Por Enrique Meléndez Zarco[1]

Haec fabula docet, numquam nos avaros
esse debere

Mulier et gallina

 

Es innegable que a lo largo de la historia de la literatura ha habido periodos en que se han privilegiado ciertos géneros sobre otros; no obstante la fábula ha gozado siempre de especial aceptación y vigencia, tanto por los seres creadores como por el asiduo público lector (o testigo) de todos los tiempos. De ahí que sea oportuno dedicar unas cuantas líneas para  revisar los antecedentes de esta clase de composición literaria a la vez que para destacar la necesidad de su producción y lectura hoy.

La fábula (lat. fabula, -ae: ‘conversación’)  es una clase de narración, generalmente breve, en prosa o en verso que ofrece una historia a partir de la cual es posible extraer una enseñanza vital, o bien una clásica moraleja. Se trata de un tipo de relato didáctico mediante el cual, a menudo, se hace una crítica de las costumbres, los hábitos, las pasiones y los vicios locales o nacionales de una comunidad así como de las características universales de la naturaleza humana en general. Cuando en el relato los participantes son cosas o animales humanizados hablaremos de apólogo y, en cambio, nombraremos parábola a las fábulas cuyos actantes sean seres humanos de la vida cotidiana.[2]

La fábula es, pues, una de esas formas literarias que —debido a su carácter lúdico y al mismo tiempo aleccionador— ha estado presente en distintas geografías, culturas y momentos de la historia universal humana. De ahí que su antigüedad y arraigo se remonten hacia Oriente en la China beligerante de los años 403-222 a. C. o a la India arcaica a través de obras como el Panchatantra, el Hitopadesa, el Calila e Dimna, Las setenta historias de un papagayo y Las veinticinco historias del vampiro, que tienen por protagonistas a animales o a seres de a pie de todos los días (mercaderes, campesinos, artesanos, etcétera). A estos ejemplos se añaden los que ofrece la Biblia con sus diversas historias de carácter moralizador, como la “Parábola de hijo Pródigo” y “La oveja perdida”, pertenecientes al Nuevo testamento (en el Evangelio, según San Lucas), donde ya se ofrece una enseñanza no sólo vital, sino también didáctica doctrinal.

Miniatura persa del Calila e Dimna - Panchatantra en sánscrito y persa antiguo

Miniatura persa del Calila e Dimna-Panchatantra en sánscrito y persa antiguo

Sin embargo, no sólo Oriente nos ha regalado estas excepcionales creaciones que seguimos leyendo y admirando en pleno siglo XXI. De igual forma, Occidente contribuyó, con no pocos representantes, a excitar el gusto del género por medio de autores como Esopo, esclavo griego, con obras como “El avaro y el oro” o “La madre y el hijo ladrón” o en la misma Roma por medio de Fedro, quien desde Macedonia aportó al mundo muestras de talento y observación invaluable en fábulas como “La zorra y el cuervo”, “El lobo y el cordero” y “La zorra y las uvas”.

La época medieval hispánica ofrece, asimismo, excelentes ejemplos de literatura ejemplar didáctica a través de talentos como el Conde Lucanor de don Juan Manuel en el que a través de sus cuentos —género que él inaugura en España en 1335, trece años antes que lo hiciera Bocaccio en Italia con su Decamerón — se observa un rico sustrato oriental en narraciones como el cuento XIX que intitula “Lo que sucedió a los cuervos con los búhos”[3] donde se restituye la vida de los menoscabados.  Con éste y otros ejemplos Petronio, el maestro, logra enseñar al conde Lucanor, joven caballero, diversas cuestiones relativas al cuidado de la fazienda, la fama y el estado (el estamento). Preciso es mencionar a Juan Ruiz, arcipreste de Hita, con su Libro del buen amor que, no obstante su carácter paradójico o dual, logra presentar narraciones a partir de las cuales puede extraerse un saber en este caso no sólo vital, ni doctrinal, sino incluso amoroso.

