Apenas ha terminado el primer mes del año y la vertiginosa llegada del 2016 ha puesto sobre el cielo a la moneda nacional sin darle tregua ni respiro alguno. En los primeros 30 días del año, el peso mexicano se ha depreciado un 5.9 por ciento frente al dólar estadounidense y cotiza en máximos históricos.

Al mismo tiempo, y de forma notablemente sorprendente, la inflación ha oscilado alrededor del  2%, la cifra mínima desde  que se tiene registro. Esto ha llevado a más de un economista a preguntarse: ¿Cómo es que México puede tener una depreciación cambiaria tan marcada y al mismo tiempo no tener presiones de inflación?

Al enigma contribuye que otras economías de América Latina, como  Brasil; Colombia; Perú o Chile, han experimentado también fuertes depreciaciones en sus monedas, pero el traspaso del tipo de cambio a la inflación ha sido mucho mayor. Tanto así, que en la gran mayoría de estos países la inflación va trepando por arriba del intervalo que las autoridades monetarias persiguen (Gráfica 1).

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Pues bien, hay al menos tres razones fundamentales por las que en México, la depreciación del tipo de cambio no está causando inflación en estos momentos.

1)      La caída significativa de los precios internacionales de las materias primas.

2)      La prolongada “fase de recuperación” del consumo nacional.

3)      Las características del Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC).

Las Materias Primas

El boom de las materias primas, que impulsó el crecimiento económico desde Australia hasta Brasil en la última década, parece haberse acabado desde finales del 2012. A partir de ese año, los precios de las materias primas han emprendido una tendencia a la baja en todo el mundo, la cual naturalmente ha afectado a los índices de precios al consumidor, con los cuales se calcula la inflación.

Esta tendencia a la baja de los precios de las materias primas ha sido simultánea a la depreciación del peso. Por ejemplo, el precio del oro  se ha contraído un 29.2%, mientras que el de la plata ha caído en los mercados financieros en un 49.8%; los precios del cobre, el trigo y el maíz han seguido la misma tendencia decreciente, cayendo 41.6; 47.1 y 33.1 por ciento respectivamente (Gráfica 2).

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Aunado a ello, los precios del petróleo desde febrero del 2013 se han contraído más de un 60 por ciento, con la mezcla mexicana siendo una de las cotizaciones más afectadas (-66.2%). La caída en el precio de los energéticos junto con la contracción en los precios de los bienes agropecuarios ha llevado a una reducción en el crecimiento del componente no subyacente del índice de precios, el cual de 2013 a la fecha ha pasado de crecer a tasas del 4.5 por ciento al 1.3% actualmente (Gráfica 3).

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Esto explica porque las autoridades en México están más concentradas en los datos de la inflación subyacente (que excluye el precio de los energéticos y los bienes agropecuarios), que en las cifras de la inflación general.

Sin embargo, la caída de los precios en los commodities no se ciñe solamente al componente no subyacente de la inflación. El precio de las materias primas tiene impactos indirectos alrededor de varios sectores industriales en el país como son: la industria alimentaria  de tabaco y bebidas; químicos; papel, madera; o minería. Los precios de los bienes producidos por estos sectores entran en el  componente subyacente de la inflación, y reflejan la dinámica de los precios de las materias primas en dicho componente.

De acuerdo con el INEGI, los costos unitarios de estas industrias han estado retrocediendo desde el 2013 en paralelo a la caída del precio de las materias primas. Esto sugiere sugiere que ha existido un efecto generalizado de desaceleración en los precios generado por la caída en el precio de las materias primas.

El letargo de la demanda.

Al mismo tiempo que los factores externos han inducido una caída de los precios, al interior de nuestra economía el gasto doméstico no ha cobrado el brío necesario no sólo para crecer económicamente, sino para generar presiones inflacionarias por el lado de la demanda. Es decir, la demanda no ha crecido lo suficiente como para llevar a las empresas a incrementar sustancialmente sus precios. El consumo privado en general desaceleró bruscamente entre 2013 y 2014, y apenas el año pasado logró repuntar con un crecimiento promedio del 3.3 por ciento.

Dicha mejora significó un avance importante en el proceso de recuperación económica, lo que afianzó el crecimiento de las ventas minoristas en su conjunto, así como de las tiendas registradas ante la ANTAD, las cuales lograron crecer a un promedio del 4.6 y 7.0 por ciento respectivamente hasta noviembre del año pasado. Esto no sucedía desde el 2012 (Gráfica 4), y apunta a que inicia una recuperación en el consumo privado.

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A pesar de ello, la fase de recuperación de la economía ha tomado bastante tiempo,  y no ha estado empatada con los movimientos alcistas del tipo de cambio. Esto ha provocado que durante los periodos de sobrerreacción cambiaria (como el observado entre noviembre y diciembre de 2014, o más recientemente en enero de este año) no ha existido un alza sustantiva del consumo, lo que inhibe las presiones de precios por la actividad doméstica. En otras palabras, no tener inflación en este caso también significa no estar creciendo.

Las Características del INPC

Una de las cualidades más importantes por las que no está habiendo inflación en México pudiera estar inmersa en el propio indicador con el que medimos el alza de precios. El Índice Nacional de Precios al Consumidor refleja los precios dentro de la canasta básica de consumo en México, la cual abarca 283 productos genéricos que se escogen a través de la información que brinda la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), y por ahí esta el truco.

La conformación actual del INPC tiene hasta el 23% de su peso recargado en el sector de alimentos y bebidas, el cual por su relación con el precio de las materias primas muestra una tajante desaceleración, lo que promueve la moderación del INPC en su conjunto.

