Los recientes bombardeos de Rusia en territorio sirio demuestran una vez más que la narrativa del mundo unipolar que siguió al derrumbe de la Unión Soviética es cosa del pasado. Algunos analistas comienzan a hablar de una nueva guerra fría entre Rusia y Estados Unidos, que se evidencia en la primacía de los intereses geopolíticos de Rusia en Siria por el apoyo decisivo de Vladimir Putin hacia Bashar Al Assad. El gobernante alawita garantiza la permanencia de la base naval rusa en el puerto sirio de Tartus: punto de entrada ruso a las templadas aguas del Mediterráneo de un país cuyas costas árticas y bálticas están congeladas la mitad del año.  El acuerdo entre Rusia y Siria para crear la base naval en Tartus es una reliquia de la guerra fría que data de 1971. Ya desde el apoyo decisivo al gobierno de Nasser en Egipto, los respectivos líderes de la URSS, y posteriormente de Rusia, tuvieron claro que tener acceso al mar Mediterráneo es uno de las prioridades más acuciantes para su política de seguridad internacional y posicionamiento geoestratégico.

Los intereses rusos en Siria por mantener su base naval en Tartus se triangulan con la política de apoyo decisivo que el gobierno de Vladimir Putin ha dado al régimen iraní. A partir de la Revolución islámica de 1979, Irán se convirtió en un actor que ha modificado considerablemente el balance de poder en Medio Oriente. La literatura en relaciones internacionales identifica tres pilares sobre los que se fundamentan las dinámicas sociopolíticas de la región: Israel, Arabia Saudita e Irán. Israel por su supremacía militar, Arabia Saudita por el celo que guarda ante los acontecimientos sociopolíticos en países sunnitas, (población mayoritaria en el Medio Oriente). En este triángulo, la función del régimen chiita iraní es contrapesar la hegemonía que Estados Unidos ejerce mediante sus sólidas alianzas con Israel y Arabia Saudita.

Por lo tanto, Vladimir Putin tiene un aliado en el régimen ayatola por el papel de contrapeso que hace en la región. Pero esta alianza no es nueva; hay una larga historia de cooperación técnica en materia de seguridad e instalaciones nucleares entre Rusia e Irán. La inteligencia necesaria para apuntalar el programa nuclear iraní, posterior a la Revolución islámica, provino de Moscú. Asimismo, por la vía diplomática, Rusia ha sido un actor clave en las negociaciones recientes del Programa nuclear iraní. Esto quiere decir que la potencia extranjera con la política más consistente hacia la región es Rusia.

Al contrario de Rusia, Estados Unidos no tiene claros sus objetivos geopolíticos en Siria. De hecho, la política integral de Estados Unidos hacia el Medio Oriente desde que terminó la guerra fría se ha caracterizado por la inmediatez, los objetivos a corto plazo y el predominio del discurso sobre la acción. A partir de los ataques del 11 de septiembre de 2001, en el ámbito discursivo los hacedores de política norteamericanos encontraron un claro referente para justificar sus decisiones políticas: la guerra contra el terrorismo. El trauma del derrumbe de las Torres Gemelas impulsó una agenda de intervención basada en el pragmatismo político a ultranza, la confianza absoluta en el poder destructor de la tecnología militar y la frenética ansiedad de implantar nuevas instituciones a corto plazo.

Cuál es el interés geopolítico de Estados Unidos en la guerra de Siria es una pregunta que pocos hacedores de política (policymakers) saben responder a la opinión pública. La narrativa oficial, desde los años ochenta, acusa a Bashar al Assad de liderar una dictadura secular con violaciones masivas a los derechos humanos, que abiertamente patrocina el terrorismo, y que tiene armas de destrucción masiva. Sin embargo, el discurso del “Eje del mal”, tan privilegiado durante el gobierno republicano de George W. Bush, no ha logrado cristalizarse en acciones concretas durante la administración de Barack Obama. Aunque desastrosa, la política de Bush fue consistente hacia la región, porque existía una correlación entre la efectividad del uso del discurso del Terror, de los derechos humanos y de las armas de destrucción masiva con los intereses geopolíticos de Estados Unidos en países como Irak y Afganistán.

