Conforme han ido avanzando las elecciones primarias en Estados Unidos la candidatura de Donald Trump ha adquirido fuerza, ganando diversos estados y acercándose cada vez más a obtener la nominación republicana. Trump ha pasado de ser un “espectáculo” a un contendiente con posibilidades reales de ser presidente. Ello ha incrementado el escrutinio no solo sobre su persona y sus propuestas, sino también sobre sus seguidores. La posible victoria de Trump tiene profundas implicaciones para el Partido Republicano, para la democracia en Estados Unidos y para el mundo; de ahí la necesidad de buscar explicar el fenómeno y tomarlo como algo serio.En este artículo no hablaré sobre lo que podría pasar de ser electo Trump, sino sobre los factores de corto, mediano y largo plazo que pueden explicar la fuerza de este candidato y cómo se inscriben en tendencias más profundas y de más largo alcance en la política estadounidense. Con el fin de hacer más claro el análisis, he divido las razones que considero explican su auge según si son de corto, mediano o largo plazo. El primer párrafo de cada razón buscar hacer un resumen.

Largo Plazo

Aquí se inscriben explicaciones que recurren a la historia y que parten de procesos complejos que se han ido desarrollando crecientemente.

  1. Divisiones raciales: a pesar de los avances, hay sectores para los que la raza sigue pesando y suelen tener una mucho mayor representación en el partido Republicano, lo que favorece un discurso anti minorías y antiinmigrante.

Estados Unidos se ha preciado siempre de ser una democracia. Sin embargo, no siempre ha sido completamente inclusiva y no ha estado exenta de fuertes fricciones: basta recordar que algunas de ellas llevaron a una guerra civil. Aunque parezca muy lejana, la división entre la Confederación (los estados sureños esclavistas, centrados en una economía agrícola) y la Unión (los Estados del Norte y el Oeste, con un modelo económico más industrializado y horizontal) sigue pesando. Después de que Lincoln, del partido Republicano, firmara la abolición de la esclavitud (en los estados sureños como una medida de guerra) y la Unión ganara la guerra, el sur se volvió fuertemente demócrata. A partir de la decisión de la Corte Suprema de “iguales pero separados” muchos estados sureños dificultaron la participación política de los afroamericanos y mediante políticas segregacionistas limitaron sus oportunidades de ascenso económico y social.

Con el movimiento de los derechos civiles en los sesenta el gobierno federal finalmente tomó medidas para la integración racial, la cual enfrentó fuertes reacciones en los estados sureños. Hay una anécdota: cuando el presidente Johnson firmó en 1964 la Ley de Derechos Civiles, supuestamente le dijo a un ayudante: “Hemos perdido al sur por una generación”. A lo que se refería es que esos votantes que eran demócratas a partir del resentimiento a Lincoln y a la derrota en la guerra civil, ahora estarían en contra del partido demócrata por haber propiciado la integración. Las palabras se volvieron ciertas: Richard Nixon implementó la “estrategia sureña” mediante la cual integró a estos votantes al partido Republicano. Aunque con algunas excepciones (como la victoria de Jimmy Carter en 1976) los votantes sureños blancos se han vuelto un bastión republicano.

Este grupo, socialmente conservador, ve un peligro en el avance de minorías como los hispanos y los afroamericanos. Por eso la idea de candidato que plantea medidas contra los inmigrantes y los musulmanes tiene un fuerte eco. Conforme ha ido avanzando el proceso de las primarias, la campaña de Trump ha estado ligada con un discurso con insinuaciones raciales. El apoyo del Ku Kux Klan (y que Trump se tardara en deslindarse), no es un suceso aislado: el discurso de este candidato es bastante atractivo para los votantes blancos más conservadores, quienes generalmente votan Republicano. A pesar de los grandes avances que ha habido en décadas recientes, la raza sigue teniendo un peso en la política.

  1. Tendencias autoritarias de ciertos sectores de la población: un importante grupo de votantes ven como una amenaza los cambios económicos y sociales del país y optan por un líder que promete, aunque sea por la fuerza o con medidas punitivas, hacer retroceder esos cambios, hacer del país lo que era antes.

