En dos columnas en El Financiero (¿Hay una guerra civil en México? Y Detengan el triunfalismo) Salvador Camarena ha planteado para un público más amplio la discusión sobre la pertinencia de entender la violencia que se ha vivido en los últimos años en los términos de la literatura de guerras civiles, e incluso pensar si lo que se vive es una guerra civil. Aquí hago una revisión de los trabajos que se han escrito en México y de los que se han hecho en el extranjero en términos de esta discusión. ¿Para qué nos es útil esta clasificación? ¿En serio así podemos entender nuestra violencia? ¿No hay otras explicaciones suficientes?

A los diez días de tomar posesión, el gobierno de Felipe Calderón se embarcó en una guerra sin cuartel contra las organizaciones criminales. Al terminar el sexenio, el saldo oficial fue de 121, 613 personas fallecidas por homicidio,[1] 12,990 desaparecidos,[2] 160, 000 desplazados.[3] Esta “guerra”, continuación de la guerra contra las drogas que México ha llevado a cabo por presión de Estados Unidos y el régimen internacional de prohibición de drogas, buscaba desde un principio “desarticular a las organizaciones criminales”.[4] Las dimensiones de esta violencia hacen que CON la clasificación del Programa de Datos sobre Conflictos de la Universidad de Uppsala se nos considere en un país en conflicto inter estatal desde 1989, con un escalamiento entre 2006 y 2011.[5] Además que se le puede considerar según derecho internacional como un conflicto armado no internacional.[6] La violencia que tenemos tiene escalas muy similares a otros conflictos violentos en África, por ejemplo, tener una proporción de muertes similar a las del conflicto en Darfur.[7] Por eso vale la pena preguntarse si las dimensiones de la violencia corresponden con los patrones de comportamiento de los actores de la una guerra civil, y entonces, por lo tanto, si nos encontramos en una.

Varios autores han comenzado a usar elementos de la teoría de guerras civiles para explicar ciertos fenómenos relacionados con la violencia y la democracia en México. En específico Andreas Schedler no duda en afirmar que México está en una guerra civil.[8] Los casos que han estudiado Schedler,[9]Díaz Cayeros, Magaloni y Romero[10] están basados en una preocupación específica de la literatura de guerras civiles, el apoyo de los civiles al gobierno. En general el consenso de esa literatura confirma que cuando los civiles apoyan al Estado habrá más posibilidades que esté gane el conflicto por sobre los actores violentos, y viceversa. Este tema puede ser muy útil para entender contextos regionales con economías con flujos importantes de los mercados ilícitos de drogas y otras actividades que podrían darle popularidad a organizaciones criminales frente a la sociedad.

A pesar de estas evidencias, afirmar que México está en una guerra civil tiene muchos problemas porqué las definiciones de este fenómeno, como las revoluciones, las revueltas y los golpes de Estado, tienen límites específicos. Los dos autores que ofrecen el concepto de guerra civil usado más ampliamente, aunque disputado, Kalyvas[11] y Sambanis,[12] la definen como un conflicto violento entre los límites del Estado, en el cual el Estado se confronta con al menos un grupo armado, y los grupos armados disputan la soberanía al Estado. Es decir, para la literatura hay un componente político ineludible. Los grupos armados, guerrillas en todo caso, deben tener entre sus objetivos disputar el control del Estado y obtener la soberanía. Entonces, sólo bajo estos conceptos se podría descartar el uso del término, pero no es tan sencillo.

En las disputas recientes por el concepto se ha abierto un debate acerca de si los actores armados en realidad pueden carecer de objetivos políticos y usar la misma violencia que usan las guerrillas. En específico, en respuesta a la literatura que atribuía a la etnicidad como motivación para las guerras, James Fearon y David Laitin argumentaron que el nacionalismo y la etnicidad en realidad explicaban muy poco de porqué surgía una guerrilla, y lo atribuían a un contexto de pobreza y bajo crecimiento.[13] Boix argumentaría más tarde que la desigualdad, entendida como motivación, y la debilidad del Estado, entendida como condición de oportunidad, son lo que desencadena guerras civiles.[14]Finalmente, Collier y Hoeffler sostuvieron que las guerrillas no sólo estaban motivadas ideológicamente, también comenzaron a capturar actividades económicas legales e ilegales para sostenerse,[15] cosa que en Colombia desembocaría a una gradual desideologización de las guerrillas por ahora tener rentas por actividades ilícitas como la protección de plantíos de drogas.[16] Es decir, la motivación puramente política de los actores no-estatales violentos esta en cuestionamiento en contextos conocidos de guerra civil, y también, si ha podido notar, gran parte de estos elementos podría ayudar a explicar en parte el comportamiento de las organizaciones criminales sin necesidad de considerarlas como políticamente motivadas (aunque podamos dudar de eso con La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios).

