En este fascinante recuento Rainer Matos Franco nos introduce a la historia de una pequeña isla que contiene en sus dramas políticos las lecciones más dolorosas sobre el colonialismo, la violencia política, el intervencionismo, y sobre todo la voluntad de un pueblo por la autodeterminación. 

En 1859 los Imperios portugués y holandés decidieron, como buenos poderes europeos, dividirse a la mitad una diminuta isla en el océano Índico oriental. De los 30 000 km2 que aquélla comprendía, a cada parte correspondieron 15 000 km2. La isla, Timor, aunque habitada desde hace más de 40 mil años, fue “descubierta” por navegantes portugueses alrededor de 1509. Lo que empezó como una misión dominica terminó siendo una colonia establecida para el siglo XVIII cuando se fundó el puerto de Dili como capital. La administración portuguesa dependía de la buena relación con los caciques locales pues, a pesar de que la isla es minúscula, los territorios montañosos centrales aún son de difícil acceso para quien no los conoce. Por su parte, los holandeses se habían establecido en la mitad occidental en 1640. Ambas administraciones fueron feroces en más de una ocasión hacia los nativos en los dos puntos cardinales de la isla, esclavizándolos para obtener recursos naturales a muy bajo costo. En 1910, el año final de la monarquía portuguesa, Timor oriental vio surgir una rebelión aplastada por la sucesora de aquélla, la Primera República, que continuó el feroz colonialismo portugués. La rebelión no fue sofocada sino hasta 1912, cuando Lisboa ordenó trasladar tropas a Timor desde otra colonia, Mozambique, para aniquilar violentamente a los rebeldes. Miles de timorenses murieron a manos portuguesas.

Durante el resto del siglo XX, la diminuta Timor fue foco de tensión para el juego geopolítico en el sureste asiático, donde la única víctima de la beligerancia entre decenas de potencias sería el verdaderamente indefenso pueblo timorense. No sólo Portugal y los Países Bajos, sino también Australia, Japón, Indonesia, Estados Unidos y Gran Bretaña ocuparon Timor en el siglo pasado de alguna u otra forma. La Segunda Guerra Mundial fue un ejemplo claro. Aunque Portugal era neutral, luego de Pearl Harbor la isla era terreno estratégico para el escenario bélico en el Pacífico. Violando en primer lugar la soberanía portuguesa y en segundo la paz de los timorenses, Holanda y Australia invadieron Timor oriental en diciembre de 1941 como ataque preventivo contra Japón, arrastrando así a la mitad portuguesa de la isla a una guerra ajena. Por mucho que António Salazar, primer ministro de Portugal,  protestara, las autoridades coloniales se vieron obligadas a cooperar con los aliados. Lo inevitable sucedió: Japón invadió Timor y, un año después, ya había 12 mil tropas japonesas bombardeando poblados enteros. Entre 1942 y 1945, las escaramuzas entre Japón y los aliados dejaron entre 50 mil y 70 mil timorenses sin vida.

Terminada la guerra, Timor oriental fue devuelto a Portugal, mientras la mitad occidental se convertía en parte de la Indonesia recién independizada de Ámsterdam. Pronto el liderazgo nacionalista de Sukarno, cercano a Moscú, fue reemplazado violentamente en 1966 por el de Suharto, profundamente anticomunista y cercano a Washington. Cuando el Estado Novo portugués fue desplazado por la Revolución de los Claveles en 1974, el nuevo gobierno anunció la eventual independencia de sus colonias, incluida Timor Oriental. Una administración transitoria preparó el terreno para la independencia y, entre abril y mayo de 1974, se crearon tres partidos políticos de tendencias bastante predecibles para lo que se avecinaba como un Estado debilísimo en medio de gigantes como Indonesia y Australia: un partido pro-portugués (União Democrática Timorense, UDT), uno pro-indonesio (Associação Popular Democrática Timorense, APODETI) y uno pro-independencia, de tendencias socialistas (Associação Social-Democrata Timorense, ASDT).

Al obtener la promesa de su independencia, Timor Oriental pasó a ser presa de una nueva guerra: la Fría. En sus primeras elecciones (1975), aún bajo dominio portugués, los socialdemócratas, aliados con la UDT, arrasaron en la votación, mientras que APODETI apenas consiguió un delegado a la Asamblea constitucional, un claro revés para Suharto. Terrible debió ser su sorpresa cuando, además, la ASDT cambió su nombre a Frente Revolucionária de Timor-Leste Independente (FRETILIN), como era tradición entre los movimientos de descolonización en otras colonias portuguesas como Angola y Mozambique. Aunque el partido estaba dividido en cuanto al modelo a seguir —si la socialdemocracia sueca de Olof Palme, posición defendida por intelectuales como José Ramos-Horta, o el maoísmo radical—, a los ojos de Suharto y de Gerald Ford el ganador de la elección en Timor Oriental era un partido “comunista”, y había que impedir por todos los medios su consolidación en un país independiente. Nadie permitiría una “Cuba en Asia”, mucho menos tras las constantes derrotas y la retirada estadunidense de Vietnam. La propaganda indonesia difundió noticias falsas entre los timorenses sobre soldados chinos y vietnamitas que “entrenaban” a las milicias del FRETILIN.

