Por: Dra. Olga Rodríguez Sierra* y Dr. Jesús G. Reséndiz Silva**

El fenómeno de la desigualdad ha suscitado un tremendo interés dentro de los círculos académicos en los últimos años. Entender sus efectos sociales es de vital importancia para el desarrollo de políticas sociales efectivas. A nivel colectivo se ha planteado que la desigualdad genera un menor crecimiento económico, mayor pobreza y descontento social. Desde la psicología y la neurociencia, los estudios se han enfocado a tratar de entender los efectos de la pobreza a nivel individual. En particular, existen dos líneas de investigación importantes: el efecto de la pobreza en el desarrollo cerebral e intelectual infantil y el efecto del estrés inducido por la pobreza en la cognición.

La idea de que el medio ambiente o el contexto puede afectar la organización del cerebro no es nueva; por el contrario, el concepto de plasticidad cerebral encuentra su fundamento en esta idea. Estudios en animales que son alojados en ambientes enriquecidos vs ambientes controles – incluso puede decirse que empobrecidos– muestran que el ambiente puede inducir cambios en la estructura de las neuronas y sus sinapsis, la vasculatura cerebral, la espesura de la corteza cerebral, el número de nuevas células generadas en el hipocampo cerebral, el metabolismo y la expresión de genes asociados a neurotransmisores, entre otros. Especialmente, durante los periodos críticos del desarrollo, tanto en animales como en humanos, se han observado que los efectos del contexto tienen un impacto más profundo. Los periodos críticos son fases dentro del desarrollo donde se tiene una mayor sensibilidad a los estímulos externos, contribuyendo a avanzar o retrasar el curso del desarrollo. Considerando lo anterior, es de suma importancia entender los efectos de un contexto de pobreza (ej.  malnutrición, exposición a toxinas, contaminación, drogas, etc.) en el desarrollo cerebral infantil.

Un estudio reciente examinó la relación entre la morfología cerebral y el estatus socioeconómico en una muestra de más de 1000 niños y niñas de entre 3 y 20 años de edad. Los autores encontraron que el ingreso económico tiene una relación logarítmica con el área de superficie cerebral. Esto significa, que encontraron mayores diferencias dentro del rango socioeconómico bajo en comparación con el rango socioecónomico alto, o sea, con pequeños incrementos en el ingreso familiar – inclusive aún siendo bajo– se observó una mayor área de superficie cerebral. Las regiones cerebrales con mayores diferencias fueron las asociadas al lenguaje, la escritura, la lectura, las funciones ejecutivas y las habilidades espaciales. Por su lado, los estudios que evalúan las habilidades cognitivas a través de tests psicológicos muestran que existen diferencias significativas sobre todo en las capacidades de lenguaje y función ejecutiva – atención, planeación y memoria verbal de trabajo.

Otro hallazgo consistente a nivel psicológico es que personas en pobreza muestran mayor aversión a los riesgos y menor preferencia a esperar los beneficios futuros en comparación a personas con ingresos por encima de la línea de la pobreza. Incluso, ante situaciones extremadamente estresantes – como la pérdida de una cosecha por cuestiones climatológicas– estas preferencias se agudizan aún más. Además, estudios en situaciones controladas de laboratorio muestran que cuando se induce miedo o estrés en los participantes – ya sea por un estímulo o un agente farmacológico–, estos despliegan en promedio mayor aversión al riesgo en subsecuentes tareas experimentales.

Se sabe que la hormona esteroide, cortisol, se libera al torrente sanguíneo como respuesta al estrés; esto se ha aprovechado experimentalmente como una medida objetiva para medir los niveles de estrés en las personas, ya que es relativamente fácil detectarla en una muestra de sangre. Varios académicos han propuesto que las condiciones de pobreza generan más estrés en las personas impactando su salud y calidad de vida. En ese sentido existen varios estudios que han examinado si existe una correlación entre el estatus socioeconómico y los niveles de cortisol en la sangre. Los resultados apuntan que a menores niveles de ingreso y educación existen mayores niveles de cortisol circulando por la sangre. Pero, ¿son los altos niveles de cortisol una condición preexistente o una respuesta al ambiente adverso? Al respecto, otros estudios señalan que los aumentos en los niveles de cortisol sólo se presentan después de eventos estresantes, como sería una temporada de sequía con la inminente pérdida de una cosecha o la pérdida de un empleo. Si bien, se ha empezado a estudiar el impacto del estrés en respuesta a eventos discretos, que podría categorizarse como estrés agudo; la realidad es que la situación de pobreza se asemeja más a una condición crónica de estrés, de la cual, por ahora, sabemos muy poco.

