Por Daniel Manchinelly*

Como mercancía de una sociedad de consumo, el automóvil cumple una doble función en la ciudad: por un lado, un valor de uso cuya utilidad se justifica por la libertad de movimiento que provee a las personas, destinado a cumplir una disminución del tiempo en relación a un espacio recorrido entre dos puntos; por otro, un valor simbólico creado para exhibirse como materialización, no sólo de los recursos económicos, también como materialización de un estilo de vida. El valor de uso, como función manifiesta, es expresado por medio de racionalizaciones de diversa índole, insinuaciones cuyo objetivo es amortiguar y, en todo caso, reprimir el valor simbólico en bruto en tanto función latente. Por eso es un objeto de consumo que clasifica a su poseedor en una categoría social por medio de eufemismos. Mientras que, por un lado, hay una postura funcional y pragmática que busca la maximización de la utilidad que puede proveer la tecnología motorizada, que está más acentuada en aquellas fracciones de la clase popular, en donde se destacan más las capacidades utilitarias a razón de un principio de realidad que impone condiciones de precariedad; por otro lado, hay un discurso con base en el uso social del automóvil, que busca una maximización de las ganancias simbólicas, que está más acentuado en aquellas fracciones de la clase media privilegiada y de la élite de poder política y económica en donde se compite por el reconocimiento social, a través de la adquisición de objetos simbólicos altamente valorados por una estética vinculada al precio y al prestigio de la marca.

En ese sentido, si se considera que el automóvil es uno de los objetos más publicitados por las diferentes plataformas de los medios de comunicación, dentro de la lógica de una sociedad de consumo, esto es que esta tecnología se modela como un objeto para ser visto y, por lo tanto, como un objeto para ser deseado por medio de la captura de las miradas de reconocimiento de los otros; si consideramos que de la mano de esta publicidad se encuentra la exhibición de estilos de vida conformados por los estratos privilegiados; si consideramos los efectos sociales de la movilidad social ascendente los cuales implican la posesión y disposición de símbolos cristalizados, deseables porque tienen impacto efectivo en la realidad social inmediata; si se considera lo anterior se podría sostener que el automóvil es parte de la producción y reproducción de una semiótica del deseo que proviene no sólo de la complicidad del campo automotriz y del campo publicitario, con respaldo del Estado, sino de aquellas posiciones sociales en ascenso que se esfuerzan por adquirir ese objeto del deseo porque es ansiado colectivamente.

Cabría suponer que la deseabilidad por este objeto en los individuos en busca del ascenso social, es efecto del dominio simbólico que proviene de los estratos privilegiados, a razón de que monopolizan los recursos económicos y simbólicos de una nación, cuyo resultado es que el principal uso social del automóvil se encuentra dentro de la lógica social del prestigio en los estratos subordinados. Y es que estas élites políticas y económicas, al tener más medios que distribuyen su representación del mundo y más recursos económicos que transforman su voluntad en realidad, reproducen socialmente un orden social que recompensa aquel que posee aquellos bienes simbólicos legitimados por este grupo. De ahí el papel destacado que juegan los recursos simbólicos en los enclasamientos y desclasamientos de los hogares, ya que funcionan como un ancla significante que determina más o menos fielmente la posición del sujeto en la estructura social frente al grupo de referencia inmediato, generando sensaciones de pertenencia, exclusión y aspiración, que a su vez crea emociones tales como la autoestima y el orgullo pero también emociones como el resentimiento, la inseguridad y la depresión.

Pero esta dominación simbólica no es totalizadora, ya que hay discursos en resistencia producidos por grupos que proponen un “mundo al revés”, es decir, una inversión simbólica frente a lo que plantean los grupos privilegiados. Sin embargo, siempre estos esfuerzos están acotados temporal y espacialmente, y no tienen la suficiente fuerza para provocar cambios suficientes, revoluciones simbólicas que no sólo transformen al Estado, sino que incluso modifiquen los marcos sociales de percepción, apreciación y acción con los que se construye cotidianamente la realidad de aprecio social por el automóvil. Lo que sí han realizado estos esfuerzos colectivos ha sido pequeños cambios en el sentido reformista: transformaciones que no implican una transvalorización de los valores simbólicos alrededor de este objeto.

Y es que el automóvil, así como la vivienda y el estrato socio-espacial en donde está edificada, están entre las formas simbólicas que más revelan la condición social de existencia de los sujetos, al ser los más visibles por su tamaño y significado social. Los automóviles se encuentran jerarquizados por sus dimensiones, por su potencia y por su edad que está vinculado en casi todos los casos con los precios. Además sufre el impacto de la moda al ser un bien que se desprecia con el transcurso del tiempo, y que en esta devaluación gana regulaciones impuestas por los gobiernos urbanos. El automóvil al estar clasificado a partir de una lógica binaria que va de lo nuevo y caro hasta lo viejo y barato –lo caro y viejo son excepciones a la regla- transfiere dichas cualidades estratificadas a su dueño y por extensión a los que comparten asiento con él, que se conjugan con los condicionantes de estatus adscritos al cuerpo por consumo, como la ropa y los accesorios, y con los condicionantes de estatus adscritos al cuerpo y al lenguaje por herencia biológica y social y por trayectoria de vida, que en una sociedad jerarquizada, excluyente y discriminatoria como la Ciudad de México determinan la calidad de las experiencias urbanas en la vida cotidiana.

