Desde la antigua Grecia se utilizaron proporciones para sistematizar la anatomía del hombre y poder reproducirla en las artes de una manera sencilla. En un principio se relacionó, por ejemplo, la altura con la longitud de la cara siendo siete cabezas y media un cuerpo, respectivamente. Tuvieron que pasar casi 15 centurias para que el italiano Fra Luca Pacioli descubriera al número Phi, la relación de media y extrema razón,  en la cara y el cuerpo del hombre lo cual -a manera de mal necesario- reforzó la idea religiosa del diseño inteligente y la denominada geometría sagrada. (No fue Leonardo da Vinci quién la popularizó y no, tampoco se encuentra en su célebre estudio conocido como El hombre de Vitrubio). No pasó mucho antes de que se encontrara Phi en animales y plantas lo que le ganó el nombre de  “Proporción áurea” como si fuera la fórmula que utilizó el creador para diseñar lo vivo… Hoy en día sabemos que si una pintura o escultura cuya composición se basa en algún patrón del número cinco –cómo un pentágono o un múltiplo de este como un decágono-, entonces se puede asegurar que la Proporción Áurea está implicada.

Curiosamente, el ADN se acerca ‘peligrosamente’ a esta composición.  Hay tres tipos de ADN -tipo B, A y Z- con aproximadamente 10, 11, y 12 bases por vuelta, respectivamente, siendo el tipo B el más común. A-DNA,_B-DNA_and_Z-DNA

Esto quiere decir que al proyectar la vuelta de una hélice sobre el plano perpendicular al eje, queda inscrito de manera aproximada en un polígono de 10 lados.

Single Helix DecagonSingle Helix Decagon+pentagram

¿Se trata de una bonita coincidencia o es otro caso donde la naturaleza se optimizó con el paso del tiempo? Una buena pregunta para el Creador, Multivac, el demiurgo o el Monstruo de Espagueti. Pero cómo no tenemos acceso a ninguno de ellos, entonces nos toca elucubrar… Si utilizamos el mismo razonamiento que con el cuerpo humano, donde la proporción áurea se manifiesta de manera aproximada, entonces indudablemente también es inherente en el ADN lo que alza la intrigante pregunta de si Phi tuvo un papel en la evolución ya sea como causa o consecuencia. Se sabe que Phi es una relación que optimiza espacios geométricos, así que no es descabellado pensar que el proceso evolutivo llegó a esta configuración para el medio de transporte de la información genética a través del mecanismo de Selección Natural.  Después de todo, lo mismo sucede con la naturaleza macroscópica.

Reflexión

Cuando vemos una estrella de mar y reconocemos su simetría radial, o cuando vemos un pentagrama en el cáliz de una rosa o la distribución de los pétalos en la rosa misma con una secuencia como la de Fibonacci, entonces nos maravillamos por el patrón evidente y se nos antoja llamar a la naturaleza con el nombre de un gran artista. No podría haber mayor falta de humildad que esta. Como se ha discutido antes, hay que ser lo más objetivos posibles. Sí, es un hecho que la proporción áurea es una relación matemática ordenada y simétrica –y atractiva al hombre-. Sin embargo no podemos caer en el error de confundir las causas y las consecuencias -como lo ha hecho de manera descarada el ‘Dr.’ Stephen Marquardt y su supesta Máscara de la Belleza-.

Primero la naturaleza comenzó a utilizar el mecanismo de la evolución, luego integró en este mecanismo ciertos recursos de optimización entre los que se encuentra la proporción áurea.

Luego la naturaleza creó al hombre -y las demás especies- en un proceso orgánico y lento llamado evolución durante el cual también se tatuó (se tatúa en cada vida de cada hombre individual) en su psique ciertos conceptos básicos de belleza –como el concepto de orden o simetría- y entre los que caben la proporción áurea.

Hasta el final: el hombre reconoce y se siente atraído por elementos externos a su propia anatomía que incluyen la proporción áurea y es capaz de aplicarla en las artes.

Es entonces cuando el hombre se maravilla por la simetría de las flores. Y los patrones en espirales de los girasoles. Y considera una cara simétrica y proporcionada como bella. (Digo, no es coincidencia que el hombre usualmente encuentre  tan repulsivo y ajeno algo “desordenado” como lo es una araña o una serpiente.)

Por lo tanto, decir que la naturaleza es un artista es tratarla con condescendencia pues la coloca abajo y decimos que se parece a nosotros cuando nos revela sus secretos en patrones sencillos. Se nos olvida que es la misma naturaleza la que de repente alza su falda otro tanto y nos regala una ecuación, un principio, una teoría física que explica la vida y lo no vivo, no sólo en términos geométrico-espaciales sino en relación con el tiempo. La física y la química usualmente arrojan resultados de mayor complejidad que PHI por lo que, en mi humilde opinión, no hay que colocar a la “divina proporción” en un pedestal más alto que las ecuaciones de Maxwell o que la teoría de la relatividad. De hacerlo, entonces todas las ecuaciones que describen a la naturaleza tendrían el carácter de sagradas, divinas o áureas.