En otro estudio interesante, se evaluó el desempeño cognitivo de personas pobres y ricas en un contextode toma de decisiones sobre sus finanzas personales, a través tests de inteligencia y control cognitivo. Uno de los resultados clave de la investigación indica que los individuos con menos recursos económicos tienen un desempeño cognitivo menor. En el mismo análisis, se exploró el desempeño cognitivo de un grupo de granjeros durante el proceso de cosecha, bajo condiciones semi-experimentales. En particular, el contexto del experimento establece que antes de la cosecha, los granjeros se encuentran en un estado de precariedad mientras que después de la cosecha su condición económica mejora. Las conclusiones de este análisis sostienen que antes de la cosecha, los granjeros tienen un desempeño cognitivo bajo. No obstante, después de la cosecha el nivel de desempeño cognitivo tiende a aumentar. Este fenómeno se debe a las variaciones en la carga o impuesto mental (ej. preocupación económicas) en las personas. Es decir, a mayor carga mental la tendencia de la gente a tomar decisiones equivocadas aumenta. Este tipo de estudios se emplean para explicar y pronosticar los efectos de los contextos adversos en la capacidad de decisión de las personas, y consecuentemente en la perpetuación de su condición de pobreza. El poco uso de medicina preventiva, la falta de adherencia a tratamientos médicos, el deficiente manejo de las finanzas familiares, son algunas de las decisiones que se generan con mayor probabilidad en un ambiente de pobreza.

Finalmente, de acuerdo al reporte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre salud mental, las personas en pobreza tienen 1.5 a 2 veces mayor probabilidad de presentar trastornos de depresión y ansiedad. Sumando todo esto, la evidencia apunta a que los individuos en pobreza se encuentran en una situación de desventaja donde el estrés y su poco control cognitivo ayudan a perpetuar el círculo vicioso de la pobreza. Es fundamental reconocer que la pobreza limita las capacidades cognitivas de las personas. Por ende, se debe diseñar políticas públicas que consideren este problema. Algunas medidas a tomar son: 1) desarrollar estrategias que incentiven la redistribución económica; 2) disminuir las consecuencias psicológicas a través de psicoterapia en adultos o estimulación temprana en los niños y niñas; y 3) influir en los comportamientos económicos mediante programas que incidan positivamente en el proceso de toma de decisiones de las personas. Por ejemplo, crear mecanismos que sugieran o ‘den un empujoncito’ (nudge) a las personas para que estas mejoren su capacidad de ahorro, tomen medidas de prevención de enfermedades, etc.

 

Bibliografía

Hackman D, Farah M (2009) Socioeconomic status and the developing brain Daniel. Trends In Cognitive Science 13:65–73.

Haushofer J, Fehr E (2014) On the psychology of poverty. Science 344:862–867.

Lipina SJ, Segretin MS (2015) Strengths and weakness of neuroscientific investigations of childhood poverty: future directions. Frontiers in  Human  Neuroscience 9:1–5.

Mani A, Mullainathan S, Shafir E, Zhao J (2013) Poverty impedes cognitive function. Science 341:976–980.

Noble KG et al. (2015) Family income, parental education and brain structure in children and adolescents. Nature Neuroscience 18, 773–778.

 

*Olga Rodríguez Sierra
Investigadora postdoctoral en el Instituto do Cérebro
Universidade Federal do Rio Grande de Norte, Brasil.
Twitter: @hjolko

**Jesús Reséndiz Silva
Economista conductual y consultor independiente
México
Twitter: @Tlacuachito