Al ver los votos que ha recibido Trump, destaca que su apoyo no está determinado por edad, sexo, religiosidad o nivel ingreso. A diferencia de otros candidatos que apelan a sectores más específicos del electorado (como Ted Cruz a los evangélicos e ideológicamente más conservadores), Trump ha logrado obtener altos porcentajes del voto republicano en diversos sectores, lo cual le ha ayudado a ganar en varios estados más allá del sur. Ante este fenómeno, varios politólogos han encontrado que un rasgo que define a sus votantes es la propensión a respuestas autoritarias (el segundo mejor factor es nivel de educación: quienes tienen menos estudios suelen votar por él). Para leer sobre este tema en profundidad recomiendo este artículo, en el que se basa la siguiente explicación:

Trump tiene un estilo autoritario: respuestas simples, poderosas y punitivas. Encarna un populismo de derecha que ve en el “otro” (migrantes, musulmanes, homosexuales, liberales) una amenaza, y por lo tanto promete restaurar el orden previo: no es coincidencia que su eslogan sea “Make America great again”. Ataca la “corrección política” y en palabras de sus seguidores “lo dice como es”, a pesar de que no ha dado muchos detalles sobre lo que verdaderamente hará de ser presidente.

Para entender por qué resuena su mensaje, hay que entender al votante “autoritario”, el cual prefiere el orden y la preservación de los “valores tradicionales” y ve como amenaza cualquier cambio: el crecimiento de las minorías, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, etcétera. A esa predisposición hay que agregar que muchos de ellos (los menos calificados, con menores niveles educativos), se han enfrentado a una situación económica adversa, lo cual dispara percepciones como la de que los migrantes son quienes les “roban” los trabajos. No sólo eso, hay indicios de que ante amenazas externas a la seguridad incluso quienes no tienen tendencias autoritarias pueden votar por un líder autoritario. La amenaza del terrorismo global (que tiene un megáfono en los medios conservadores) ha acentuado este tipo de reacción entre ciertos sectores, ampliando el número de votantes que podrían ser receptivos a un mensaje como el de Trump.

En las últimas décadas el partido republicano ha atraído más a los votantes autoritarios, al presentarse como el partido de la ley, el orden y la conservación de los valores tradicionales. Con ello, se han ido concentrando cada vez más en él dichos votantes, hasta llegar a ser una ligera mayoría. Ello ha generado una división al interior del partido, lo cual ha dificultado la posibilidad de avanzar una plataforma común (lo cual se ha visto desde que tienen la mayoría en el Congreso) y en el proceso de las primarias es lo que ha permitido a Trump tener un alto porcentaje de apoyo.

Siguiendo esta línea de pensamiento, su conclusión tiene fuertes implicaciones: Trump es sólo un síntoma de un problema más grande; el que haya un sector autoritario y una narrativa de cada vez mayores amenazas externas e internas, es campo fértil para futuros populistas.

Finalmente, en términos internacionales, no se trata de un fenómeno aislado. Hay quienes han hecho comparaciones con líderes como Berlusconi en Italia. Y no habría que desdeñar otras comparaciones con Le Pen en Francia, Wilders en Países Bajos o en términos históricos con Hitler o Mussolini, símiles que no han faltado en redes sociales y medios.

  1. Tendencias económicas internacionales que han generado presiones en la clase trabajadora. La globalización afecta a todos los países, pero el impacto no es parejo: hay ganadores y perdedores. En Estados Unidos, ha crecido la desigualdad y la clase trabajadora ha sido de las más afectadas, lo que la ha impulsado a buscar un cambio.

Aunque el comercio ha sido un fenómeno histórico, la creciente interconexión de los flujos económicos, financieros y de producción en el mundo se ha acelerado especialmente desde el fin de la Guerra Fría. La creación y ampliación de la Organización Mundial del Comercio, la suscripción de tratados de libre comercio tanto bilaterales como regionales, y el que muchos bienes y servicios se produzcan mediante una división de trabajo a nivel global ha modificado la configuración económica de muchos países. Si bien en el agregado esta liberalización del comercio mundial ha tenido efectos positivos, éstos no se han distribuido de manera equitativa. En cada país ha habido ganadores y perdedores. Un ejemplo muy claro de ello es la manufactura: mientras que muchos países en vías de desarrollo han incrementado su producción de manufacturas aprovechando bajos costos laborales y de producción, en los países desarrollados las personas que antes producían esos bienes se han encontrado un panorama de desindustrialización y menores oportunidades.

En el caso de Estados Unidos la clase trabajadora con menos educación y por lo tanto menos habilidades para insertarse en la economía global ha sido la más golpeada; todo ello en un contexto de creciente desigualdad y tras haber atravesado una severa crisis económica. Por lo tanto, son estas personas las que tienen más incentivos a romper con uno de los consensos de la política estadounidense: el libre comercio. Antes esas personas el discurso de Trump, que tiene toques proteccionistas y promete hacer que Estados Unidos deje de “perder” en su comercio con China, Japón, México, etcétera, se vuelve atractivo (aun cuando él sea, como empresario, parte de ese mismo fenómeno). Esos votantes, con baja educación, son presa fácil de una visión como la de Trump, que ve el comercio como un juego de suma cero, porque ellos han resentido las consecuencias negativas y por lo tanto, es difícil que cambien de opinión (lo cual ayudaría a explicar parcialmente su lealtad al candidato y el que muchos de ellos tenga su decisión tomada semanas antes de ir a las urnas). Finalmente, como corolario, este sector ve en los inmigrantes un chivo expiatorio, a quien acusa de “robarle” los trabajos, aun cuando la situación detrás de ello sea algo mucho más complejo y que va más allá de un solo país.