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El otro componente de mayor peso son los gastos en vivienda, de los cuales el 20% también está vinculado a precios energéticos, lo que quiere decir que hasta el 30% de los componentes totales de la inflación en México han seguido una tendencia a la baja generada por las condiciones externas.

Esto significa dos cosas: Primero, que por la simple composición del INPC hay cerca de medio punto porcentual en la tasa de inflación (una cuarta parte) que es presionada a a la baja por la desaceleración del precio de los commodities en los mercados internacionales. Segundo, que así como la depreciación cambiaria no puede achacársele por entero al Gobierno Federal, tampoco han sido las Reformas Estructurales las que han aminorado la inflación en México. Ambas variables parecen conducirse sin control interno alguno.

Ahora, si vemos la inflación un poco más de cerca, podemos notar que el precio de los bienes duraderos ha comenzado a crecer silenciosamente, y aunque  el incremento en el precio de dichos bienes permanece muy cerca del 3.0%, es notoria una tendencia a la alza respecto a su comportamiento de hace 3 años. Esto significa que el precio de automóviles, la vivienda, y algunos electrodomésticos sí esta aumentando.

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La misma dinámica puede apreciarse para el caso de los precios al productor, o el índice de precios implícitos de la economía (el deflactor del PIB), todos los cuales van cerca de 1 p.p. arriba de lo que sugiere la inflación general al consumidor o la inflación subyacente del país. Esta diferencia radica en que el precio de los bienes duraderos (donde puede tener mayor incidencia el tipo de cambio), apenas representa el 5% del INPC, mientras que en el Índice Nacional de Precios al Productor pesan alrededor del 48%.

¿Quiere decir esto que en realidad si está habiendo un traspaso del tipo de cambio hacia los precios?, No completamente.

De acuerdo con los indicadores de precios al productor que tiene el INEGI, hay algunos sectores de la economía que están manifestando un alza de precios relativamente importante, como son el caso de la construcción (4.38%); las manufacturas (4.34%); y el precio de las mercancías en general (5.29%), y que en efecto no están siendo reflejados en el INPC y dan la sensación de tener una “inflación encubierta”. Pero en su gran mayoría, las alzas de precios parecen ser estables y ordenadas, al tiempo que el alza de estos precios no ha afectado la formación de precios en los servicios, lo que mina a su vez efectos de segundo orden en la inflación y contaminación de las expectativas inflacionarias.

Adicionalmente a estas razones, hay otras dos cuestiones por las que la inflación en México ha divergido respecto a la del resto de las economías que sufren de vulnerabilidad cambiaria. La primera de ellas es que aunque la depreciación de las monedas emergentes respecto al dólar ha sido generalizada, no ha sido homogénea.

Mientras el peso mexicano se ha desquiciado en los primeros 30 días del 2016, su depreciación no ha alcanzado las vorágines vividas en otras monedas emergentes cuando ampliamos el horizonte de tiempo (Gráfica 9). Esto que muestra que no hemos estado expuestos a tanta presión inflacionaria por parte del tipo de cambio como en otros países.

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En segundo lugar, y como Banco de México dio a conocer en su último reporte de la inflación, el comportamiento heterogéneo de la inflación no puede atribuirse únicamente al movimiento del tipo de cambio en cada país, y en México el coeficiente de traspaso es de los más bajos en América Latina.

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Esto significa que el comportamiento de la inflación en México está mucho menos determinada por el tipo de cambio actualmente, que en otras economías emergentes. ¿Por qué?

Teóricamente hay 2 razones. Por un lado, autores como Taylor (2000); Ball (1998); o Torres (2005)[1]argumentan que el traspaso es una función de la evolución histórica de la inflación, y que al transitar las economías de un ambiente de alta inflación a uno de baja inflación el traspaso tiende a desaparecer. Bajo esta óptica, la estabilidad de precios de la economía mexicana le ha brindado cierta capa protectora ahora que hay turbulencia cambiaria.

Por otro lado, una segunda razón por la que el traspaso podría haber disminuido en México está apoyado en las premisas de Calvo y Reinhardt (2002); Hausman (2000) y Galindo y Ros (2006)[2], las cuales dictan que la inflación estructural de las economías emergentes (como la mexicana), puede estar calibrada por variables como: la contención salarial; la austeridad fiscal; el detrimento de la demanda, etc. Lo que sugiere que el poco traspaso del tipo de cambio a la inflación se ha ganado a quemarropa, a costa de no crecer.

Más aún, sucede que en estos casos, aunque el traspaso haya disminuido, movimientos bruscos del tipo de cambio (no ordenados) pueden llegar a impactar de manera importante el nivel general de precios. Esto obliga a la autoridad monetaria a ser precavida, e inyectar dólares al mercado de vez en cuando.

En suma, si hay un alza de los precios en México que pudiera estar siendo motivada por el tipo de cambio. Pero es un fenómeno limitado a ciertos sectores, contenido por la caída de los precios energéticos, y que da el margen suficiente como para seguir dejando flotar (por ahora) a la moneda.

 


[1] Taylor, J. B. “Low Inflation, Past-Through, and the Pricing Power Firms”, European Economic Review. 44 p.p. 1348-1408

Ball, L. “Policy Rules for Open Economics” National Bureau of Economic Research, Working Paper 6760. 1998. p.p. 1-28

Torres, A. “Reducing Inflation through inflation targeting: The Mexican Experience”. Banco de México, Documentos de Investigación, julio 2005

[2] Calvo, G. y C. Reinhardt, “Fear of floating”, The Quarterly Journal of Economics, 177, 2002

Haussman, R. “Why do country’s float the way they float?”, Inter-American Development Bank, Working Paper 418, 2000, p.p. 1-40

Galindo, L. y J. Ros. “Alternative to inflation targeting in Mexico”. Political Economy Research Institute(7), 2006. p.p. 1-25