles un mayor salario con tal de que jueguen en su equipo. En el afán con hacerse de este tipo de jugadores, los equipos han ido incrementando el monto que están dispuestos a pagar, llegando al punto en que muchos equipos se encuentran en la insolvencia financiera debido al grado de endeudamiento que han adquirido para poder financiar sus fichajes. Este comportamiento, como bien señala Murayama, ha llevado a que los precios de los jugadores comiencen a inflarse (dando lugar a una burbuja) y a la par, ponen en riesgo financiero a los equipos medianos y pequeños, pues tienen que endeudarse cada vez más para comprar a un buen jugador, ya no se diga a una estrella, que les pueda llevar a mejores resultados deportivos y por esa vía a mayores ingresos.

En cuanto al tema de los derechos laborales de los jugadores, como bien señala el autor, lo más común es que exista una asociación de jugadores (o sindicato) que les represente frente a los dueños de los equipos y les garantice el respeto de sus derechos. En México, en el plano legal, los jugadores tienen reconocido su derecho a organizarse, a elegir libremente el equipo en donde jugarán y por tanto a ser consultados al ser transferidos de un equipo a otro y a negociar de forma libre con cualquier equipo al momento de finalizar su contrato. Sin embargo, en la realidad, ninguno de estos derechos puede ser ejercido por los jugadores[2]. Como bien señala Murayama, históricamente los jugadores se han visto impedidos para organizarse y quienes lo han intentado se han visto relegados y aislados por sus equipos. De igual forma, muchas veces los jugadores no tienen ni voz ni voto al momento de ser traspasados de un equipo a otro e incluso cuando intentan contratarse con un equipo sin ya tener un contrato vigente, el equipo que desea contratarles debe de pagar una suma al último equipo mexicano en donde jugaron (el conocido “Pacto de caballeros”).

Todo esto implica que los equipos mexicanos han violado sistemáticamente las leyes laborales del país, sin ser penalizados de forma alguna por el gobierno. Y no sólo eso, hasta el torneo de liga Clausura 2014 por reglamento los clubes podían discriminar a los jugadores naturalizados, al exigirles 10 temporadas de juego en México antes de ser considerados jugadores mexicanos.  Ello, a pesar de que el estatus de naturalizado implica que para todo efecto son ciudadanos mexicanos. Si bien esta disposición se anula a partir del torneo que está por comenzar, es una muestra más de cómo los clubes mexicanos pueden ignorar las disposiciones legales sin ninguna repercusión negativa.

Este poco respeto de los equipos al marco legal de un país es el centro del último capítulo del libro[3]. Murayama se enfoca en tres cosas: la compra de partidos, la corrupción al interior de la FIFA y los recientes escándalos por evasión fiscal en España. Hay otro factor que no aborda Murayama que es el de la compra de árbitros o selección de árbitros “favorables”. Si bien puede sonar al reclamo de cualquier aficionado ante un resultado injusto, si han existido casos en que ha ocurrido. El más reciente y uno de los más famosos es el Calciopoli, que implicó a la Juventus, Lazio, Fiorentina y AC Milán en una red de presiones para que sus partidos fuesen arbitrados de forma favorable. El resultado de la investigación fue el descenso de la Juventus y el retiro ha dicho club del campeonato 2005-2006. Lejos de ser un espacio impoluto, el último capítulo de Murayama (y en buena medida el referido a la situación de los jugadores) nos habla de la necesidad de incrementar la capacidad de supervisión del gobierno y transparencia en el actuar de los clubes y de las federaciones si se quiere preservar al futbol profesional como espectáculo.

El balompié mexicano aparece de forma repetida a lo largo del libro, señalándose tres aspectos fundamentales que requieren de atención inmediata para mejorar su calidad. El tema de los derechos laborales de los jugadores, ya mencionado anteriormente, requeriría para su solución la decisión por parte de la autoridad de hacer valer la Ley Federal del Trabajo.  El muro ante el que se topó el autor al requerir al IMSS vía IFAI el número de jugadores inscritos en el Seguro Social habla de la poca voluntad que existe para ello. Por otro lado, y como muestra el autor en la página 35 del libro[4], existe un severo problema de asistencia a los estadios por parte de los aficionados. La principal hipótesis que explica este fenómeno es que los precios son muy altos para el nivel de espectáculo que ofrece la liga mexicana. Esto hace que los equipos dependan más de los ingresos que obtienen por la venta de sus derechos de transmisión. Y ese es el tercer problema: dada la alta concentración en televisión abierta, las televisoras pueden imponerle a los clubes los términos en que serán transmitidos sus partidos y el monto que por ellos recibirán. Si se considera además que las televisoras son dueñas de varios equipos, se tiene el peor escenario posible para los equipos que no son propiedad de las televisoras.

El libro de Murayama es una buena introducción al análisis del futbol desde una perspectiva económica, campo en el que la literatura en español es escaza por no decir que inexistente. Lo ideal es que sirva como detonador para una mayor cantidad de estudios, pues un mejor conocimiento del campo ayudará a su vez a mejorar la calidad de dicho deporte en México.



[1] Una propuesta semejante, pero desde el ámbito de la sociología es el libro de Franco Bavoni Los juegos del hombre. Identidad y poder en la cancha publicado este año por la editorial Cal y Arena.

[2] La desprotección de los jugadores no sólo ocurre por la violación de sus derechos laborales, va más allá e incluye el poco cuidado que tienen los equipos en el bienestar de sus jugadores. Para más sobre el tema es recomendable  leer este excelente artículo de Esteban Illades

[3] Vale la pena señalar que Murayama se concentra en este capítulo solamente en la ilegalidad económica. La relación entre la ilegalidad y el fútbol trasciende al ámbito meramente económico y se ha llegado a relacionar con el crimen organizado (el caso de algunos equipos italianos de divisiones inferiores) o con grupos paramilitares (el caso de Serbia). Ver Bavoni, Franco (2014) Los juegos del hombre. Identidad y poder en la cancha. México: Ediciones Cal y Arena.

[4] En una entrevista reciente, el autor da también estos datos. Ver aquí