Ahora bien, como es notorio, el debate sobre como clasificar conflictos, y que elementos de mismos ayudan a comprender patrones de violencia, está en medio de la discusión de que fenómenos económicos afectan la manera en que se llevan los conflictos. En ese sentido Mary Kaldor propuso una definición de guerras civiles para incorporar a la globalización como factor explicativo clave. Para Kaldor las guerras civiles de últimas décadas se han coaligado con la participación de mercados ilícitos internacionales, por ejemplo, la guerra en Bosnia y el tráfico de personas, o los diamantes de sangre en Liberia. A estas guerras las llamaría “Nuevas Guerras Civiles”, vís a vís las guerras viejas, que identifica como políticamente motivadas sin conexión con estos mercados.[17] Es claro que esta definición fue disputada por otros autores. En específico Kalyvas sostiene que no es posible hacer la diferencia entre nuevas y viejas guerras porque en ambas sucede lo que Kaldor dice, que las guerrillas busquen financiamiento en actividades ilícitas.[18] Aunque la misma respondió que no era lo mismo el financiamiento con actividades ilícitas que la conexión con mercados más amplios que permitió el advenimiento de la globalización.[19] Claramente la violencia en México está alimentada por mercados ilícitos que se han acelerado con la globalización. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte permitió que los flujos de mercancía ilegal aumentaran en los últimos años. Tanto así que cambios de los precios del maíz, o las prohibiciones de armas en Estados Unidos pueden afectar directamente los patrones de violencia en México.[20] Entonces, un concepto de nueva guerra civil podría tener lógica en México.

En otro aspecto, es bastante útil conocer las dimensiones de la violencia en conflicto para comprender patrones, más allá de si los actores están políticamente motivados. Kalyvas, aunque él en los límites de su concepto, destaca que la violencia es diferente según quienes son los actores en contienda. Por ejemplo, si estos actores son no-estatales y usan tácticas de guerrilla en función de utilizar geografías complicadas y accidentadas para contrabalancear fuerza contra un Estado altamente armado, es decir, una guerra asimétrica no convencional.[21] El Estado entonces puede usar técnicas contra guerrillas en contra de organizaciones criminales, como afirma Farer y Tokatlian que lo ha hecho México durante varios años para enfrentar a los carteles de la droga, por ejemplo, la fragmentación o el asesinato de líderes de las organizaciones violentas.[22] Por eso no resulta extraño que Carlos Illades y Teresa Martínez encuentren patrones de continuidad entre la guerra sucia y la guerra contra el narcotráfico en México.[23] El mismo esquema de guerras civiles de Kalyvas puede ayudar a explicar por qué se usa la violencia de ciertas maneras, por ejemplo, en el control de territorios, y como la disputa de los territorios puede aumentar la violencia.[24] Los estudios recientes en México hasta ahora muestran que mientras más organizaciones criminales disputan territorios habrá aumentos en homicidios. Entonces, en un examen de la misma literatura de guerras civiles es muy complicado no ver en ella elementos sumamente útiles para comprender la violencia en México.

Ahora bien, esto no significa que la literatura académica sobre crimen organizado no explique la violencia en México. Como bien lo expone Serrano,[25] los mercados ilícitos son violentos por naturaleza, pero su violencia no es indiscriminada, sino que sigue lógicas específicas. Las organizaciones criminales pueden usar la violencia para resolver disputas de mercado que no se pueden resolver por mecanismos pacíficos, legales o informales. También, las organizaciones criminales usan redes de protección para sus actividades ilícitas, y estás pueden mediar en caso que haya desconfianza en el mercado ilícito o problemas de propiedad. Y finalmente, la imposición de los regímenes internacionales de prohibición, que incluyó actividades antes no ilegales entre las perseguidas por el Estado, junto con las drogas, por ejemplo, el tráfico de órganos y animales, causa que las organizaciones que antes no eran perseguidas con fuerza por el Estado antes de la prohibición ahora lo sean y necesiten incorporarse a otras organizaciones criminales o contratar sus propias redes de protección. Puede verse complementariedad de estas explicaciones con la literatura de guerras civiles, o considerarse que son suficientemente autónomas para explicar el uso de la violencia.

