Por Sofía Hernández Amezcua[1]

           

Desde Beethoven el componer no consiste, como expresaba la teoría Clásica, en seguir unas reglas que se imponían a la voluntad del artista, sino por el contrario, en expresar los propios sentimientos e ideas sobre el mundo. “Antes de él, la música es un elemento funcional de la vida social (recreación o liturgia) y el artista es, sobre todo, un artesano. El genio de Beethoven coloca al individualismo en el primer plano de la función musical; con él ya no es la música la que habla por un hombre, sino un hombre quien habla por medio de la música.

Claude Rostand

           

Berlioz recordaba en sus Memorias (1865) la reacción del compositor francés JeanFrançois Lesueur tras escuchar la Sinfonía n° 5 de Beethoven: “¡Buf! Déjenme salir; necesito aire. ¡Es increíble! ¡Maravilloso! Me ha alterado y desconcertado tanto que cuando me he ido a poner el sombrero, no me encontraba la cabeza… Nadie debería escribir música como esta.”

           Resulta interesante notar que casi doscientos años después de la muerte de Beethoven, sus obras aún nos hacen perder la cabeza, permaneciendo más poderosas, obsesivas y brillantes que nunca. ¿Qué hay en su música que conmueve y atrae a pesar del  paso del tiempo? ¿Cómo es que se convirtió en un parteaguas en la Historia, no sólo de la música, sino de la humanidad?

           La lucha que impregna la música de Beethoven es en gran parte lo que la hace tan atrayente, y es que ésta siempre formó parte de su vida: la batalla que desde su tercer década de vida enfrentó contra la sordera, el deseo de conquistar la libertad individual a todos los niveles, así como la firme determinación de ser un artista en sus propios términos. El carácter rebelde, osado y terminante de Beethoven —aunado al gran cambio que las nuevas ideas habían desencadenado en el curso de los siglos precedentes— lo llevó a experimentar paulatinamente una metamorfosis creativa que da como resultado la clara ruptura de las reglas musicales establecidas de la época, llevando la música a terrenos hasta entonces desconocidos.

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Joseph Karl Stieler, Retrato de Ludwig van Beethoven componiendo la Missa Solemnis, 1820, Beethoven-Haus, Bonn.

           Sus primeros años en Viena, donde realiza las obras de su juventud, se caracterizaron por la composición de sus sonatas para piano, obras íntimas en las que se percibe cómo Beethoven descubrió su voz interior[2]. Desde la primera de ellas, podemos notar su intención desafiante de llevar al límite la música. Donde otros compositores conseguían contrastes alternando tonalidades, Beethoven lo logra en ésta pieza haciendo variaciones sobre una sola: fa menor. Él nos obliga a escuchar estos efectos inteligentemente localizados como la repetición, ritmos extrañamente sincopados[3] y secuencias alternadas entre fuerte y suave.

           En 1802, Beethoven se trasladó un par de meses a la pequeña aldea de Heiligenstadt, en las afueras de Viena, para descansar en la temporada de verano, como era su costumbre. En ese año, Beethoven estaba atormentado por el aumento de su sordera. Tenía ya la sensación de que era una enfermedad que no lo iba a abandonar fácilmente y sentía amenazada toda su vida por ella. Deprimido y ya incapaz de esconder su afección creciente, el seis de octubre de 1802, Beethoven escribió una carta a sus hermanos que guardó luego cuidadosamente, y que fue llamada después El testamento de Heiligenstadt[4]. En este emocionante documento, Beethoven revelaba su enfermedad y su angustia frente a la misma. El escrito tiene una cualidad emocional verdaderamente impactante.

¡Oh, hombres que me juzgáis malevolente, testarudo o misántropo! ¡Cuán equivocados estáis! (…) hace ya seis años en los que me he visto atacado por una dolencia incurable, agravada por médicos insensatos, estafado año tras año con la esperanza de una recuperación, y finalmente obligado a enfrentar en el futuro una enfermedad crónica (…) Debo vivir como un exilado, si me acerco a la gente un ardiente terror se apodera de mí, un miedo de que puedo estar en peligro de que mi condición sea descubierta  (…) solo el arte me sostuvo, ah, parecía imposible dejar el mundo hasta haber producido todo lo que yo sentía que estaba llamado a producir, y entonces soporté esta existencia miserable[5].

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Primera página del manuscrito del Testamento de Heligenstadt.

           La carta nunca fue enviada, pero con ella Beethoven creó una metáfora de su propio heroísmo, muerte y renacimiento. Se embarca en lo que llamó su nuevo camino, y al regresar a Viena compuso su obra más sobresaliente hasta entonces, su Sinfonía no. 3 que sería dedicada en un inicio a su héroe político, Napoleón, pero cuando éste se declaró emperador de Francia, Beethoven se sintió traicionado y retiró la dedicación[6], lo que nos deja ver el peso de lo moral y el ideal humanístico en el compositor. Finalmente transforma la sinfonía en lo que parece ser una historia de sí mismo, una batalla heroica; significativamente, da éste nombre a su sinfonía. Ésta fue su respuesta apasionada y desafiante a la crisis.

