Sergio González¹

Tan pronto se anunció, a finales del año pasado, que Patrick Modiano era el ganador del Premio Nobel de Literatura, fui a la librería francesa que acostumbro a buscar algo de él. Recuerdo claramente las palabras de la vendedora cuando le pregunté si tenía alguno de sus libros: «Sí, ya sabemos que ganó el Nobel, pero no tenemos nada de él. Es de esos autores que ya nadie leía». No estoy seguro de que ya nadie lo leyera, aunque suena lógico que no fuera el más solicitado en México. Tres semanas después, en la misma librería, conseguí sus textos: La Place de l’Étoile, Rue des boutiques obscures, Une jeunesse, Un cirque passe y Dans le café de la jeunesse perdue²; todos editados por Folio. Luego de leerlo con obstinado ahínco, me gustaría calificarlo como el nostálgico pregonero del París de la posguerra.

No pretendo clavarme en los méritos literarios que lo llevaron a ganar el Nobel. Eso lo dejo para los críticos y literatos. Ya el jurado del Premio Nobel lo definió como «un Proust de nuestro tiempo».

Sus intricadas narraciones están llenas de personajes de origen francés, con apellidos de alcurnia, o de extranjeros y judíos, que tienen nombres impronunciables. Modiano repite estos nombres y los de calles, avenidas, barrios, cafés, salones, estaciones de metro y muelles de París para marcar el ritmo de sus relatos. El ritmo y la musicalidad de sus novelas provienen del ir y venir de sus personajes en el París que ha dejado la guerra, entre las luces de Montmartre y la sobriedad de la margen derecha del Sena.

Describe nítidamente —en ocasiones, cuadra por cuadra— la vida y los negocios de ese París en reconstrucción. Indica claramente cuando alguno de sus personajes ha dejado el distrito XVI y se ha internado al XV por el Boulevard de Grenelle. De igual manera, la narración de los detalles que ocurren al interior de los cafés, restaurantes, estaciones de tren, oficinas de la policía y otros lugares públicos es tan íntima que remite al costumbrismo del siglo XIX y nos presenta una sociedad francesa que intenta curar sus heridas: desde el elevador o la calefacción que no sirve, hasta las joyas empeñadas y las mansiones en ruinas con un sólo sillón de terciopelo rojo, pasando por los nuevos ricos colaboracionistas de medio pelo.

Sus textos son, en cierta medida, autobiográficos. Entre judíos colaboracionistas exiliados —¡valga la paradoja!— o bailarinas de la noche también inmigradas, uno podría ver al joven Modiano, melancólico y callado, que ha abandonado la escuela y que se sabe desamparado. No obstante, la importancia radica una vez más en lo terso de sus narraciones sobre los antiguos colaboradores de la Francia de Vichy, venidos a menos en las décadas subsecuentes, pero aún dedicados a los giros negros. Son recurrentes las escenas de legalidad brumosa —tráfico de personas, de blancas y de armas— que llevan a inmuebles abandonados pero habitados por nuevos aristócratas que no perdieron el tiempo durante la guerra que aprovecharon para enriquecerse (y ahora andan a salto de mata). Modiano las llama las zonas grises.

Las novelas del autor francés podrían parecer reproches a sus padres. Sin embargo, me gusta más pensar que el autor trata de rehacerse sin remordimientos genealógicos. Por eso, su obsesión también con la juventud. Casi todos sus personajes principales son jóvenes, aunque también hay adultos inmiscuidos: de dudosas profesiones y pasados inciertos —pero qué más da—. Modiano sólo quería marcar la línea entre los parisinos jóvenes, libres y soñadores, y los parisinos viejos, de entreguerras y maculados. Estos baby-boomers representan la primera generación que no iría a la guerra. Jóvenes cuyos padres sí habían vivido la guerra —ya sea del lado de los fascistas o del de la resistencia, poco importa—; jóvenes a los que sus padres les habían heredado un mundo mejor y lleno de esperanza. Irremediablemente, esta efervescencia juvenil también nos transporta a esos primeros amores tan pasionales que nos hacen olvidar todo y por los que terminamos con el juez civil o, al menos, esposados en una patrulla.

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Modiano y la cantante Françoise Hardy divirtiéndose en el Bois de Boulogne, 1969.

Modiano juega con lo mental. Lo psicológico es parte central de sus relatos. Los protagonistas no sólo se hablan a sí mismos, sino que incesantemente buscan algo o a alguien que, por lo general, nunca alcanzan o jamás encuentran. Algunos buscan, sin éxito, escapar. México aparece de manera fugaz pero repetida en sus novelas. Es su símil para lo lejano, lo exótico, la huida. Las bailarinas de tugurios bailan al compás de las trompetas de la música mexicana. Estos personajes se engentan en seguida, se marean con las luces, se enredan con delincuentes, se escapan de exmaridos, se pierden en las fiestas de intelectuales y en sus propias cavilaciones; o, ya de plano, están abiertamente locos como Raphaël Schlemilovitch, quien llegó por su propio pie y con todos los fantasmas de su pasado a una oficina de policía de Austria para entregarse por ser un judío francés, colaboracionista, traidor y exiliado. «Señor —le respondió el encargado de la policía—, es usted muy gracioso, pero es mi deber informarle que ya vivimos en un mundo más libre.» Era ya la década de los cincuenta.

Esta es la Europa de la posguerra. La Segunda Guerra Mundial provocó mayores pérdidas de vidas civiles que militares. La destrucción de casas-habitación también fue considerable junto con caminos, puentes, vías férreas y demás infraestructura, aunque la planta productiva europea se vio afectada en menor escala. Esta es una Europa físicamente destruida y desgarrada socialmente entre los restos de la resistencia y los colaboracionistas en fuga (basta ver Europa Zentropa, de Lars von Trier); es una época de racionamiento y escasez (hay que recordar las filas para recibir alimentos que se hacían en Londres y Manchester o ver la película El ladrón de bicicletas, de Vittorio De Sica). El invierno de 1947, además, fue particularmente crudo. En los cincuenta, ya con el Plan Marshall en acción y la recuperación productiva, comienza el resurgimiento de Europa. El consenso giraba en torno a la planificación estatal para la reconstrucción. El flamante estado de bienestar ha sido la base del consenso europeo de la posguerra, como dice Tony Judt.

Para mí, esto es Modiano. Y es imperdible.

 

 

¹ Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México. Especialista en la Europa mediterránea contemporánea, de la posguerra a nuestros días. Su tesis La política y la crisis económica en Europa del sur: Grecia y Portugal ganó el premio Adrián Lajous 2014.

² Todos editados en español por Editorial Anagrama, excepto Un circo pasa (Cabaret Voltaire, 2014) y Una juventud (Alfaguara, 1983). N. del E.