Conde Lucanor

Pero, sin lugar a dudas, el momento histórico en que quizá la fábula ha tenido su mejor y más rutilante momento fue el siglo XVIII, época en la que tiene lugar el denominado “Siglo de las Luces” o la “Edad de la razón” y en la que se suceden una serie de cambios políticos, sociales, culturales y económicos que configuran la mentalidad o el modo de ver el mundo del individuo de ese entonces, quien, con base en su fe a la razón, sistematizó todo cuanto había a su derredor, tanto en lo científico cuanto a lo humanístico. Así —dada la apreciación de que la razón era el único principio rector de la vida y la única ruta para aprehender el conocimiento y la felicidad—, la literatura se vio fuertemente imbuida por el ambiente de rigor y exactitud que se impulsó en el terreno de las ciencias en áreas como el de las matemáticas y la física con el cálculo infinitesimal de Gottfried Wilhelm Leibniz e Isaac Newton y la geometría analítica de René Descartes.[4]

En la España del siglo XVIII, la literatura recibe el influjo de esa serie de cambios de talante ilustrado —con antecedente en el clasicismo francés del siglo XVII— y los asimila en el neoclasicismo, que revalora la cultura clásica de Grecia y Roma, al tiempo que ofrece la pintura de los vicios y las costumbres de la sociedad a través de la escritura, así como las ideas de progreso, educación y civilidad, ad hoc a las propuestas de filósofos como Voltaire y Rousseau. Dos de los más grandes fabulistas del siglo XVIII y de la literatura toda española fueron, en definitiva, Félix María Samaniego y Tomás de Iriarte, ambos concurrentes de las Tertulias de San Sebastián, situada en la calle de Viento en España (actual calle de San Sebastián)[5] donde se discutía paulatina y vigorosamente en torno a la estética vigente.

De tales autores cabe destacar sus dos libros paradigmáticos: Las fábulas Morales de Samaniegoinspiradas en Esopo y Fedro, pero particularmente en La Fontaine, todo un clásico en Francia— con títulos como “La lechera” y “El asno cargado de reliquias”, que se revelan como toda una delicia para chicos y adultos y que hacen uso de la prosopopeya o personificación como recurso unificador; y Las fábulas literarias de Tomás de Iriarte en que, además de exhibir lo humano a plenitud, involucra cuestiones referentes a la perceptiva literaria o a los modos de composición, a saber su texto conocido “El burro flautista”.[6]

lechera

Johannes Vermeer, La lechera, 1660-1, Rijksmuseum, Ámsterdam.

Queda claro que a lo largo de los años, la fábula ha reportado puntos clave de la humanidad en distintas geografías del globo terráqueo. Gracias a ella hemos conocido, por medio de la escritura, los valores, los hábitos, las pasiones, los vicios de los seres humanos  de todos los tiempos, es decir, hemos podido apreciar un verdadero y auténtico documento social, una fotografía humana que, si bien está atomizada desde la imaginación del creador, no por ello deja de manifestar características propias de la humanidad. Leer y escribir fábulas en la actualidad nos permite entender y dar cuenta de nuestro momento, interrogarlo, cuestionarlo, apreciarlo para determinar el modo en que vivimos y nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos; ello sin dejar de considerar que su ejercicio alienta el poder de nuestra imaginación y formación intelectual y emocional. De suerte que, emoción, imaginación e intelecto se unen íntimamente para decir de nosotros lo que, probablemente en otro momento, nada ni nadie más podrá expresar.

 

 

Bibliografía

BERISTÁIN, Helena, Diccionario de retórica y poética, México, Porrúa, 2010.

GÓMEZ, J., M. González, R. López, et al., Historia Universal, México, Pearson, 2008.

PÉREZ-CASTILLA ÁLVAREZ, Javier, “El neoclasicismo europeo y su acomodo matritense” en Revista Cálamo, 2012, N°60, 100-101. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4115686.pdf


[1] Estudiante de la carrera de Lengua y literaturas hispánicas de la UNAM. Sus principales líneas de interés son las literaturas orientales de la antigüedad, la literatura española medieval y de los Siglos de Oro, la literatura prehispánica, novohispana y decimonónica así como el estudio de la lengua española y la latina.

[2] Helena Berisráin, Diccionario de retórica y poética.

[3] Vid. Biblioteca Virtual Cervantes.

[4] J. Gómez, M., González, R., López, et al. Historia universal.

[5] Cf. Javier Pérez-Castilla Álvarez, “El neoclasicimo europeo y su acomodo matritense”.

[6] Vid. Biblioteca Virtual Cervantes.