La polarización, basada en la cizaña introducida por Yakarta, llevó a la violencia. El 11 de agosto de 1975, la UDT propinó un golpe de Estado a las autoridades portuguesas por miedo a que los “comunistas” del FRETILIN se adelantaran a hacer la “Revolución”. De ese modo terminó casi medio milenio de presencia portuguesa en el país, y el último gobernador literalmente tuvo que huir hacia la isla que se extiende frente a las costas de Dili. Ya sin vínculos con Lisboa, el FRETILIN buscó reivindicar su triunfo electoral por medio de las armas. En tres semanas, gracias a su organización y penetración social —que incluía un pleno conocimiento de las áreas montañosas centrales—, había logrado el control de Timor Oriental (a costa de casi 3 000 muertos), y los líderes de la UDT tuvieron que cruzar la frontera hacia Indonesia. El FRETILIN proclamó la independencia de la nación el 28 de noviembre de 1975, que no fue reconocida por Indonesia, Portugal ni Australia. Se creó una República con un Presidente y un Primer Ministro.

Cuando por fin parecía que los timorenses iban a decidir su propio destino, nueve días después de la proclamación de la República, Indonesia invadió Timor Oriental el 7 de diciembre de 1975. Las tropas indonesias permanecerían allí hasta 1999. Según Amnistía Internacional, entre 1975 y 1999 la tercera parte de la población de Timor Oriental fue aniquilada por el Ejército indonesio. Quienes no alcanzaron a morir por la violencia murieron de inanición. El número de muertos en esos veinticuatro años asciende, según las estimaciones de una comisión ad hoc establecida en 2001, a más o menos 200 000 individuos.

Por supuesto que las autoridades en Yakarta no son las únicas culpables de este crimen: Henry Kissinger y el presidente Ford se habían reunido con Suharto el día anterior a la invasión para expresar su apoyo al dictador. Las conversaciones desclasificadas del 8 de octubre de 1975 entre Kissinger y Philip Habib, representante de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad, son bastante reveladoras —y repugnantes, si se me permite— en este sentido. Washington otorgó $250 millones de dólares entre 1975 y 1979 en asistencia militar a Indonesia, y la administración Carter aceleró posteriormente el flujo de armas. Gran Bretaña fue otro aliado importante de Suharto para perpetrar su genocidio, pues proveyó al Ejército indonesio decenas de aviones militares Hawk BAE utilizados durante las campañas de aniquilación desde el aire. Canadá también fue un socio fundamental en la venta de armamento y equipo militar. Además, las enormes reservas de hidrocarburos en el Mar de Timor descubiertas en 1974 dieron a Yakarta un incentivo adicional para llevar a cabo la invasión. En este caso correspondió a Australia la complicidad, pues reconoció a Timor Oriental como parte de Indonesia en 1978 a cambio de que ésta cerrara la brecha marítima entre la mitad oriental de Timor y la plataforma continental australiana. De ese modo, Canberra pudo depredar reservas subacuáticas de hidrocarburos que excedían sus prerrogativas.

Hubo un personaje que a los 29 años atestiguó el desembarco de las tropas indonesias en Dili desde las colinas. Hijo de maestros rurales —todo era, y es, “rural” en Timor Oriental—, José Alexandre Gusmão abandonó la secundaria jesuita por falta de recursos, continuó su educación en la escuela pública diurna y probó suerte en trabajos mal pagados (uno puede imaginarse lo que es un trabajo mal pagado en Timor). A los 20 años logró obtener un puesto en la administración colonial, pero luego fue reclutado en el Ejército portugués por tres años. Se unió al grupo político que luego se convertiría en el FRETILIN cuando apenas era un club anticolonial presidido por José Ramos-Horta, y fue apresado por la UDT en agosto de 1975. Cuando el FRETILIN declaró la independencia del país,  Gusmão, “Secretario de prensa” del partido, fue encargado de filmar la ceremonia. Luego de la invasión, José Alexandre, conocido ya por su sobrenombre Xanana —en alusión al grupo musical Sha Na Na—, comenzó a organizar una resistencia popular. Literalmente fue puerta por puerta —si es que había puerta en las chozas timorenses—, pueblo por pueblo, sumando personas a la causa. Su experiencia en el ejército colonial y el conocimiento de la geografía local le permitieron encabezar una resistencia relativamente exitosa en las montañas. Para la década de 1980 ya había roto con el FRETILIN, aunque quedó como Comandante en Jefe del FALINTIL, su brazo armado. Notable labor hizo desde el exilio Ramos-Horta, ganando adeptos a la causa de Timor como Gusmão, pero en el ámbito internacional. Ramos-Horta logró que la atención de diversas organizaciones internacionales virara hacia la isla; su libro FUNU: The unfinished saga of East Timor (1987), es un excelente recuento de viva voz sobre la problemática de la soberanía timorense.