En Irak, el control de un país estratégico, rico en petróleo e importante en el balance de poder regional, resultaba bastante relevante para los intereses de Washington en Medio Oriente. Asimismo, en Afganistán hay varias consideraciones geopolíticas que EU ha tenido en cuenta durante todo el proceso de invasión posterior a los ataques del 11/S: especialmente el miedo recurrente que los círculos de políticos de seguridad e inteligencia en DC y Langley tienen respecto a la estabilidad del vecino Pakistán. Frecuentemente, Pakistán es uno de los Estados que aparece en focos rojos en las Estrategias Anuales de Seguridad que elabora el Joint Chiefs of Staff, máximo órgano militar de los Estados Unidos, por el miedo a que su arsenal nuclear caiga en manos inadecuadas que amenacen la seguridad de la región. Mantener un régimen en Afganistán cercano a las prioridades de Washington en la región es importante para generar escenarios regionales políticos estables. Tan conectada está la estrategia de Washington en la zona que desde hace algunos años existe una oficina dentro del Departamento de Estado que se encarga exclusivamente de los dos países: el AfPak como se llama coloquialmente en aquellos círculos diplomáticos.

Afganistán no tiene el petróleo de Irak, pero su ancestral importancia geoestratégica, que sedujo a Alejandro Magno y a los imperialistas británicos del siglo XIX, se ha apuntalado en las últimas décadas con los descubrimientos de vastos yacimientos minerales. Un reporte del Pentágono, la Agencia de Monitoreo Geológico de Estados Unidos y USAID del 2010 confirmó lo que inteligencia soviética descubrió desde finales de la década de los años ochenta: yacimientos de minerales como cobre, uranio, berilio, litio, bauxita, oro, plata y zinc que valen más de 1 trillón de dólares.[1] El general de cinco estrellas David Patreaus durante su cargo en Afganistán reconoció que este potencial podía servir mucho para el desarrollo económico de aquel país, y por lo tanto, para los intereses de Estados Unidos en mantener estabilidad en la región mediante la consolidación de un mercado energético en el que, por supuesto, Washington sería uno de sus principales administradores. Más allá del componente energético, el cálculo geopolítico se cristalizó de inmediato militarmente tras la invasión. Con la ocupación estadounidense se instalaron al menos 6 bases militares de Estados Unidos a lo largo de un país que colinda con potencias regionales y mundiales como Irán, Pakistán y China, así como con repúblicas ex soviéticas tradicionalmente esferas de influencia rusa, como Turkmenistán, Uzbekistán y Tajikistán. Independientemente de que el gobierno de Obama prepara la retirada de Afganistán, el pacto de seguridad entre Estados Unidos y Afganistán prevé que la presencia militar de Estados Unidos en aquella república islámica se pueda extender “hasta 2024 y más allá”.[2]

Así pues, Estados Unidos ha tenido muy claras sus prioridades geopolíticas en Irak y Afganistán; por el contrario, en Siria, más allá de la retórica antidictatorial, prodemocrática y pro derechos humanos, los gobiernos estadounidenses no tienen un interés geopolítico que respalde el discurso del “Eje del mal”, enmarcado en el paradigma del statebuilding. Siria no tiene yacimientos petroleros abundantes como Iraq, o recursos minerales y fronteras geoestratégicas como Afganistán. Según el Departamento de Energía de EU, sus reservas probadas de petróleo apenas se igualan a las de países no petroleros como Argentina, Uganda y Colombia.[3] Tres cuartas partes del país es desierto, colinda con países aliados de Washington como Turquía, Jordania, Israel, Irak y Líbano. Asimismo, Siria tiene severos problemas de abastecimiento de agua y erosión generalizada. La FAO asegura que se encuentra en un proceso de desertificación irreversible, que degradará 80% del territorio y amenazará la seguridad alimenticia de la mitad de la población. Ante semejante escenario geopolítico, los Estados Unidos encuentran escaso interés de formular una política integral hacia el régimen de Bashar al Assad, más allá de las condenas discursivas a su régimen y los bombardeos a ISIS, que controla casi la mitad del territorio sirio. En pocas palabras, desde la lectura estadounidense, para la dinámica geopolítica de la región poco importa que Assad siga o no el poder. Cierto, cesaría una fuerte de empoderamiento de Irán y Hezbollá, pero en realidad, como el reciente acuerdo nuclear con el país persa acaba de mostrar, Barack Obama está más interesado en amoldar los procesos políticos de la región a los intereses norteamericanos que alterarlos de manera radical mediante intervenciones de otro tipo.