Asimismo, hay que tomar en cuenta que el automóvil está enmarcado por una lógica impregnada desde su genealogía social de finales del siglo XIX: tecnología creada para el dominio simbólico de los hombres privilegiados. Los automóviles son artefactos masculinizados que por extensión de apropiación le da prestigio social al varón pero como expresión de virilidad: cristalización económica de un estilo de vida conducido estéticamente, violencia de la velocidad como osadía masculina, y poder simbólico en tanto libertad de movimiento e independencia de los recursos. Que por contagio, los varones de las clases dominadas adquirieron de las clases dominantes cuando el automóvil pudo ser adquirido con mayor facilidad después de la mitad del siglo XX.

En efecto, hay toda una terminología referente a los automóviles que es monopolizada, por sus efectos reales y positivos, en tanto destreza cognitiva naturalizada por los hombres cuyo efecto es el poder simbólico. Las marcas, los componentes, la potencia, el precio y las herramientas son expresados como bien simbólico masculino, terreno discursivo en el que los hombres lucen su conocimiento práctico y teórico. Pero nada es tan potente para los varones como la posesión en tanto goce directo del automóvil. Y es que el orden social que produce y reproduce la dominación masculina otorga ventajas simbólicas a los varones al tener este tipo de tecnología, de manera que su ser social viril se concibe a partir de la posesión de un tipo automóvil, que entre más caro y estético más poder simbólico masculino y, por lo tanto, mayor reconocimiento no sólo de parte de las mujeres hipergámicas sino también de parte de los mismos hombres.

Esto significa que el automóvil es parte de las estrategias dramáticas de los actores varones en su vida cotidiana, en la medida en que es algo que vale e importa porque hay un mundo social que lo recompensa. No obstante, ante una saturación y redundancia de la presunción material y, por lo tanto simbólica, que puede poner en peligro la presentación dramática de la persona; brota como estrategia catalizadora una circunspección cuyo discurso discreto y tímido muestra sutilmente y de forma distraída un bien simbólico para ser apreciado. La prudencia en el exhibir de los varones se conjuga con la discreción de las mujeres hipergámicas por desear un varón con bienes simbólicos, entre los que se sitúa el automóvil, quienes por extensión del poder simbólico del hombre adquieren para ellas mismas un reconocimiento colectivo.

*Daniel Manchinelly estudia el doctorado en sociología en El Colegio de México.

  1. Sobre la función social del eufemismo en las relaciones jerárquicas ver Scott, James (1989), “Prestige as the Public Discourse of Domination”, Cultural Critique, No. 12, pp. 145-166. Y Packard, Vance (1962), Los trepadores de la pirámide, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, pp. 173-211. También Harris, Scott (1997), “Status Inequality and Close Relationships: An Integrative Typology of Bond-Saving Strategies, Symbolic Interaction, Vol. 20, No. 1, pp. 1-20.
  2. Baudrillard (1972) considera que los objetos tiene una función social en tanto signos dirigidos por una lógica de clase, que es una lógica de segregación social. Baudrillard, Jean (1972), Crítica de la economía política del signo, Siglo XXI, México, pp. 1-51.
  3. Passeron, Jean-Claude (1983), “La teoría de la reproducción social como una teoría del cambio: una evaluación crítica del concepto de “contradicción interna”, Estudios Sociológicos, Vol. 1, No. 3, pp. 417-442.
  4. Ver Barbalet J.M. (1992), “A Macro Sociology of Emotion: Class Resentment”, American Sociological Association, Vol. 10, No. 2, pp. 150-163. También Kemper, Theodore y Collins, Randall (1990), “Dimensions of microinteraction”, American Journal of Sociology, Vol. 96, No. 1, pp. 32-68. Y Collins, Randall (2000), “Situational Stratification: A Micro-Macro Theory of Inequality”, Sociological Theory, Vol. 18, No. 1, pp. 17-43.
  5. Scott, James (1990), Los dominados y el arte de la resistencia. Discursos ocultos, Ediciones Era, México, 2000, pp. 198-204.
  6. Duhau, Emilio y Giglia, Ángela (2008), Las reglas del desorden: habitar la metrópoli, México DF, Siglo XXI Editores. Y Saraví, Gonzalo (2015), Juventudes fragmentadas. Socialización, clase y cultura en la construcción de la desigualdad, México, Flacso México/CIESAS. Ambos textos ilustran la desigualdad social en las experiencias sociales, que son determinadas por las divisiones sociales de la Ciudad de México.
  7. Mujeres hipergámicas en el sentido de que son mujeres que se emparejan con varones que tienen mayor estatus social que ellas. Ver concepto de hipergamia en Barfield, Thomas (2000) (ed.), Diccionario de Antropología, Siglo XXI Editores, México, 2010. Y además ver Cashdan, Elizabeth (1996), “Women’s Mating Strategies”, Evolucionary Anthropology, No. 5, pp. 134-143.