Aunque la Guerra Fría terminó en 1991, Suharto permaneció en el poder gracias al envidiable desempeño económico indonesio. El presidente del país musulmán más grande del mundo seguía siendo tan cruel como al principio. En ese año las tropas invasoras perpetraron una masacre de manifestantes independentistas en Dili, matando a 250 timorenses. En noviembre de 1992, Xanana Gusmão finalmente fue encontrado y arrestado; al año siguiente se le condenó a cadena perpetua. Sin embargo, se había convertido en una figura pública tan prominente que Indonesia permitió que fuera visitado por delegados de la ONU, la prensa internacional y personajes como Nelson Mandela, quien negoció con Suharto reducir la sentencia de Gusmão a 20 años. José Ramos-Horta y el sacerdote Carlos Ximenes Belo obtuvieron el Nobel de la Paz en 1996, cuando el premio aún se otorgaba a causas que valieran la pena. Tras la crisis financiera asiática de 1997, las cosas comenzaron a ir mal para Suharto y terminó por renunciar en mayo de 1998 en medio de protestas multitudinarias, 32 años después de su golpe de Estado. Su sucesor, Bacharuddin Habibie, ante una fuerte presión internacional, permitió la realización de un plebiscito en Timor Oriental en el que 78.5% de los votantes optó por la independencia del país.

Pero allí comenzaron nuevos problemas, como cada vez que la nación buscaba reafirmar su independencia. En represalia por el resultado del referéndum, soldados indonesios y milicias timorenses pro-indonesias desataron una nueva ola de violencia en 1999 cuyo destino fue, abiertamente, la población civil. 1 400 personas murieron y cientos de miles de individuos (literalmente) tuvieron que refugiarse en Timor occidental, en campos de condiciones deplorables donde, por supuesto, no eran bien recibidos. Indonesia deliberadamente destruyó el 70% de la infraestructura económica del país. La violencia no cesó hasta que la ONU desplegó una fuerza internacional en septiembre de 1999 y tomó las riendas de la pequeña nación hasta 2002, bajo una administración presidida por Sérgio Vieira de Mello —asesinado más tarde en Irak en 2003 por “extraer” a Timor Oriental de un país islámico como Indonesia. Finalmente, el país celebró elecciones parlamentarias en 2001 donde el FRETILIN arrasó, y al año siguiente Xanana Gusmão fue elegido Presidente. El 20 de mayo de 2002 Timor Oriental obtuvo, por fin, su independencia.

Amén de la inestabilidad en los primeros años, que en 2006 llevó a una crisis política y a la aparición de rebeliones paramilitares entre veteranos que no lograron puestos clave en el Ejército, Timor Oriental ha logrado, de la mano de Gusmão, ir solidificando su soberanía. En 2007, Xanana renunció a la Presidencia y se convirtió en Primer Ministro tras el triunfo de su coalición de centro-izquierda. A pesar de que el gobierno logró quedarse con el control de los depósitos petroleros subacuáticos que antes pertenecían a Indonesia, y que lo llevaron a una disputa diplomática con Australia, la economía timorense es una de las más pobres del planeta. El 52.9% de la población más pobre de Asia sobrevive con menos de $1.25 dólares al día, y poco menos de la mitad de sus habitantes son analfabetas. El milagro económico de Suharto en Timor Oriental, deliberadamente, jamás tuvo lugar.

Xanana Gusmão renunció el mes pasado, el 15 de febrero de 2015, como Primer Ministro de Timor Oriental. La razón que antepuso fue dejar a una nueva generación encargada de las riendas del país. Ramos-Horta también dejó la política al terminar su periodo como Presidente en 2012. Si bien Gusmão queda como Ministro de Planeación e Inversión Estratégica en el nuevo gabinete —cosa que en Timor Oriental es poco más que simbólica—, el gesto es importante: la generación que atestiguó la ilegal e inhumana invasión indonesia hace 40 años llega a su fin.

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Por supuesto, hubo un país que entre 1975 y 1999 condenó enérgica y constantemente en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas la invasión de Indonesia a Timor Oriental: México. Fue don Luis Weckmann Muñoz, el gran medievalista mexicano, quien desde su asiento en la ONU llamó a la comunidad internacional a reconocer, desde 1975, que el derecho a la autodeterminación de la pequeña nación asiática era violado de manera flagrante en contra del Derecho Internacional. Weckmann propuso en 1975, de hecho, lo que no ocurrió sino hasta 1999: que la ONU organizara un plebiscito en Timor Oriental. La delegación mexicana votó consistentemente en esos 24 años en contra de toda resolución que favoreciera a Indonesia. Eran las épocas en las que la política exterior de México aún tenía algo que decir al mundo.

Rainer Matos Franco.

16 de marzo de 2015.