Mediano Plazo

En el mediano plazo hablo de tendencias relativamente recientes, de menos de 10 años.

  1. Un electorado molesto con Washington y las élites políticas: la disfuncionalidad institucional y la imposibilidad de la clase política de generar cambios hacen que muchos votantes opten por candidatos de fuera del sistema (outsiders).

Un argumento recurrente entre los analistas de las elecciones primarias republicanas (e incluso demócratas) es que un importante grupo de electores está molesto con Washington. El enojo parte de la percepción de que la clase política es incapaz de modificar el status quo y dar una solución a los problemas del país (cabe mencionar que los demócratas y republicanos no comparten las mismas prioridades o incluso definiciones de cuáles son dichos problemas, como puede verse con el caso del cambio climático, el cual muchos republicanos niegan que exista). La polarización del electorado, un fenómeno que podría inscribirse en los de largo plazo, ha generado que sobre todo en el Congreso sea imposible ir más allá de los acuerdos más básicos, generando una parálisis institucional que precisamente dificulta que haya cambios. Este enojo con las élites políticas, que definitivamente tampoco es exclusivo de Estados Unidos, da la ventaja a un candidato de fuera (outsider), que argumenta no ser parte del sistema y que promete cambiarlo. Una narrativa recurrente en esta primaria republicana es que “las bases” se han rebelado contras las élites (el llamado establishment) al apoyar a Trump, quien se enorgullece de no tener experiencia política.

  1. El desgaste de la presidencia de Obama: los electores no sólo buscan en otro partido un cambio; también se fijan en las características personales de los candidatos. Para los republicanos, que nunca vieron de forma positiva a Obama, Trump es el opuesto y por lo tanto una buena opción para modificar el rumbo del país. Trump es el anti-Obama.

Ejercer el poder desgasta: no sólo al presidente, sino a su partido. Los electores cuando buscan un cambio votan por otro partido, y en ocasiones buscan un líder con características que contrasten con las del gobernante saliente. Al ser el presidente Obama un demócrata los republicanos son los que más fuertemente critican la situación del país, lo cual es de esperarse. Más allá de ello, en el plano personal, los republicanos han sido particularmente críticos de algunas de sus características como gobernante. Su cautela en asuntos internacionales (su reticencia a enviar tropas a Siria, por ejemplo) la han tachado de tibieza; su forma a veces casi académica de expresarse, la han buscado retratar como lejana. A partir de esa manera de ver las cosas, muchos republicanos piensan que lo que se necesita es un presidente que no dude, que no haga matices, que no hable de un mundo complejo sino que proponga soluciones simples; que no tenga consideraciones a ejercer el poder particularmente desde un punto de vista militar. Trump, en muchos aspectos, es el opuesto de Obama, lo cual lo hace la elección natural para muchos republicanos que jamás sintieron simpatía alguna por el actual presidente. No hay que olvidar que Obama mismo se benefició de este fenómeno: su manera de ser y de actuar contrastaban en muchos aspectos con las del presidente previo, Geroge W. Bush, sobre todo después de dos guerras sin buenos resultados (Irak, Afganistán) y una debacle económica.

Corto Plazo

En el corto plazo me refiero a razones coyunturales, específicas de este ciclo electoral.

  1. Un campo dividido: al haber muchos aspirantes a la candidatura republicana, muchos de ellos se pelearon entre sí y con ello permitieron que Trump se consolidara como puntero, ya que consideraron que no tenía las características de un candidato presidencial serio.

En las campañas electorales de Estados Unidos a lo largo de muchos ciclos electorales se han ido construyendo convenciones sobre las condiciones que debe cumplir un candidato para poder aspirar a la presidencia. Las principales son: debe de ser un político experimentado o carismático; debe tener una buena organización de campaña y recaudar muchos fondos (en Estados Unidos las campañas en su mayoría se financian de manera privada); debe contar con el apoyo de las élites del partido y debe de ser moderado, para que al llegar a la elección general, pueda atraer el voto independiente, de centro, y con ello vencer al opositor (esto se debe a que el sistema electoral de Estados Unidos propicia el bipartidismo). Trump no es un político, no ha recaudado fondos a la par de sus principales rivales, no contaba en un inicio con el apoyo de las élites y definitivamente no es centrista ni moderado en su discurso. Por eso, al lanzar su campaña, tanto sus rivales como muchos analistas políticos lo descartaron como un contendiente serio. Los otros aspirantes republicanos se pelearon entre sí y hasta hace poco le dedicaron muy pocos ataques (a pesar de llevar meses en el primer lugar de las encuestas). Incluso una vez que empezó a ganar estados, predominó la lógica de que aquel que quedara para enfrentarlo, lograría vencerlo, lo cual se ve cada vez más menos probable.