De hecho, tanto en respuesta a los alegatos de Estado fallido, cuanto los alegatos de guerra civil, varios autores han defendido otras definiciones. Serrano, que reconoce que hay un Estado de guerra criminal,[26] cree que la violencia puede ser vista como una falla del sistema de seguridad en México.[27] Para Keith Krause en México hay más bien una hibridación entre violencia política y violencia criminal en México.[28] Y Paul Rexton Kan cree que es mejor llamarle a la violencia en México como violencia criminal de alta intensidad.[29] Es decir, aunque haya autores en México que crean que la denominación es útil, para otros autores hay que tener precaución en el uso del término y categorías alternativas.

El problema principal con considerar a México como una guerra civil es el tipo de soluciones que vienen con esa denominación. Las guerras civiles terminan por medio de una negociación política o por medio de la victoria definitiva de un grupo armado, sea o no el Estado. Esto abre dilemas trascendentes. ¿La violencia criminal es negociable? ¿Debería hacer procesos de pacificación con actores criminales? Desde una perspectiva estrictamente jurídica sería una aberración, pero es una discusión que si existe en círculos académicos y políticos. Además que en el contexto del régimen internacional de drogas es complicado ofrecer esa solución, no sólo por la dificultad de negociar con actores prohibidos en el ámbito internacional, sino también porque los mercados ilícitos no sólo son de drogas. Eso no significa que una eventual legalización de las drogas podría cambiar el escenario, aunque podría implicar temporalmente aumentos de violencia por competencia de otros mercados ilícitos.

La solución al problema de nuestro conflicto violento no es sencilla. Responder a la pregunta tampoco. Pero hacer los esfuerzos en analizar la violencia en más de una perspectiva puede ayudarnos a comprender tanto las causas de la tragedia cuanto las posibles alternativas que el Estado podría seguir. Más allá del concepto, la potencia política de decirnos guerra civil es clara. Hemos tenido una guerra si, contra las drogas. Pero también, al igual que con el termino Estado fallido, usar conceptos de esa potencia académica y política puede ser problemático, por un lado, en querer ver fenómenos que quizás no son los que suceden, y en problematizar de manera equivocada los problemas públicos. Merecemos esta discusión para poder salir de soluciones simples como las que han ofrecido los gobiernos mexicanos. Lo que si queda claro es que las dimensiones de la tragedia humana si son tan terribles como los de una guerra civil, y las partes del país en las cuales se da la violencia la vida probablemente sean como la de los civiles que viven en guerras civiles en otras partes del mundo. Y eso debe sensibilizarnos sobre las responsabilidades que tienen los gobiernos por alimentar la violencia, en especial, el gobierno de Felipe Calderón.


[1] Guerrero Gutíerrez, Edudardo, “¿Bajó la violencia?”, Nexos, febrero de 2015.

[2] Merino, José; Zarkin, Jessica y Fierro, Eduardo, “Desaparecidos”, Nexos, enero de 2015.

[3] La cifra viene de un reporte del Internal Displacement Monitoring Center de mayo de 2012, Forced displacement linked to transnational organized crime in Mexico, aunque Laura Atuesta Becerra argumenta que sigue siendo complicado medir el número de desplazados internos en México, “Poblaciones Desplazadas Internamente en Colombia y México”, en LSE, Acabando con la Guerra contra las Drogas, México, Open Society Foundations-CIDE, 2014, pp. 53-58.

[4] Guerrero Gutiérrez, Eduardo, “Los hoyos negros de la estrategia contra el narco”, Nexos, agosto de 2010.

[5] México, UCDP Conflict Encyclopedia, http://www.ucdp.uu.se/gpdatabase/gpcountry.php?id=107&regionSelect=4-Central_Americas, consultado el 16 de marzo de 2015.

[6] How is the Term “Armed Conflict” Defined in International Humanitarian Law? International Committee of the Red Cross (ICRC) Opinion Paper, March 2008, https://www.icrc.org/eng/assets/files/other/opinion-paper-armed-conflict.pdf, consultado el 16 de marzo de 2015.

[7] Degomme, Olivier y Guha-Sapir, Debarati, “Patterns of mortality rates in Darfur conflict”The Lancet, 23 de junio de 2010.

[8] Schedler, Andreas, “Mexico´s Civil War Democracy”, Documento de trabajo CIDE, (261), 2013.