           A partir de ese momento, los desafíos a los que se entrega, las aspiraciones musicales e ideológicas sobrepasan ampliamente a los de sus primeros años. Prueba de ello es la Quinta sinfonía, en la que con tan sólo cuatro notas logra una paulatina exaltación de la emoción contenida en ese inciso rítmico-melódico que él tituló “el destino llamando a la puerta”[7]: sol-sol-sol-mi bemol. Brutal y compacta, carente de melodía obvia, contrasta con su Sexta sinfonía (Pastoral), estrenada en el mismo concierto. Lírica y expansiva, ésta última surgió de la inspiración de sus paseos por el bosque de Viena. En ella “expresa los profundos sentimientos de pérdida de los sonidos de la naturaleza, que pronto ya no podría oír nunca más” (Charles Hazlewood, The genius of Beethoven).

           Catorce años después, durante los cuales surgen maravillosas obras como sus cuartetos de cuerda del Opus 59, compuestos para el conde Rasumowsky, sus oberturas Leonora y Coriolano, con características claramente románticas  como son su carácter de auténticos poemas sinfónicos que las ponen muy por encima de la misión tradicional de las oberturas, y sus sinfonías número siete y ocho, entre otras piezas, en 1822 Beethoven comienza a trabajar en la que se convertiría en el centro de su enorme y prodigiosa producción compositiva: su Novena sinfonía, a la que debemos, entre otras cosas, la duración que los cds tienen desde su aparición en el mercado: 74 minutos. El trayecto que esta obra traza en la historia del arte es muy singular: luego de que se estrenara en el Teatro de la Corte imperial de Viena en 1824, no ha dejado de impresionar. Desde el inicio de su Novena Sinfoníaes maravillosa la forma en que la música emerge de la nada, de la oscuridad, recurso que sería retomado más adelante por múltiples compositores. En el último movimiento, de la forma más directa y pública compartirá sus creencias en la humanidad y en la hermandad universal. Para ello, como si no le bastaran los timbres de la orquesta, introduce por primera vez en la historia de la sinfonía al coro, adoptando la Oda a la alegría de Friedrich von Schiller[8].

           La trascendencia de este músico es fundamental. Beethoven lleva a la cumbre el lenguaje sinfónico, de forma que los músicos posteriores van a liberarse con dificultad de la influencia de este genio, y al mismo tiempo esta forma va a significar para el pensamiento romántico el culmen de la expresión musical.

           Si Beethoven comienza respetando las formas que la tradición le entregaba, terminará por romper con ellas cuando éstas significaban la negación de su propia personalidad. Sobrepasa totalmente el clasicismo debido a una intensa necesidad de expresión interior típicamente romántica. Romántico será también el carácter abstracto y sublime de muchas de sus obras, la introducción de la voz humana por primera vez en la historia en una sinfonía, la ampliación de las dimensiones de la sonata, aumentando sus dificultades técnicas, el cultivo de las formas breves, como las bagatelas, rasgo típicamente romántico, o la exploración de las cualidades tímbricas de los instrumentos como el piano[9]. Todo esto a pesar de las dificultades que fueron un motivo recurrente a lo largo de su vida, ante las cuales no sólo hacía frente, sino que se valía de ellas como inspiración para enriquecer su genio creativo. Las tensiones en su vida encontraban expresión y alivio en su música. Su arte y su persona cambiaron la historia y, con él, la música se transformó para siempre.

           

Bibliografía

BAREILLES, Oscar, Introducción a la apreciación musical, México, Ricordi, 1987.

BARENBOIM, Daniel, Una vida para la música, Buenos Aires, Javier Vergara Editor, 1991.

BBC (Productor), (2005), The genius of Beethoven, Reino Unido.

BUCHET, Edmond, Beethoven, leyenda y realidad, Madrird, Ediciones Rialp, 1991.

HONOLA, Kurt, Historia de la música, Madrid, EDAF, 1983.

LINDT, Lawrence, Historias curiosas de la música, Barcelona, Ediciones Robinbook, 2004.

Ludwig van Beethoven’s Website.

MASSIN, Jean y Brigitte Massin, Ludwing van Beethoven, Madrid, Turner Publicaciones, 2011.

ROSTAND, Claude, La música alemana, Buenos Aires, EUDEBA, 1962.


[1] Músico en formación, estudiante del Conservatorio Nacional de Música de la licenciatura en oboe. Apasionada por la musicología y la historia del arte. Soñadora de tiempo completo.

[2] BBC (Productor), (2005), The genius of Beethoven, Reino Unido. Capítulo 1: “The Rebel”.

[3] La síncopa en música es la estrategia compositiva destinada a romper la regularidad del ritmo por medio de la acentuación de una nota en un lugar débil o semifuerte de un compás.

[4] Edmond Buchet, Beethoven, leyenda y realidad, Madrird, Ediciones Rialp, 1991, p.88.

[5] Consultado en línea: http://www.lvbeethoven.com/Bio/LvBeethoven-Testamento-Heiligenstadt.html.

[6] Oscar Bareilles, Introducción a la apreciación musical, México, Ricordi, 1987, p. 11.

[7] Ibid., p. 12.

[8] Jean Massin y Brigitte Massin, Ludwing van Beethoven, Madrid, Turner Publicaciones, 2011.

[9] Kurt Honola, Historia de la música, Madrid, EDAF, 1983, p. 243.