Ahora bien: ¿Son los bombardeos de Rusia el signo del inicio de una nueva Guerra fría en Medio Oriente? Algunos analistas han esgrimido este argumento para explicar lo que está sucediendo en aquel país; pero este análisis es sesgado por varias razones. En primer lugar porque parte del supuesto que la Guerra fría fue un proceso monolítico, uniforme y progresivo. La historiografía del periodo distingue varias fases que no es menester detallar en este espacio,[4] huelga decir que en términos generales la Guerra fría se caracterizó por una confrontación ideológica y geopolítica entre Estados Unidos y la Unión Soviética en la que existió cierta paridad en varias asignaturas: la principal de ellas fue la simetría que había entre los intereses geopolíticos de cada potencia con sus motivaciones ideológicas, así como la capacidad y voluntad que ambas tenían para ejercer su poderío en determinada región. Ejemplos paradigmáticos de escenarios de estas confrontaciones son la guerra de Corea y Vietnam, pero también en Medio Oriente, escenario que para Avi Shlaim inauguró el gélido conflicto entre la Unión Soviética y Estados Unidos a propósito de la cuestión palestina.[5] La guerra fría fue un periodo complejo, pero ambas superpotencias tenían proyectos definidos, mecanismos claros de formulación de sus respectivos intereses nacionales, que movilizaban fuerzas internas para sus causas, y, sobre todo, capacidad de extender su poderío a pesar de derrotas en los escenarios de conflicto.

Actualmente, la situación es diferente. Rusia atraviesa por una época de estagnación y debilitamiento de sus finanzas a raíz de la caída de los precios del petróleo. Sus bombardeos a posiciones rebeldes al gobierno de Assad y al Estado Islámico deben verse más como una maniobra oportunista de Vladimir Putin de mantener a su único aliado en la región que, además de ser el único líder que le puede garantizar acceso al mar Mediterráneo desde Latakia, es el único régimen que verdaderamente antagoniza a Estados Unidos en Medio Oriente.  Rusia se vale de un vacío de poder estadounidense en la región para realizar estos ataques aéreos. Mientras que el Kremlin defiende un espacio que considera de vital importancia para sus intereses, los Estados Unidos continúan el proceso de repliegue de su hegemonía en la región. Joseph Nye señalaba esta aparente paradoja del poderío estadounidense: mientras avanzaba la posguerra fría, EU acumulaba más poder duro y blando (soft y hard power); sin embargo, se reducía su capacidad de resolver los problemas internacionales por si solo, y aumentaba el desinterés de su sociedad y algunos políticos por los asuntos exteriores, especialmente si no eran prioritarios para la seguridad y la economía del ciudadano promedio de aquel país.[6] Barack Obama en su política exterior hacia Medio Oriente encarnó esas opiniones a las que hace alusión Nye: una incomodidad e indiferencia hacia los acontecimientos sociopolíticos allende las fronteras norteamericanas que demandasen el despliegue del poder político y militar de Estados Unidos.

El conflicto en Siria no es el campo de batalla de una nueva guerra fría, sino del ocaso de la hegemonía estadounidense en Medio Oriente; no por el resultado de un cálculo de poder entre dos potencias simétricas, tal como era la guerra fría, sino por la decisión del actual gobierno de Barack Obama de inmiscuirse lo menos posible en eventos que no amenacen los intereses de EU geopolíticos y de seguridad en la región. Obama no contaba con que la guerra de Siria expondría en todo su esplendor a ISIS, un nuevo tipo de amenaza a la estabilidad regional que da el pretexto perfecto a Putin para hacer un despliegue de poder en Siria, y así apuntalar el discurso de aquellos que creen que “Rusia está de regreso en el escenario mundial”. Recién la Casa Blanca presagió que los bombardeos aéreos en Siria llevarían a Rusia a un “atolladero”. En Washington llevan ya varios meses en la misma situación; pareciera, pues, que más que ganar la contienda por Siria, Estados Unidos desea compartir con Rusia el fracaso en un conflicto que no se ha interesado en ganar. Así no era la guerra fría.



[2] Aquí el documento oficial http://www.embassyofafghanistan.org/sites/default/files/documents/BSA%20ENGLISH%20AFG.pdf, último acceso 5 de octubre de 2015.

[4] John Lewis Gaddis, The Cold War, A New History, Nueva York, Penguin, 2006.

[5] Avi Shlaim, The Cold War and the Middle East, Oxford, Oxford University Press, 1997.

[6] Joseph Nye, The Paradox of American Power, Why the World’s Only Superpower Can’t Go it Alone, Oxford, Oxford University Press, 2002.