  1. Un buen manejo de medios: a pesar de ser muy diferente del candidato presidencial típico en muchos aspectos, hay algo en lo que Trump es particularmente hábil: en acaparar la atención en una campaña en la que los medios juegan un papel fundamental.

En un país de más de 320 millones de habitantes la comunicación e interacción entre los políticos y los votantes depende en buena medida de los medios de comunicación. La atención de los medios es fundamental para que un político se dé a conocer a nivel nacional y pueda tener una campaña viable (más entrevistas y reportajes es igual a más publicidad gratis). Sin embargo, muchas veces la cobertura de la elección se centra más en la “carrera de caballos” (quién va adelante en las encuestas, quién ganó tal o cual estado y adquirió mayor impulso) que en generar un debate serio de los principales temas del país y las propuestas para atenderlos. En un ciclo electoral de muchos precandidatos, como fue el caso republicano esta vez, alguien que logra atraer la atención (por la razón que sea, buena o mala) tiene ventaja. Trump lo hizo al lanzar su candidatura haciendo una serie de comentarios desafortunados y falsos sobre los mexicanos y con ello acaparó buena parte de la cobertura. Su inicial auge en las encuestas podría entenderse como que entonces era el candidato con mejor “reconocimiento de marca”. Una vez que logró ser el primer lugar, aprovechó esta cobertura de “carrera de caballos” para enfatizar que era el primero y con ello generar una narrativa de “ganador”.

Un dato muy importante: los políticos evitan los escándalos. Una declaración desafortunada, una equivocación en un debate, pueden ser motivo suficiente para la debacle de un candidato. Trump ha generado escándalo tras escándalo (críticas a mexicanos, declaraciones contra McCain y los prisioneros de guerra, el altercado con Jorge Ramos, prohibir la entrada a musulmanes, y la lista sigue) y ninguno de ellos ha tenido un impacto negativo duradero en el apoyo que recibe. Se deben tomar en cuenta muchas de las razones ya explicadas en este artículo (sus tendencias autoritarias, el desencanto con los políticos), pero no debe de obviarse la capacidad de Trump para atraer la atención de los medios (hay que recordar su experiencia previa como anfitrión de un reality show). Ello puede verse claramente al observar lo que pasó con la campaña de Ben Carson, quien a pesar de tampoco ser un político y tener algunas posiciones bastante extremas, no logró atraer la suficiente atención para ganar en las primarias.

A manera de conclusión

El ascenso de Trump puede explicarse como que es un personaje muy hábil para usar los medios y su dinámica durante el ciclo electoral que aprovechó unas primarias republicanas con muchos rivales que se pelearon entre sí y que lo descartaron como un candidato viable hasta hace poco (cuando ya tenía varias victorias estatales y una importante ventaja). Pero Trump va más allá de ello; ha logrado capitalizar la animadversión de muchos republicanos a Obama y su administración y se ha visto impulsado por un enojo contra la clase política por su incapacidad de modificar el status quo. Sin embargo, su candidatura y el apoyo que ha recibido van más allá del enojo contra un presidente o un partido; hay diferencias profundas (raciales, económicas y de cómo debe generarse un cambio) que vienen gestándose por décadas y que han propiciado que ciertos sectores sean más propensos a apoyar a un candidato como él: con respuestas simples, punitivas, que prometen “restaurar” al país su grandeza.

La coincidencia de todos esos factores podrían hacer de Trump la excepción a la regla. Sin embargo, varias de las circunstancias de largo plazo como la polarización entre los partidos y un grupo de votantes con tendencias autoritarias podrían permitir el ascenso de candidatos semejantes en el futuro. Trump en buena medida representa el surgimiento de una nueva coalición al interior del partido republicano y de la política estadounidense en general. Por lo tanto, el avance y desenlace de este ciclo electoral tienen una importancia especial: podrían alterar no sólo la dinámica al interior de dicho partido, sino el funcionamiento mismo de la democracia en Estados Unidos. En otras palabras: aunque parezca, esto no es un espectáculo, es algo mucho más serio.