[10] Romero, Vidal; Magaloni, Beatriz y Díaz-Cayeros, Alberto, “The Mexican War on Drugs: Crime and the Limits of Goverment Persuasion”, International Journal of Public Opinion Research, 26(3), 2014, pp. 1-13.

[11] Kalyvas, Stathis, N., “Civil Wars”, en Stokes, Susan C. y Boix, Charles, The Oxford Handbook of Comparative Politics, Oxford, Oxford University Press, 2008, pp. 416-434.

[12] Sambanis, Nicholas, “What Is a Civil War? Conceptual and Empirical Complexities of an Operational Definition”, The Journal of Conflict Resolution, 48(6), 2004, pp. 814-858.

[13] Fearon, James D. y Laitin, David, D., “Ethnicity, Insurgency and Civil War”, American Political Science Review, (97), 2001, pp. 397-421.

[14] Boix, Carles, “Civil wars and guerrilla warfare in the contemporary world; toward a joint theory of motivations and opportunities” en Kalyvas, Stathis N.; Shapiro, Ian y Masoud, Tarik (eds.), Order, Conflict, and Violence, Cambridge, Cambridge University Press, 2008, pp. 197-218.

[15] Collier, Paul y Hoeffler, Anke, “Greed and grievance in civil war”, Oxford Economic Papers, (56), 2004, pp. 563-595.

[16] Gutiérrez Sanín, Francisco, “Clausewitz vindicated Economics and politics in the Colombian war”, en Kalyvas, Stathis N.; Shapiro, Ian y Masoud, Tarik (eds.), Order, Conflict, and Violence, Cambridge, Cambridge University Press, 2008, pp. 219-241.

[17] Kaldor, Mary, New and old wars: Organised violence in a global era, Cambridge, Polity Press, tercera edición, 2012.

[18] Kalyvas, Stathis, N., “”New” and “Old” Civil Wars: A Valid Distinction?”, World Politics 54(1), 2001, pp. 99-118.

[19] Kaldor, Mary, “In a Defence of New Wars”, Stability, 2013, 2(1), 2001, pp. 1-16

[20] Vease a Dube, Arindrajit; Dube, Oeindrila y García-Ponce Omar, “Cross-Border Spillover: U.S. Gun Laws and Violence in Mexico”, American Political Science Review, 2013, 107(3), pp. 397-417, y a Dube, Oeindrila; García-Ponce Omar y Thom, Kevin, “From Maize to Haze: Agricultural Shocks and the Growth of the Mexican Drug Sector”, Center for Global Development Working Paper, (335), 2014.

[21] Kalyvas, Stathis, N., “Warfare in Civil Wars”, en Isabelle Duyvesteyn and Jan Angstrom (eds.), Rethinking the Nature of War, Abingdton, Frank Cass, 2005, pp. 88-108.

[22] Farer, Tom, “Conclusion: Fighting transnational organized crime”, en Farer, Tom (ed.), Transnational crime in the Americas, Nueva York, Routledge, 2000, pp.193-216, y Tokatlian, Juan Gabriel, “La “Guerra antidrogas” y el Comando Sur: Una combinación delicada”, Foreign Affairs Latinoamérica, 10(1), 2010, pp. 43-50.

[23] Illades, Carlos y Santiago Teresa, Estado de guerra: De la guerra sucia a la narcoguerra, México, Era, 2014.

[24] Kalyvas, Stathis, N., La lógica de la violencia en la guerra civil, Madrid, Akal, 2010.

[25] Serrano, Mónica, “Crimen transnacional organizado: Una perspectiva crítica”, Revista de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, 3(1), 2014, pp. 75-90.

[26] Serrano, Mónica, “States of Violence: State-Crime Relations in Mexico” en Pansters, Wil G. (ed.), Violence, Coercion, and State-Making in Twentieh-Century Mexico, Stanford, Stanford University Press, 2012, pp. 135-158.

[27] Kenny, Paul y Serrano, Mónica, “Introduction: Security Failure Versus State Failure” en Kenny, Paul; Serrano, Mónica y Sotomayor, Arturo (eds.), Mexico´s Security Failure: Collapse into Criminal Violence, London, Routlege, 2012, pp. 1-25.

[28] Krause, Keith, “Hybrid Violence: Locating the Use of Force in Postconflict Settings”, Global Governance, 2012, (18), pp. 39-56.

[29] Kan, Paul Rexton, “What We´re Getting Wrong About Mexico”, Parameters, 41(2), 2011, pp. 37-48.